Había una suculenta sopa de mariscos del sur, con un infiltrado caracol del Caribe, se sabía. Todos comenzaron a llegar a la hora a la que habían sido citados, unos un poco retrasados, pero ninguno se quedó en casa. Era casi pecado no llegar.
La querida abuela Juana, cariñosamente también conocida como doña Juanita en sus dominios de San Lorenzo y en el suroeste de Tegucigalpa, donde vive, observó muy sonriente que en la casa de su querida hija Thelma estaba colgada una bandera azul, del último campeón nacional, el equipo de sus amores: El Motagua.
No era la primera vez que ella se encontraba en la casa de su hija con una bandera del Motagua. Lo había hecho antes, pero celebrando campeonatos del «ciclón azul».
Pero no dejó de extrañarle, que al almuerzo, al que asistía con hijos y nietos, estuviera la bandera del Motagua. Ella sabía que el pasado domingo no hubo fútbol de la Liga Nacional, pero igual, expresó su frase favorita cada vez que ve una bandera azul de las águilas del conjunto capitalino: «¡Grande el Motagua!».
Para entonces, ya habían llegado “Pepe”, un furibundo olimpista con su esposa Karen, y los hermanos de ella, Johana y Óscar, los tres últimos nietos de doña Juanita.
También estaban puntuales otros tres hijos de la abuela querida, Carlos (“El Chele”) con su esposa Lidia y sus hijos Carla y José Roberto; Etelvina y Héctor (“El Coco”, disc jockey y buen cantante, quien animó la tarde con buena música y un karaoke que le zumbaba, como para que se repita luego).
Otros invitados de la tardeada marisquera fueron Nery (El Juez), Wilfredo (Tacamiche puro, motagüense), Mirna, Germán (El Patrón, motagüense), los olimpistas Orfa y su hijo Diego, y los invitados especiales y furibundos motaguas, don Adán, Héctor (“Pecho de Águila”) y su esposa, Marlem, (“La China”, olimpista).
Doña Juanita comenzó a extrañarse al ver a una que otra cara no conocida y quizá creyó que eran nuevos amigos de su hija la anfitriona de la sopeada.
La tarde se prestó para que algunos hablaran de fútbol, de la política criolla, de la sequía que afecta a varias regiones del país, de gastronomía y la especialidad de Thelma en mariscos, de lo mal que va el país por culpa de la clase política y hasta de la muerte de Camilo Sesto, entre otros temas.
Como parodiando el dicho de que «A la mesa y a la cama solo se llama una vez», bastó que la anfitriona dijera «a la mesa todos», y en un santiamén todos estaban sentados, cuchara en mano.
Entre comentarios sobre lo sabrosa que estaba la sopa, petición de la receta, la sorpresa de uno que otro visitante que no conocía el arte culinario de Thelma, lo bien que anda el Motagua y unos cuantos buenos chistes, fue transcurriendo el tiempo.

MEDALLA DEL CAMPEÓN
Thelma llamó la atención para anunciar lo que no todos sabían, que su madre sería galardonada en ese momento con una medalla del Motagua, de su último campeonato, el decimoséptimo.
Como telón de fondo figuraba una bandera del Motagua, con doña Juanita al frente, de pie.
Héctor exaltó el amor de doña Juanita («La abuela del Motagua») por el equipo capitalino desde que vivía en San Lorenzo con su familia.
Para doña Juanita ser Motagua es una acción de fe en un equipo al que ha seguido en las buenas y en las malas, por aquello de que «el Motagua es tan grande, que hasta verlo perder es un espectáculo por los golazos que le meten» y «mi único defecto perfecto es ser Motagua».
En palabras de Adán, el otro invitado especial, el amor de doña Juanita al Motagua es «digno de admirar y es un ejemplo de nuestros mayores de su amor al deporte».
Héctor y Adán le colocaron la medalla del Motagua a doña Juanita, entre un júbilo desbordante de todos los asistentes y la hilaridad porque varios de los olimpistas, sin darse cuenta, terminaron abrazando la bandera del equipo azul, con la que se arropó la homenajeada.
Muy emocionada, doña Juanita agradeció el sencillo homenaje, «por esas cosas bonitas del fútbol», y le dijo a familiares y amigos olimpistas, que no eran mayoría, que con paciencia les espera en las filas del «Ciclón» y que, mientras tanto: «¡Que viva el Motagua!» y «¡Grande el Motagua»!
(Por Isco Mar)