Por Juan Ramón Martínez
Estamos convencidos que hay que salir de Tegucigalpa. Por lo menos, de vez en cuando. Por ello, el sábado pasado estuve en Jesús de Otoro, Intibucá. En abril pasado, en cumplimiento de las jornadas del idioma pasé por allí, camino a La Esperanza, Intibucá, Gracias y Santa Rosa de Copán. Noté el progreso, desde la ventanilla del automóvil, que ha experimentado Jesús de Otoro. Una gasolinera Uno; residencias de dos pisos y calles pavimentadas que terminan en la carretera que desde Siguatepeque conduce al occidente del país, me hicieron pensar inmediatamente que había experimentado un singular progreso material. Muchos años antes, cuando funcionaba una cooperativa campesina que recibía asistencia de la Cooperación Española –encabezaba en Otoro por Javier Calviño– fui testigo de la fuerza imaginativa, la disposición organizada de los otoreños y la vocación militar de una gran parte de su juventud que, durante generaciones, ha convertido a esta ciudad, –ubicada en un fértil valle, recostada en los linderos de la cordillera de Montecillos y al lado del río Ulúa–, en la que, más generales y coroneles distinguidos, le ha dado al país. Uno de ellos, Vicente Tosta, fue presidente de la República, después de la guerra de 1924. Además, aquí nació Gregorio Ferrera. Lo son también, los generales Abel Villacorta, Trinidad Fiallos, Andrés Gonzales, Wilfredo Sánchez, Gerber Inestroza y Orlando Ponce Fonseca, actualmente Jefe del Estado Mayor Conjunto. Aquí nació Rafael Manzanares, famoso folklorista.
Llegamos a Jesús de Otoro, para entregarle a Jesús Evelio Inestroza, joven historiador, responsable de profundas investigaciones que han terminado en valiosas publicaciones que enriquecen la bibliografía nacional, el Premio “Rafael Heliodoro Valle”. La Academia Hondureña de la Lengua, ha instituido este año, tal reconocimiento, para estimular la investigación histórica, que preserve y construya la memoria colectiva, en que se asienten las bases de la identidad nacional.
Nos hospedamos en su casa y fuimos objeto de las atenciones suyas y de una de sus hijas. Un par de nietos, hace las delicias de Jesús Evelio que ha dejado la capital, para recluirse entre libros y amigos, con el fin de cumplir su función de promotor cultural. Por ello, el acto de entrega del premio, efectuado en el Centro Básico John F. Kennedy, contó con una concurrencia numerosa, integrada por amigos, compañeros educadores, y autoridades encabezadas por el alcalde, Roger Cantarero. Una orquesta que no hemos visto en Olanchito y una Casa de la Cultura que están reconstruyendo, prueba que Jesús Evelio está integrado con otros coterráneos, en la forja de un movimiento cultural, cuyo epicentro es Jesús de Otoro.
Lo primero que nos dijo el alcalde Cantarero, con una orgullosa sonrisa que le atravesaba la cara, es que “aquí, tenemos agua las 24 horas del día”. Cosa que comprobé. Además, las calles están limpias y no se ven jóvenes en actitud sospechosa, sino que abiertos al saludo y la sonrisa que busca el encuentro en la sana amistad. Claro que la situación económica “está difícil”, me dijo el principal cultivador de arroz de la zona; pero saldremos adelante, concluyó enfáticamente. Cuando le pregunté a Cantarero sobre la situación, me ratificó que saldrán adelante. No tiene duda alguna. Me señaló a la concurrencia –que calculamos en más de 600 personas– y me dijo, fíjese que aquí estamos reunidos personas de todos los partidos. Y convivimos en paz y armonía. El párroco Monzón Inestroza, asintió suavemente. Mientras jóvenes danzaban polcas aclimatadas al modo de los hondureños, interpretadas por la banda marcial que fue objeto de nuestra constante admiración.
Después de los actos, en que estuve acompañado de Óscar Aníbal Puerto Posas, académico de número de la AHL y de Osman Zepeda, gerente administrador de la misma entidad, participé en una barbacoa ofrecida por el homenajeado, que de esta manera, compartió con los suyos, el orgullo por el premio recibido. Allí encontré un antiguo empleado del INA que compartió fotografías viejas conmigo, en algunas de las cuales salimos fotografiados, mucho más joven y menos gordo que ahora. Con varios amigos, intercambiamos bromas, hasta que cansados, nos retiramos a dormir en una de las habitaciones de la casa de Evelio. Dormimos plácidamente. A la mañana siguiente, desayunamos gentilmente, atendidos por Vilma Girón, la tía de Mario Girón que condujo el vehículo en esta jornada inolvidable, en Jesús de Otoro.