Edición genómica

Por Carolina Alduvín

Hace poco más de siglo y medio, el monje Gregor Johann Mendel publicó un artículo titulado Experimentos en Hibridación de Plantas, marcando el inicio de la genética como ciencia al resumir los principios de la herencia simple, o de un solo factor. El revuelo iniciado entre científicos y religiosos por las teorías evolucionistas de Darwin en 1859, hicieron que este importante trabajo pasara desapercibido hasta su simultáneo redescubrimiento en 1900 por 3 botánicos en diferentes países. Ya en el siglo XX se estudiaron las características con herencia compleja como la inteligencia, el color de la piel, el peso y la estatura en seres humanos; y se sentaron las bases del estudio y mapeo de los cromosomas, que son las estructuras que, dentro del núcleo de las células, portan la información hereditaria y tienen mayor afinidad por los colorantes que se emplean para verlas con ayuda de un microscopio.

Paralelamente, los médicos fueron describiendo enfermedades de herencia simple; en 1928 el bacteriólogo Frederik Griffith descubrió que el ADN, caracterizado químicamente por Frederik Miescher en 1869, tiene actividad genética; propiedad comprobada por varios bioquímicos en las siguientes décadas. A partir de 1943, Victor McCusick comenzó a recopilar su catálogo: Herencia Mendeliana en el Hombre, hoy con más de 5 mil entradas que describen padecimientos debidos a un solo gen o factor hereditario. Cabe mencionar que ninguna de estas enfermedades congénitas es curable, muchas son letales; es decir, causan muerte en los primeros 5 años.

Para las restantes solo hay tratamientos paliativos, casi todas disminuyen significativamente la calidad de vida, afectando principalmente las funciones superiores del sistema nervioso.

En 1953, se describió la estructura molecular del ADN y el mecanismo por el que hace copias de sí mismo, abriendo caminos a los biólogos moleculares para su modificación y síntesis, principalmente en bacterias y otros organismos relativamente simples. En 1973 se descubrieron las enzimas de restricción, especie de tijeras moleculares que permiten cortar y pegar trozos de ADN a voluntad; fue así como surgieron los primeros organismos transgénicos: bacterias capaces de producir insulina u hormona de crecimiento humanas, gracias a que con esas tijeras cortaron los genes humanos que codifican esas hormonas y los introdujeron en el material hereditario de los microbios. Así logró abaratarse el tratamiento para los diabéticos y se puso al alcance de todos los necesitados la somatostatina para crecer normalmente. Antes de tales modificaciones genéticas, la insulina provenía del páncreas de los cerdos y el factor de crecimiento había que extraerlo de las pituitarias de cadáveres humanos.

Sin embargo, los transgénicos para uso agrícola, fueron satanizados luego de entrar al mercado en 1996; en estos casos, genes de bacterias con propiedades insecticidas o de tolerancia a herbicidas o sequía, y otras características deseables en los cultivos, se introdujeron a plantas de maíz, soya, trigo, arroz, papas, frutas y hortalizas. Personas poco serias -sin conocimiento alguno en el tema- llegaron a afirmar que tales innovaciones producen cáncer y sida; en otros ámbitos, argumentaron costo excesivo para los agricultores pobres, posibles efectos deletéreos a largo plazo, a la fecha no comprobados, control absoluto de la alimentación global en pocos monopolios y otras “razones” ideológicas. El debate continúa en los foros de la ONU y en las regulaciones sobre las etiquetas de los alimentos, afortunadamente no en las mesas.

En vista de la controversia y los altos costos de regulación para estos productos, los científicos han buscado y encontrado otras estrategias para mejorar plantas y animales para consumo, entre ellas la edición genómica. Se basa en el mecanismo inmunológico con el que las bacterias combaten a los virus que las infectan, una tijera molecular que corta y edita el material hereditario de los parásitos para su posterior destrucción. Descubrimiento de Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier en 2012, permite cortar y eliminar genes no deseables, como los de susceptibilidad a condiciones extremas, plagas y enfermedades en los cultivos y ganados, o los que producen las enfermedades letales o incapacitantes del catálogo McCusick.

El problema ahora es la regulación excesiva de estas innovaciones tecnológicas y la confusión con los  desprestigiados transgénicos de hace una generación. La clave es la educación pública.