Por: Linda María Concepción Cortez
El libro que estoy abordando es sin duda un eficiente oxigenador intelectual, se trata de Café y Literatura (2011), del galardonado escritor hondureño Giovanni Rodríguez.
Esta producción literaria es de alta calidad, por lo que debería de ser una lectura obligada para quienes hacemos uso de la retórica y la poética como instrumento de estudio y diversión. El libro amerita una nueva publicación y que mejor si a pie de página podría llevar ligeros comentarios de otros intelectuales.
Giovanni Rodríguez (1980), es un constante productor de libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos, críticas literarias y crónicas periodísticas. Ha publicado en revistas, diarios nacionales y extranjeros tales como Hoy de Guatemala y ABC de España. Ganador de los premios: Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala, (2006); Certamen de Poesía La voz + joven, Madrid, España (2008), I Certamen Hispanoamericano de Cuento Ciudad Ceiba (2014) y el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” (2015), con su obra Los días y los muertos.
Previamente, les advierto que para tratar de comprender en todas o algunas de sus dimensiones este Café y Literatura, primero, hay que sumergirse en las profundidades intelectuales de los siameses literarios Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño, en ese su perpetuo ir y venir entre “aprecios y desdenes literarios” ya que Giovanni Rodríguez es devoto fiel de estos autores. De hecho, la influencia de dos libros de Vila-Matas engendra en Rodríguez, dos aspectos importantes en la creación de Café y literatura: el contexto y el estilo. La ambientación se basa en el “Café kubista” en alusión a un cuento del libro Exploradores del abismo (2007) y la estructuración narrativa se basa en algo llamado “shandy”, que se refiere a un género que trata sobre escritores que no escriben; los textos son amenos, irónicos a la vez que serios; son monólogos breves pero intensos, soberanamente críticos, para el caso los “portátiles” en Historia abreviada de la literatura portátil (1985). La palabra en sí, surge de los “conjurados de los años 20 que adoptaron este nombre en referencia al dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshire (donde Laurence Sterne, autor del Tristram Shandy, vivió gran parte de su vida), donde significa indistintamente alegre, voluble y chiflado.” (Vila-Matas, s.f.). En lo personal, me parece que esto de los “Shandy” son afanosas cachetadas para el lector, como un intento de hacerlo reaccionar.
La anatomía del libro se basa en 58 reseñas de un carácter ensayístico, por lo tanto, son subjetivas; los temas que abarca son la literatura, el cine y el arte en general en aspectos como: la experiencia del autor, la del lector, la del individuo huidizo entre el público que carece de criterios no solo académicos, sino también, sociales, culturales y artísticos, por lo que, obviamente, no es exigente ni crítico, mucho menos analítico.
Esta discordancia causa a lo largo de los ensayos, una cruda estratificación del individuo, según sus niveles de conocimiento y su potencial o, en todo caso, su incapacidad, de apreciación del arte. Esta clasificación se exterioriza mediante preguntas iniciales, por ejemplo, en el texto titulado “Identificar a los tontos” hace un análisis de si las personas pueden ser etiquetadas como tales o no, según la medida de su habilidad y experiencia en la lectura: “Porque me parece que una de las maneras más eficaces para determinar si una persona es tonta o no consiste en preguntarle si le gusta leer”. Ante este cuestionamiento, viene una fuerte lección de cómo actuar ante quienes contestan que no: “[…] lo único que uno puede -o debe- hacer es guardar silencio y emprender la retirada. Porque si cometemos el terrible error de replicar con un “¿Por qué?” a ese tipo de inocentes majaderías, lo que conseguiremos es invitar a quien las dice a abrumarnos con ese clásico discursito imbécil propio de quienes sin saber nada creen saberlo todo.” (P.83). Por otro lado, si la respuesta es “sí”, miremos la recomendación de Rodríguez en esta guía de sobrevivencia ante la insuficiencia cerebral: “De igual manera actuar con esos curiosos imbéciles que se consideran- y no desaprovechan ocasión para manifestarlo- los salvadores del mundo de las letras, esos diletantes que fundamentan su supuesta capacidad artística o intelectual nada más que en su superego y que cada vez que abren la boca no hacen más que poner en evidencia su ignorancia.” (P. 84).
Más allá, hace una radiografía social que, en forma introspectiva surge para interpretar la simbología del ser humano en su desamparo universal, en su constante búsqueda de sí mismo, para reencontrarse dentro de su ruda existencia: “ Mi país es mi cuerpo y yo tan solo algo que ha salido de él, pero que nunca ha salido en su totalidad y se observa, disgregado, desarraigado y sin embargo nostálgico, desde lejos para aprender a conocerme verdaderamente.” (P. 204). He ahí entonces, la esencia de quienes no caben, dentro del grupo y son obligados a vivir en un exilio voluntario mientras están aprisionados entre la colectividad iletrada: “Es sorprendente cómo la hipocresía y la mojigatería van ganándole terreno a la razón y la cordura sin que nadie dé muestras de hartazgo. Vemos con absoluta normalidad, por ejemplo, que un canal de televisión un grupo de estafadores se dedique a pedirle dinero a la gente en nombre de “la gloria de Dios”, pero muchos considerarán blasfemo o irrespetuoso a cualquiera que diga que eso es un robo.” (P. 196). Por lo mismo, este libro, sin caer en los academicismos, es un tratado sobradamente reflexivo y profundo sobre la conducta del ser humano, la mediocridad del ser, la miseria intelectual, el placer de leer y el peligro de escribir. Puedo decir, en este momento, que el carácter del libro se enfoca al fin de cuentas en dos hipótesis concretas: primero: la existencia o no de una literatura hondureña seria, que no quiere decir aburrida o triste, sino que algo que sea de calidad, y por lo tanto, original, e innovadora y, segundo: qué significa ser “tercermundista”. Recordemos que Café y literatura, se articula con base en reseñas de crítica de arte, donde el autor explaya sus opiniones personales acerca del tema; veamos un poco las consideraciones de Giovanni Rodríguez acerca de la literatura hondureña: sobre la poesía, expresa que: “Lo que hace falta es poesía y no poetas. A los poetas que se los trague el tiempo o que los parta un rayo o que se hundan al fin con su melancolía. Hace falta poesía, pero no una poesía cualquiera, de ese tipo de poesía que se prostituye en las esquinas y que busca efectos moralizantes o terapéuticos sino una poesía que sirva para salvar a la poesía, una poesía redentora de sí misma al fin y al cabo. Una poesía poética o quizá pospoética, pero no patética.” (Pp. 36.-37). Sus razonamientos exploran el alma del escritor y la exhiben abiertamente. En su crítica “¿Qué es la literatura seria?” hace un severo análisis sobre el papel del escritor y su nivel de compromiso en su rol de innovador: “[…] me parece que cada vez es más difícil encontrar a un escritor lo suficientemente serio en su oficio, lo suficientemente comprometido con su oficio antes que con otro tipo de demandas, demandas externas, periféricas, con escasa importancia a la hora de crear una obra literaria de calidad.” (P. 87). Esta, por encima de las otras críticas literarias, me llama la atención debido a que hay un desarrollo del tema con una discusión sobre la verdadera razón de por qué se escribe, si por quedar bien con los lectores, (entiéndase “arte comercial”, subliteratura o arte desechable) o por una legítima vocación de escribir, en razón del arte mismo. Rodríguez manifiesta que: “[…] los lectores esperan que el escritor interprete la gran tragedia diaria de nuestros países, que retrate la corrupción de nuestros políticos, la violencia en nuestras calles…” (P. 88). Empero, el artista ha de ser fiel a sí mismo, por lo que no importa sobre lo que escriba, y puede rebosar, según el autor de “sarcasmo, ironía y buen humor”, ya que “La literatura, si es de calidad, será siempre seria.” (Pp. 88-89).
Lo de “tercermundistas”, surge como un sentimiento de extrañeza en el autor. Giovanni Rodríguez vivió durante algún tiempo en España, esto le facilitó el acceso a libros, autores, exposiciones artísticas, visitas a museos, y toda la gama cultural que aquel país ofrece. Entonces, muchas de sus reflexiones son acerca de cómo sería volver a Honduras: “¿Cuánto tiempo tardaría en volver a desencantarme de H una vez habiendo vuelto? […] ¿Cuánto tardaré, una vez reacostumbrándome a la falta de bibliotecas y librerías, a la falta de algún diario serio y legible para leer en las mañanas, a la falta de un cómodo café como este Café Kubista, a la falta de esa agradable sensación de anonimato que puede disfrutarse en las grandes ciudades, cuánto tardaré, decía, en hartarme de nuevo, en volver a considerar todo eso insoportable y en buscar la manera de huir, como la primera vez?” (pp. 203-205). La visión del autor en este caso, es la comparación, no de la geografía, sino de la condición en que vivimos por decisiones y gustos propios; este tema es tratado desde la urgencia de escabullirse movido por lo incompatible de su ser con su entorno natal: “Y seguimos siendo igual de provincianos, ahora, aunque hace tiempo nos haya llegado internet y hayamos empezado a formar parte, sin querer y sin saber, de un mundo globalizado. […] amantes del guaro y la ranchera, seguidores de cuanto mequetrefe nos vaya imponiendo la historia, aspirantes a sabios desde el diletantismo, fanáticos de La Biblia y defensores de la idiotez absurdamente disfrazada de moral.” (P. 200). Entonces, para formar o no parte de este grupo, hay que entender que el mismo se enmarca en cuanto a actitudes, hábitos y decisiones muy personales, muchas que pueden ser efectos del poco acceso que tenemos en Honduras a la mayoría de libros.
Aunque, también hay que ver que la crítica literaria es realmente vibrante en este autor, es muy organizado y cuida de cada palabra, destruye y construye. Es muy equilibrado, y altamente calculador. Sigamos echando un ojo a las clasificaciones que propone el autor, para el caso, los escritores hondureños repartidos en dos grupos: “[…] el de la arteriosclerosis, es el menos frecuente, porque afecta solo a los narradores serios, a los que llaman “consagrados”, a los que aprendieron a escribir a fuerza de lecturas, de desvelos, de corrección y autocrítica: mientras que el segundo, la osteoporosis, se ensaña con los aprendices, con los escritores in fieri, o con los eternos engañadores engañados por su propio engaño de creerse escritores, o con los pobres niños que juegan a serlo y emborronan cuartillas con cualquier historia de malos contra buenos, de amor y desamor, de muertos y vivos.” (P. 248).
Por su parte, los lectores tampoco se salvan de caer en las jerarquías rodriguerianas, aquí encontramos: lectores de diarios y revistas, lectores de best sellers, lectores deprimidos, los de baja autoestima: “los que buscan con afán esas pildoritas escritas que garantizan el éxito en la vida”, los “lectores de libros serios” y los lectores de literatura. (P. 47). Aunque también existen los lectores reflexivos y críticos: “A este lector – probablemente también escritor-le apasionan las novelas o los relatos complejos, con dislocaciones en el tiempo, multiplicidad de voces y perspectivas diversas…” (P.48). Al final, enumera muy someramente a los lectores “casuales”, “de viaje”, los “obligados por circunstancias académicas”, “lectores en tiempo pasado” y “lectores fingidos”.
Debo eslabonar en este punto, otro elemento sustancial en esta relación entre artista/obra/ público, y es el papel de la crítica o de los críticos de arte. En el apartado “Sobre la crítica en H”, el autor expone sus consideraciones sobre qué implica la crítica literaria en nuestro país, la cual ha sido muy poca: poca gente hace estudios analíticos, poca gente publica esos estudios, escasez de espacios en periódicos y revistas sobre el tema, lo que ha propiciado en forma negativa que muchas buenas obras literarias hayan pasado inadvertidas e inaccesibles para el público. De modo que aquí menciona a los ya conocidos en el área de crítica literaria: Hellen Umaña, Hernán Antonio Bermúdez, Héctor Leyva y Mario Gallardo. Según Rodríguez, en Honduras, no puede hacerse crítica balanceada, ya que afecta la susceptibilidad de los artistas: “Los críticos resultan, para los sensibles corazoncitos de nuestros compatriotas, seres nefastos, dañinos, perversos, injustos y malintencionados…” Por lo que lacónicamente señala: “Podrán seguir apareciendo en Honduras obras de arte realmente valiosas, obras que no pierden pie a la par de las de otros países, pero si pasan inadvertidas en nuestro propio medio no podemos esperar que sean siquiera levemente advertidas desde afuera.” (P. 167).
En tal sentido, Giovanni Rodríguez, hace una fuerte crítica hacia las actitudes mediocres que se manifiestan por la falta de educación, el escaso conocimiento de las letras, la poca o nula disponibilidad que tenemos hacia los hábitos de lectura y de estudio en total. Es decir, la oposición del lecto-escritor que vive en un estado de enajenación por la literatura, pero que obligadamente, tiene que enfrentarse al mundo real, y convivir con los insoslayables ignorantes que caminan sobre este planeta. El artista se ve obligado a salir de su torre de marfil para caminar, respirar, existir entre la imbecilidad y la mojigatez de los cortos de alcances: “Y no digamos la predilección de nuestros lectores de nuestra aldea por los libros lacrimógenos, los de autoayuda o los de misticismo, o los híbridos de todo eso, como los del tal Coelho.” (P. 40). De hecho, hay que ver que es cierto que mucha gente lee bastante, sin embargo, nunca desarrolla el gusto por la literatura selecta debido a que solamente se alimenta de historias y testimonios clichés, motivacionales y de “arte chatarra”.
Es indiscutible, que en estos tiempos han muerto ya dos cosas importantes: el interés por aprender y el entusiasmo por leer; esto se ha convertido en el mal endémico de siglo XXI que están padeciendo las actuales generaciones; esto es la crónica que anuncia el advenimiento del reinado de la necedad, no podemos negarlo; Giovanni Rodríguez lo afirma cuando dice: “¿Qué se puede esperar de este nuevo ejército de descerebrados, que llegan a la veintena de años sin dar muestras de haber empezado a pulir los rasgos de su personalidad, que tienen por héroes a esos execrables especímenes reciclados, subproductos que la mercadotecnia crea a partir de la popularización del mal gusto?” (Pp. 26-27).
Para que vayamos cerrando con el tema, les digo: este tipo de lecturas son buenas, muy gratificantes, pero a la vez, exasperantes, en el sentido de que, por un lado, son informativas, están plenas de datos, incentivan a leer, a meterse en esos mundos intricados y fascinantes del pensamiento humano; pero, también nos hacen sentir ignorantes y con grandes cargos de conciencia por esa misma abundancia de anécdotas y referencias biográficas de autores, así como la enumeración de infinidad de obras publicadas, todo, en su mayoría desconocido por los pobres mortales.
En mi criterio, Giovanni Rodríguez es un despiadado de las letras; es excelente escritor, serio, comprometido con la causa de la literatura. Como crítico literario tiene un estilo que mueve hacia la construcción de un juicio centrado y maduro; su estilo directo, frío y cruel, llega en forma implacable hasta la médula. Él mismo se declara en contra de los listados de buenos propósitos, pero nos hace crear nuestra propia lista de lecturas pendientes.
Finalmente, hago hincapié en lo siguiente: este libro es una seria advertencia sobre la responsabilidad y el compromiso para quienes quieren ingresar en el apasionante mundo de las letras tanto como lectores que como escritores. Con todo, debe ser meditación para aquellos, que en algún momento de euforia juvenil, o pasional, hemos escrito y publicado alguna cosa que autonombramos como “literatura”. Hay que considerar, entonces, si fue un producto elaborado con empeño en beneficio del arte o un mero disparate que hicimos por culpa de la euforia que nubla la razón; ¿Será que con el tiempo, esa publicación se nos volverá una pesadilla?
Les recomiendo Café y lLteratura de Giovanni Rodríguez. Yo mientras tanto, voy a borrar mi novela del mapa.
Linda María Concepción Cortez (1973). Máster en estudios avanzados en Literatura española e hispanoamericana (Universidad de Barcelona). Licenciada en letras con orientación en literatura (UNAH). Docente del área de Español y Redacción en el Centro Universitario Regional de Occidente CUROC. Ha incursionado en todos los géneros literarios. Contacto: [email protected] Teléfono; 96735116.
Bibliografía
Rodríguez, G. (2011). Café y Literatura. San Pedro Sula, Honduras: mimalapalabra editores.
Vila-Matas, E. (s.f.). «Doble Shandy». Obtenido de enriquevilamatas.com: http://www.enriquevilamatas.com/textos/textdobleshandy.html