“El Petit Caporal”

Por Carlos Eduardo Reina Flores

Si bien dejó al mundo heredad perdurable como estratega y genio militar, el excesivo poder amasado, su temperamento indócil y su ego napoleónico le granjearon el odio de sus enemigos que lo describían como “miserable” y, al final de su era, la antipatía de sus propios coterráneos.

Propicio en este mes cívico cuando los países centroamericanos celebran la independencia de la madre patria, recordar que, en su momento, también parte del territorio español estuvo ocupado por los ejércitos franceses en la denominada España napoleónica. Durante sus años de gloria Napoleón Bonaparte fue motivo de admiración y hasta de adoración de los franceses. Desde que ejerció como cónsul hasta su proclamación como emperador. (El mismo se encasquetó la corona). Con audaces conquistas militares y alianzas a conveniencia mantuvo control de casi toda la Europa central y occidental. Conquistó el reino de Prusia, de Austria, España, Portugal, Nápoles y hasta le voló la nariz a la Esfinge en Egipto.

Por su pequeña estatura, opuesta a la grandeza alcanzada, sus soldados lo apodaban el “pequeño cabo” (le petit Caporal). Napoleón fue símbolo del orden que atajó la desaforada anarquía engendrada por la revolución francesa. Si bien dejó al mundo heredad perdurable como estratega y genio militar, el excesivo poder amasado, su temperamento indócil y su ego napoleónico le granjearon el odio de sus enemigos que lo describían como “miserable” y, al final de su era, la antipatía de sus propios coterráneos.

Su imperio se desmoronó cuando no pudo contra rusos y británicos. Protagonista de muchas anécdotas, la que relatamos a continuación, una de mis favoritas, ya que sugiere la forma como la sociedad y como reflejo de ella la prensa –estimulada por los temores y el cambio de realidades– puede repentinamente variar la percepción de los acontecimientos. Napoleón logra escabullir su encarcelamiento en la isla de Elba en 1814. La noticia de la fuga la ofrece a grandes titulares uno de los populares periódicos —el diario El Constitucional– de aquella época: “El sanguinario ogro ha abandonado su guarida”. La nota informativa despierta nerviosismo generalizado. A su llegada a Francia continental “El Constitucional” resume la avanzada con otro titular de portada: “El bandido de Córcega está en Francia”.

En la medida que pasan los días y cientos de seguidores se van sumando al cortejo, mientras el “pequeño Cabo” triunfalmente se aproxima a la ciudad capital, el periódico destaca así lo inminente: “Bonaparte se encamina hacia Paris”. Prosigue la marcha del temido militar y ya cuando resta quizás menos de una semana para que llegue a Paris, el diario informa: “Napoleón prosigue su avance triunfal”. Ante lo inevitable, cuando la multitud dirigida por el fugado se encuentra a las puertas de la ciudad, el rotativo anuncia: “Mañana hará su entrada a París el emperador de los franceses”. Sucede lo esperado, Napoleón y sus milicias se aprestan a ingresar a la ciudad. El periódico ofrece a sus lectores la tremenda noticia ya con los siguientes titulares: “Su majestad real e imperial ha llegado a la capital de sus estados”. Diría la sabiduría popular. No exponerse o arriesgarse al inminente peligro, sino adaptarse y dejarse llevar como las hojas, de acuerdo a como soplan los vientos.