Conversando con mi esposo

Elsa de Ramírez

Mi esposo Mario Hernán es un señor de avanzada edad, en cuyo tránsito por la vida ha logrado capitalizar una enorme cantidad de sucesos de alguna relevancia, los cuales por su vocación histórica ha trasladado a sus lectores en este mismo medio a través de su columna, desde hace alrededor de cuarenta años.

Nos refiere, que uno de los intelectuales más polifacéticos que ha tenido Honduras fue precisamente el malogrado poeta y escritor Daniel Laínez, hombre de extraordinario pensamiento que nos legó exquisitos poemas de diferente naturaleza y libros de la talla de “Manicomio” y “Estampas capitalinas” en las que recoge la vida de algunos personajes que habitaron la Tegucigalpa de principios del siglo pasado. Daniel falleció a temprana edad en la década de los 50´s del pasado siglo, pero su obra es inconmensurable.

Además nos cuenta que hubo otro notable escritor y jurisconsulto de un bagaje intelectual como pocos, quien también lamentablemente falleció joven, nos referimos al escritor Orlando Pineda Contreras, íntimo amigo del fundador de LA TRIBUNA, abogado y escritor Óscar Armando Flores Midence, quien reconociendo el peso intelectual de Pineda Contreras, muchos de sus artículos pasaron a la sección editorial del periódico con impresionante éxito.

Entre sus anécdotas recordamos el de “La peche” -anciana orate-, desgreñada e indigente, que tenía como sitio para pernoctar las tumbas del Cementerio General de Tegucigalpa.

En cierta oportunidad llegó a la capital con rango de Cónsul General de los Estados Unidos de América ante el pueblo y gobierno de Honduras; vale la pena recordar que anteriormente no existían los embajadores, un ciudadano de nombre Mr. Sambola Jones, quien vestía impecablemente, usaba sombrero y bastón: quien solicitó a la Cancillería Nacional que le permitieran visitar algunos de los lugares más emblemáticos de Tegucigalpa, entre los cuales figuraba el Teatro Nacional Manuel Bonilla, parque La Concordia, algunas iglesias, museos, bibliotecas y por supuesto, el Cementerio General, para lo cual se organizó una comitiva especial integrada por historiadores y periodistas que conocían el nacimiento y evolución de ese campo santo.

La visita se realizó en horas de la mañana, ya que dicho cónsul era un hombre madrugador y a las ocho en punto se encontraban en el panteón visitando los mausoleos más importantes de aquella época; embebido el culto diplomático por las referencias de los caudillos e intelectuales que ahí reposan eternamente, fue sorprendido por la presencia de “La Peche” que ese día había dormido más de la cuenta, pero que al escuchar las voces de los comisionados, se despertó intempestivamente, justo en el momento en que la comitiva pasaba frente a la tumba en que ella había dormido, la cual asustada saltó de su “dormitorio”, ante el tremendo susto o asombro de todos los participantes, quienes con el señor Sambola Jones salieron corriendo de la necrópolis, creyendo que se trataba de un muerto que había saltado de su morada, a tal extremo que el representante diplomático norteamericano en su veloz carrera, terminó la misma, exhausto, en una de las bancas del entonces parque Colón de Comayagüela, que era el sitio más próximo para descansar; aunque los demás miembros de la comitiva le gritaban al diplomático que se detuviera, que no era algo sobrenatural, sino simplemente la presencia de una pordiosera, este no salía de su asombro, hasta que pasados algunos minutos volvió a la realidad y fue llevado hasta el municipio de San Juancito donde tenía su residencia oficial por aquellos días.

Por supuesto que esta anécdota de la vida real era narrada por el buen amigo, según nos dice Mario Hernán, abogado Pineda Contreras, con mayor amplitud y propiedad, de tal manera que su contenido está registrado en las primeras páginas de LA TRIBUNA, allá por 1976.

Recientemente, reunidos en uno de los salones principales de la Biblioteca Nacional Juan Ramón Molina, mi esposo narró a grandes rasgos este episodio, el cual arrancó lágrimas y carcajadas de los asistentes, quienes se imaginaban el semejante susto que dicho cónsul y alguno de sus acompañantes vivieron en ese célebre momento de los años 20´s del pasado siglo cuando gobernaba este país el general Rafael López Gutiérrez.