Por Marcio Enrique Sierra Mejía
Miles de familias hondureñas viven bajo condiciones económicas de existencia oprimidas, de tal manera que, generan intereses y una cultura separada de los de otras clases situadas en muchas mejores condiciones de reproducción social; lo cual, causa que estos marginados tengan una actitud hostil y se conviertan en una clase social irreverente ante la autoridad legítima. Tal condición de existencia constituye la razón fundamental para oponerse ante el sistema socioeconómico, social y político que estamos propiciando en nuestra nación. Esto es lo que justifica toda la actitud política de liberación y oposición a favor de la creación de una nueva sociedad promovida por los socialistas.
Es difícil identificar o establecer una tipología de los marginados en Honduras porque los esfuerzos científicos para lograrlo son escasos y lo que más abundan son percepciones de lo que creemos constituyen los marginados basados en estudios latinoamericanos. Por ejemplo, Darcy Ribeiro propone un diagrama de la estratificación social latinoamericana en la que identifica el estrato de los marginados y sugiere las siguientes categorías: trabajadores estacionales, recolectores, peones y jornaleros, sirvientes domésticos, trabajadores que realizan trabajos esporádicos que no logran un trabajo fijo y los hampones, prostitutas y mendigos. En general, este estrato social que identifica Ribeiro, constituye lo que se denomina la clase oprimida y son una población que sobreviven bajo formas precarias e inestables de ocupación, bajo condiciones subhumanas de pobreza e ignorancia y de exclusión respecto a las instituciones nacionales (Ribeiro, Darcy, 2012).
En Honduras, existen muchos marginados que uno los ve en cada ciudad que visita o trabaja. En Tegucigalpa abundan, sobretodo en barrios marginados, aunque ahora prefieren decirles “barrios en vías de desarrollo”, en estos barrios, viven personas que conviven en un submundo que desconocemos objetivamente y, cuyo tejido social, solo lo atendemos desde una perspectiva asistencialista, por caridad y generosidad, pero sin poder darles una solución estructural definitiva que pueda sacarlos de esa marginalidad. Últimamente, se les ha catalogado como “zonas calientes” porque en ellos las maras o pandillas delictivas sustentan un control.
En la actualidad, el gobierno promueve algún proyecto de urbanismo e inclusión social, en un esfuerzo por recuperar espacios públicos y generar oportunidades de cambio a sus familias, en especial a la población infantil y juvenil (El Heraldo, 2017). Es a través del Instituto de Desarrollo Comunitario, Agua y Saneamiento (IDECOAS) y con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que se hacen pequeños esfuerzos para enfrentar los desafíos de la marginalidad.
La verdad es que no contamos con una estrategia de largo plazo para eliminar la marginalidad y menos con la aplicación de una política pública de convivencia y seguridad ciudadana que aborde o ataque este hecho social de una manera sistemática, efectiva y aplicada con el fin de lograr cambios estructurales. Desde tiempo pretérito domina más la demagogia política institucional y no una verdadera política de desarrollo sostenible para atacar los desafíos que implica la marginalidad. Hay buenas intenciones que son bien recibidas, pero son eso buenas intenciones de muy corto alcance.
Los marginados en Honduras probablemente apenas absorben menos del 20% de la renta total. Además, en Honduras la diferencia de ingresos va en aumento en favor de los superricos, mientras que los ingresos de los obreros y campesinos ocupados y marginados se mantiene estacionaria o en deterioro para el caso de los marginados (una apreciación estadística más consistente la puede dar el INE o la Universidad Nacional). Otra forma de apreciar el problema es valorando la capacidad adquisitiva por estratos superiores e inferiores. Estoy seguro que los especialistas en medir estadísticamente esta situación, van a encontrar, diferencias abismales entre lo que es la capacidad adquisitiva de los estratos superiores comparada con la de los estratos inferiores. Mientras los ricos aumentan su capacidad, los marginados lamentablemente más bien la disminuyen. Eso deben demostrarlos los especialistas en medir estos datos macroeconómicos.
En Honduras realmente existen dos mercados distintos; uno de ellos reducido y exclusivo para las minorías ricas, con un elevado nivel de consumo, proveído por la industria moderna interna y externa en la que trabajan los sectores más calificados y mejor remunerados de la fuerza de trabajo, y el otro, mayoritario, pero muy pobre, suplido por pequeñas y anticuadas empresas rezagadas tecnológicamente de baja rentabilidad que ocupa trabajadores menos calificados ganando sueldos irrisorios y sin prestaciones sociales estatuidas por la ley.
Concluyendo, tenemos una estructura socioeconómica que da lugar a vergonzosos contrastes de riqueza y pobreza en la que los marginados constituyen el sector emblemático de la estructura social de Honduras.