ACORDARON en la OEA iniciar el proceso para invocar el TIAR en el caso venezolano. Ello es el Tratado de Asistencia Recíproca más conocido como el Tratado de Río, suscrito en 1947, tras la segunda guerra mundial, inspirados en que “la obligación de mutua ayuda y de común defensa de las Repúblicas Americanas se halla esencialmente ligada a sus ideales democráticos y a su voluntad de permanente cooperación para realizar los principios y propósitos de una política de paz”. Pero también estipula que “las Altas Partes Contratantes convienen en que un ataque armado por parte de cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Americanos, y, en consecuencia, cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”. El TIAR, en lo que respecta al hemisferio occidental, es lo equivalente a la OTAN europea.
No está claro, entonces, qué curso seguirían los países miembros de la organización hemisférica para encasquetarle los términos de una agresión al quebranto de la democracia que sufre el pueblo venezolano. Allá lo que sucede es que no hay democracia sino una dictadura que ha arruinado el país. Estirando un poco la imaginación la explicación que ofrecen es que “la crisis en Venezuela tiene un efecto desestabilizador, representando una clara amenaza a la paz y a la seguridad” de todo el continente. Igual no se colige qué acciones –al amparo del TIAR– estarían contemplando para someter al gobierno de Nicolás. Si un bloqueo al transporte naval y aéreo como se insinúa para arrinconarlo. Digamos una cuarentena a lo que sale e ingresa al territorio venezolano como medida para asfixiar la autocracia. No hay que obviar que la opción más agresiva del TIAR es el uso de la fuerza. Con todo y que la opción militar sea algo que el imperio –dependiendo de la coyuntura– la pone y la quita de la mesa de las consideraciones. En esta ocasión los países que apoyaron la resolución fueron Argentina, Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, Paraguay, República Dominicana y Venezuela. (Un paréntesis. En la OEA le dieron la silla del gobierno venezolano al representante de Guaidó). Allí en el grupo, votaron en forma afirmativa tres de los pintorescos paisajes acabados de la región centroamericana a los que colocan como carne de cañón cada vez que determinan ejercer presiones.
Costa Rica no se sumó al bloque dizque porque allá no tienen ejército; aunque sí una guardia nacional y una policía bien montada que nada tiene que envidiar a cualquier otra fuerza militar. Otro que prefirió quedarse en la periferia fue Perú arguyendo “consistencia con el hecho de que nuestro énfasis es defender la salida pacífica a la crisis venezolana”. Los otros tres que se abstuvieron fueron, Panamá, Trinidad y Tobago y Uruguay. El gobierno uruguayo en el último plenario se levantó de la mesa objetando que sentaran en la butaca del gobierno venezolano al representante del autoproclamado. México, que a partir de la entrada de AMLO se ha colocado en terreno neutral, se opuso a la resolución, advirtiendo que hacerlo –abrir la puerta de una intervención armada– contra Venezuela significaría permitir otra injerencia contra cualquier otro país. Después del fallido complot contra Nicolás los venezolanos se desinflaron. Resignados y cansados de esperar la inminente caída de Nicolás, que nunca llega, ya no salen a las calles a protestar. Más bien fue Bolton, el exasesor de seguridad de la Casa Blanca quien acaba de caer. El halcón no pudo botar a Nicolás, todo lo contrario, trascendió que su fracaso en Venezuela fue lo que lo botó a él. Pendientes, a ver quién cae con el TIAR.