Los herederos de Alí Babá

Por José María Leiva Leiva

“Cuando el saqueo se convierte en el modo de vida de un grupo de hombres en una sociedad, no tardarán en crear un sistema legal que lo autorice y un código moral que lo glorifique”. Fréderic Bastiat (1848). Escritor, legislador y economista francés. Gobernar un país en los términos que impone la teoría política, esto es pretender alcanzar el bien común, a través de satisfacer las necesidades de los ciudadanos y habitantes de un país, no es tarea de cualquier osado metido a político, y menos aún, cuando se trata de un país subdesarrollado como el nuestro, abatido por modernas plagas, tan destructivas o más que aquellas que acontecieran en el antiguo Egipto, según nos relata el Antiguo Testamento.

Un país, como reza el sentir de la poeta mexicana Lina Zerón… “tan grande que todo queda lejos: la educación, la comida, la vivienda. Tan extenso es mi país que la justicia no alcanza para todos”. No menos cierto es que habitamos un país enfermo, basta ver los hospitales públicos como el IHSS, el San Felipe o el Hospital Escuela, atestados diariamente de pacientes con todo tipo de enfermedades orgánicas. Y rematamos con una sociedad mal de la cabeza, arrastrando un odio patológico extremo como el salvajismo que se dio hace poco en las afueras del Estadio Nacional o bien, ese visceral odio entre clases y fanáticos que se disputan por el color de un trapo político o de su “gurú politiquero”, como si se tratara de la última botella de agua en un desierto.

Se trata de una Honduras donde la corrupción pulula por doquier, desde los alumnos mediocres que tienen que hacer trampa para aprobar un examen o una asignatura, pasando por los empleados públicos o privados que se llevan la papelería, la engrapadora, los lápices, los borradores de sus escritorios para sus domicilios. Aquí están aquellos que defraudan al fisco, incluidos conocidos comerciantes o empresarios que luego aparecen en los medios de comunicación dándose baños de castidad. Se suman a esta ralea los que extorsionan, los chantajistas, los que hacen piñatas con los fondos del erario público, incluidas primeras o últimas damas.

Un país azotado por el narcotráfico que como un cáncer terminal ha invadido importantes sectores de la sociedad, y ya no solo a los miembros de carteles declarados que hoy purgan o esperan condenas en el extranjero, sino salpicando además a policías, alcaldes, diputados y hasta familiares de los inquilinos de Casa de Gobierno, manchando de una u otra forma su linaje e investidura. Hablamos de un Estado, cuyos líderes políticos -autoproclamados mesías en el circo que se vive-, están convencidos que para alcanzar el bien común de la población, se debe gobernar con la familia, los correligionarios cercanos y los amigotes de toda la vida. Entiéndase por ende, un país que cada cuatro años -salvo esa ilegal reelección que se anotó ocho-, resuelve los problemas económicos de unos, o bien presta un balón de oxígeno para hacer más llevaderos los bolsillos de otros que lograron colarse en la mullida administración pública.

Se trata de un país de ciegos y tuertos acomodaticios, gobernados por una plaga de politiqueros, cuya ambición desmedida por el poder no conoce límites. Un país que se precia de tener leyes para todo, pero que de nada sirven cuando se ignoran o se pisotean; como tampoco sirven si a la par del enunciado teórico, por bajo se hace la trampa. Hablamos de un país que dice conocer de Dios, pero no practica ni por joder sus enseñanzas. Es un país donde el rico se vuelve más rico, la clase media palidece y los pobres tienen que emigrar.

Es un país donde cínicamente la culpa por todo lo que acontece y la responsabilidad de los males que nos aquejan siempre es de otros, pero nunca de nosotros mismos. Un país donde los principios y valores solo existen para la conveniencia de cada quien. Es Honduras un país en el que con la confabulación de los medios de prensa, se desayuna, almuerza, merienda y cena con política, olvidando o desconociendo una de las máximas que nos legó Ramón Rosa al advertir que “los pueblos que solo viven de política son los más atrasados del mundo”.

Es un país donde priva la cultura del fuego y la destrucción, donde nerones modernos le meten fuego, especialmente en época de verano, a todo lo verde que encuentren por su paso. Y el colmo, cegatas autoridades dando insólitos permisos para descombrar reservas e instalar allí urbanizaciones, aunque ello atente contra la biodiversidad y el resto de la población en general. ¡Vale madre! Por ello insistimos, gobernar correctamente un país en condiciones semejantes es complicadísimo y arrecho.

Sin duda, necesitamos de hombres y mujeres de carácter, comprometidos con Honduras, y no la clase de candidatos cuestionados y llenos de anticuerpos que comienzan a sonar para la próxima contienda electoral, pues ni licuándolos sale uno. Es urgente un cambio radical de aptitud. Necesitamos que figuras tan relevantes como Valle y Cabañas, por solo citar un par de ilustres hombres patrióticos, se reencarnen en políticos de verdad, impregnándoles de agallas y sabiduría para gobernar, honestidad en el manejo de la cosa pública. Es una lucha titánica, pero es tiempo ya de emprenderla, aunque ello conlleve de entrada aplicar la receta implacable del recordado Lew Kuan Yew, padre de Singapur: “Si quieres derrotar la corrupción debes estar listo para enviar a la cárcel a tus amigos y familiares”.