LA experiencia de casi dos decenios del transcurrir histórico del siglo veintiuno, ha dejado un mal sabor en nuestras bocas. La celeridad de los acontecimientos contradictorios en diversas partes y direcciones, dejan poco espacio para el sosiego y para la reflexión detenida de los dirigentes y de los dirigidos. De hecho algunos capítulos pendientes del siglo pasado, se han reanudado con mayor crudeza en los años que corren, mezclados con nuevos acontecimientos que obnubilan el pensamiento y los ojos de los esclarecidos; pero también el de los retrógrados.
Ello a pesar que al comenzar el tercer milenio los futurólogos de oficio han venido pronosticando un desarrollo positivo sin precedentes en la vida de las civilizaciones, desmarcándose, en sus proyecciones, de las angustias que experimentan enormes segmentos poblacionales, incluyendo a las clases medias de los mismos países altamente desarrollados. No digamos en los países atrasados, en donde los sectores medios son asediados constantemente por decisiones respecto de las cuales jamás se les ha consultado. Ni siquiera para fingir democracia. Tal es el caso de los jubilados, para sólo traer a colación un ejemplo. En este punto vale la pena recordar que durante la crisis financiera del año 2008, el sector económico más ultrajado, en varios países del primer mundo, fue el de los ahorrantes de los “fondos de pensiones”. De un día para otro quedaron en las calles a expensas del hambre, del sol, del frío y de la lluvia. Ojalá que esto nunca ocurra en nuestro inestable país. No se deben hacer experimentos financieros burbujeantes con los intereses vitales de los pueblos. De ahí derivan las convulsiones sociales a veces imparables.
En cuanto a la parte geográfica y climatológica, ha ocurrido que los vaticinios negativos de muchos científicos y teóricos del mundo se han cumplido, al pie de la letra, antes de lo esperado. Los suelos para la agricultura y la ganadería se han secado o resquebrajado. Los ríos han perdido sus caudales. Ahora parecen riachuelos. La deforestación de los más importantes bosques, con sus incendios respectivos, ha crecido de manera exponencial, con alternancias de lluvias y de sequías desmedidas. Aquello que antes imaginábamos como algo lejano en relación con algunos países semidesérticos del África, ocurre ahora mismo en nuestros países tropicales, especialmente en geologías y geografías como las de Honduras, de las más vulnerables del mundo, por causa de la destrucción interna pero, sobre todo, como consecuencia del industrialismo pesado de los países más desarrollados que han contaminado abrumadoramente la atmósfera, y han desbalanceado los equilibrios climáticos.
El apaciguamiento militar que se esperaba con el derrumbe pacífico del Muro de Berlín, y con la disolución del bloque socialista de los países de la Europa del Este, se convirtió en una utopía paradójicamente distópica, pues a los pocos meses comenzaron a resurgir los nacionalismos y racismos extremos que subsistían en forma subterránea desde poco antes de la “Primera Guerra Mundial”. Sobre todo en Yugoeslavia. Pues a la par de los nacionalismos extremos cobraron fuerza inusitada los fundamentalismos religiosos que se encontraban agazapados, con acciones terroristas de película.
Por otro lado el viejo crimen organizado vinculado al negocio transnacional de los alucinógenos, percibió que era un nuevo momento para expandir sus mercados llevándose de encuentro a países indefensos como Honduras, en donde las ramificaciones canalizadas por medio de “maras” y “pandillas”, han sitiado algunas de las ciudades más importantes de América Latina, mediante crímenes semanales inenarrables. Así que apenas hemos comenzado, muy a nuestro pesar, con sucesos nefastos difíciles de revertir.