Por Óscar Armando Valladares
“¡Hombres que habéis abusado de los derechos más sagrados del pueblo por un sórdido y mezquino interés! Con vosotros hablo, enemigos de la independencia y la libertad”. Así iniciaba Morazán su proclama al “pueblo de Centroamérica”, escrita en David (Panamá) el 16 de julio de 1841. Bajo ese tono vehemente fluía una verdad que conserva validez: la concurrencia de intereses adversos que a la larga propugnan la dependencia y el sometimiento de la patria y de su gente a objetivos generalmente de incumbencia extranjera. ¿Desde cuándo ocurre esto?
Doscientos años atrás -vale el caso recordarlo-, la separación del coloniaje español acusó limitada incidencia. No fue propiamente el fruto de un estallido social; más bien, para evitar el peligro de un hecho tal, el 15 de septiembre de 1821 se proclamó la “emancipación” que con desfiles vistosos y despliegue militar se conmemora anualmente.
Al cabo, el sector criollo dominante impuso políticamente el sistema federal -copia de Estados Unidos- e instauró el primer presidente de Centroamérica en la persona de Manuel José Arce. Paralelamente, incursionó y fue ganando funesta presencia el imperio inglés, con que la frágil independencia se vio seriamente interferida. Empréstitos en libras esterlinas, amenazas armadas, insolencias consulares, ocupaciones -en Belice, Islas de la Bahía, La Mosquitia-, eran la impronta de la Gran Bretaña, la pérfida “Albión” de que hablaba el poeta latino Festo Rufo Avieno.
En el marco referido, sobresaldrá la figura batalladora de Francisco Morazán, buscando erigir la verdadera independencia de América Central, la cual -como indica el historiador Ernesto Alvarado García- logró por un tiempo hacerla efectiva “cuando en abril de 1829 tomó la ciudad de Guatemala y destruyó los reductos del coloniaje”. En su condición de presidente de la Gran República -durante dos períodos-, experimentó las fallas insalvables del régimen federal, abogó en consecuencia por una “reforma radical” de la Constitución y, a la postre con una conciencia política más definida en la carrera de la revolución, sucumbió asesinado en Costa Rica. Como lo había prometido, se preparaba para llevar a cabo la nueva “cruzada de redención” nacional.
Venida a menos la hegemonía inglesa, irrumpió y se fue extendiendo otro dominio imperial, el de Estados Unidos, con un poder superior al de los dos anteriores, derivado del “destino manifiesto” que adujo le concernía y de la “doctrina Monroe”, base ideológica de su política de intervención. Absorciones territoriales, ocupaciones a mano armada, deposiciones de gobiernos, penetraciones monopólicas, control de organizaciones como la OEA, bases, convenios, cursos, entrenamientos, mega embajadas; en fin, su capacidad de influencia y decisión en términos políticos, económicos, mediáticos, empresariales, culturales, legales y de soberanía, ha sido y es sobradamente contundente.
Así las cosas, puede inferirse que los hondureños vivimos en un Estado con ciertos rasgos de independencia, en tanto sea celoso celebrador del orden establecido y el pueblo acate sin rechistar -aunque la empobrezcan- los principios y las reglas del capitalismo. Con todo, la Constitución indica terminantemente que somos un estado de derecho, soberano, establecido como república libre, democrática e independiente; que ejercemos soberanía y jurisdicción en el espacio aéreo y en el subsuelo del territorio, y que ese dominio es inalienable e imprescriptible; que los estados extranjeros solo podrán adquirir en el territorio hondureño -sobre bases de reciprocidad-, los espacios necesarios para sus sedes diplomáticas; además, que “ninguna autoridad” puede celebrar o ratificar tratados u otorgar concesiones que lesionen la integridad territorial, la soberanía e independencia de la República.
Estos y otros postulados quedan, ahora más que nunca, contradichas en la práctica y en los hechos que ejercita el entreguismo y de los que saca provecho la corrupción compartida. En la consecución de estas cosas, la diplomacia hegemónica aplica términos equívocos como el de “interdependencia”; vale decir dependencia recíproca, la que en todo caso puede darse -mediante acciones honestas- entre estados iguales o semejantes, no así en las relaciones del más fuerte sobre el débil. Venezuela y Nicaragua tipifican tal clase de “relaciones”: de tiburón y sardinas, como fabulara Juan José Arévalo; mientras Cuba, la hermosa isla de Martí, embargada y lesionada en Guantánamo, apuntala a toda costa su dignidad soberana.
Camino al patíbulo, el General unionista -aquejado por la patria vacilante e incierta que dejaba-, expresó a Villaseñor, compañero de infortunio: -Con qué solemnidad celebramos la independencia-; independencia que, a decir verdad, periclitaba con él ese 15 de septiembre de 1842. Por ende, más que denotar albricias por una emancipación “en veremos”, merece evocar su heroico sacrificio y poner al día su excitativa testamentaria de reemprender la ruta liberadora, y no dejar la nación a merced del desorden -“en que desgraciadamente hoy se encuentra”-, como en efecto sigue estando a 177 años de haber proferido esa expresión lapidaria.