Tomás Monge
Consultor educativo y catedrático UPNFM
Uno de los aspectos por el cual las escuelas denominadas “pequeñas” se diferencian de las denominadas “grandes” es que el personal directivo y administrativo de las primeras, muchas veces no sabe que se debe ser muy cuidadoso en la contratación del personal que ofrecerá el delicadísimo servicio de transporte de estudiantes. De igual forma, pasan por alto que, una vez contratados se deben tener manuales del empleado que recopilen los códigos de conducta, responsabilidades, prohibiciones y derechos de los conductores y niñeras, por los cuales se deberán regir en su labor; no solo en su modo de vestir, en su actuar y en su relación con los estudiantes, padres, docentes y demás empleados de la institución que representan, sino también en su comportamiento vial, el cual debe ser absoluta y permanentemente impecable, aún entre las decenas de miles de usuarios que a diario atropellan las leyes de Tránsito, a vista y paciencia de nuestros regordetes, aletargados y mordelones oficiales y agentes de la ley.
De más está decir que las escuelas denominadas “grandes” en parte se ganan tan halagüeño adjetivo al ser muy ordenadas en este sentido, ya que a pesar de tener flotas de más de diez o quince buses grandes, logran exitosamente desarrollar equipos de señores conductores que, gracias a la capacitación constante y al rigor y disciplina del equipo administrativo, se vuelven honorables usuarios viales que no sucumben ante la tentación de cruzarse una luz roja, hacer un giro indebido, atravesarse violentamente o abusar de la velocidad; e incluso son -como los conductores del transporte público de los países de primer mundo- un gran ejemplo de puntualidad, de disciplina y de perseverancia, lo cual es muy loable y digno de imitar. ¡Enhorabuena! porque además, en el plano personal, al igual que las niñeras, la mayoría son personas muy humildes, respetuosas, serviciales y con altos principios y valores morales.
El primer objetivo de este escrito es exhortar a los administradores y directivos de las escuelas denominadas “pequeñas” a que sean más cuidadosos en la contratación de su personal de transporte, evitando a toda costa contratar conductores que solo porque un día decidieron comprarse un busito y hacer dinero “jalando niños” (como ellos mismos lo dicen), se creen amos y señores de la calle, por lo que se sienten libres de manejar de forma porcina -para no decirles “cerdos” o “chanchos”-, como que si en el interior de su vehículo llevaran políticos, papas, piedras, papeles o cualquier otro tipo de objetos sin valor ni sentimientos; sin tener conciencia de que su trabajo consiste en transportar, del hogar a la escuela -ambos lugares sagrados y seguros-, a seres humanos valiosísimos, menores de edad, estudiantes, a quienes los padres de familia y autoridades escolares -ambos responsables legales absolutos de dichos menores- les han confiado; por lo que es inconcebible e indignante que cada día las pobres criaturas tengan que agarrarse fuertemente de su asiento y experimentar grandes momentos de terror e inseguridad, solamente porque al conductor de su bus se le antoja acelerar como endemoniado, meterse como bestia, atravesarse a diestra y siniestra, gritar a otros conductores profiriendo los más horribles insultos y mostrándose permanentemente iracundo, rabioso, desesperado, malcriado, vulgar, sucio, obsceno e irrespetuoso, como si al final fuera cualquier conductor de rapidito, “brujito”, mototaxi o cualquier otro transporte público que, como todo lo público en Honduras, es de muy baja calidad y carece de cultura, regulación, orden y calidad.
Mi segundo objetivo es hacer un llamado a los conductores particulares a que se unan al cambio, al comportamiento de primer mundo y al mejoramiento y elevación cultural de los hondureños, cediendo la pasada cuando vean un bus escolar o deteniéndose veinte segundos para que un estudiante pueda abordar o bajar de forma segura (no como un motociclista de esos que, más que humanos son primates prosimios o antropoides, a quien vi de lejos hace un par de días, rebasando a un bus escolar por la derecha, justo cuando se abrían sus puertas, casi arrollando al niño que se bajaba y a su abuela que se aproximaba a recogerlo).
De ninguna manera dudaría que cualquiera que haya leído hasta este punto tiene el suficiente entendimiento y calidad humana para decidir separarse del montón y distinguirse, actuando de forma empática y culta de ahora en adelante, pensando que en cada bus escolar podría ir su propio hijo, hermano, sobrino, o el familiar de un amigo o conocido; de la misma forma que nos hacemos a un lado cada vez que una ambulancia o cualquier vehículo de emergencia lleva las sirenas encendidas, para evitar repetir la amarga experiencia de “Peter Parker” (Spiderman), quien al ignorar una emergencia por asumir que era ajena, perdió la valiosa y única oportunidad de salvar a uno de sus seres más amados.