¿SI LO DESTRUYEN, QUÉ QUEDA?

SE entiende, dentro de las tonalidades de la pluralidad, la discordancia de criterios. Unos prefieren recitar con rimas asonantes, otras en consonantes y, como se trata de democracia, hay que tolerar hasta las disonantes. Si se escribe para orientación del amable público, sea cual fuese la predilección en la narrativa, nada cuesta ser consistente. La vaina es cuando lo contradictorio raya en la impertinencia. Por más intención que haya de complacerlos, no habrá chunche que les acomode. Si el motivo es la tirria cruda de arrinconar al país, para que no encuentre salidas. La Ley Electoral cuando fue redactada originalmente –por la Asamblea Nacional Constituyente– contemplaba la representación de los partidos políticos en el Tribunal Nacional de Elecciones, como garantía de equilibrio. Adicionaron representante de la Corte Suprema de Justicia para la integración impar. Obviamente que el partido político que ganaba las elecciones tenía la opción de poner su representante en el TNE, e influenciar la escogencia de la CSJ. Con eso colocaban a dos. No del todo igualitario.

En el año 2004 primaba la impresión de entes electorales politizados, manejados por los partidos. Así las cosas, con la incidencia de los metiches de la cooperación internacional, hubo reformas constitucionales orientadas a darles mayor autonomía. Sustituyeron los representantes de los partidos por magistrados propietarios y suplentes a un nuevo Tribunal Supremo Electoral. Para mayor legitimidad, dispusieron la elección por mayoría calificada del Congreso Nacional. Por un período de cinco años –no los cuatro que corresponde a la gestión presidencial– como aliciente de mayor independencia. Así funcionó eso hasta la crisis electoral sufrida en el reciente proceso comicial. El reproche utilizado para desacreditarlo fue el control oficial sobre el mismo, y la ausencia de representante de uno de los partidos políticos con demostrado arrastre electoral. Así que, con un TSE vilipendiado y todo el proceso electoral desacreditado, los políticos se dieron a la tarea de ensayar forma de restaurarle la confiabilidad a los entes electorales. ¿Cómo? Pues regresando a una modalidad parecida a como era en sus inicios, nada más que no nombrados por el Ejecutivo, sino elegidos por el Congreso Nacional.

Pónganle los chongos que quieran, pero resulta bastante ingenuo presumir que haya gente neutral, inodora e incolora para esos puestos –a no ser que también allí quieran meter extranjeros traídos de algún organismo internacional– cuya elección resulta de las negociaciones entre las fuerzas políticas representadas en el Legislativo. Si no los eligen allí ¿dónde? Si no es virtud de los arreglos ¿cómo?

Primero intervinieron el cuestionado RNP que igual, por la contaminación política, urge de una depuración y de mayores seguridades técnicas. Luego los pactos políticos para reformas constitucionales. ¿No es loable que se alcancen consensos políticos cuando lo que ha perturbado la paz nacional ha sido el relincho en las calles y en los foros públicos por desencuentros, contradicciones y ausencia de acuerdos? Cualquier patriota de corazón, con dos dedos de frente diría que sí. A petición de los quejosos y a sugerencia de la OEA, habrá un Consejo Nacional Electoral y un Tribunal de Justicia Electoral. Solo que esta vez hay certeza que ninguno de los entes electorales funcionará bajo control oficial. El equilibrio se alcanza con la integración de tres que operan como cuerpo colegiado, de modo que ninguno pueda echarle la vaca al otro. La presidencia, incluso, es rotativa. Ahora bien, ¿cómo elegirlos? ¿Serán tan inocentes de asumir –quienes denigran esto como “repartición”– que caerán como ángeles del cielo? Fueron a audiencias públicas. A mostrar ante el auditorio atento de la transmisión al aire, su conocimiento, su capacidad, su calidad. ¿Y cómo esperan que se escojan? Hay nominados honorables, decentes, de hojas de vida impecables, incluso algunos bastante fuera del radar de la política vernácula –lo que atrae a los jóvenes y no comprometidos– como para transmitir confianza entre los más escépticos. ¿Y no es eso lo que se quiere para inducir mayores dosis de confianza? ¿Qué interpretan por idoneidad? No ha de ser que nada sirve si no encaja al mezquino interés de quien quiera poner el suyo o disputar cuota que quizás no merezca. Lo idóneo es una virtud de la persona. ¿Pero cómo escaparse de esa aborrecible manía de ensuciarlo todo –aparte de groseramente desmerecer el valor de los propuestos– a cambio de engordar el ego a punta de “likes” en las redes sociales? No es patriótico negarle a Honduras la ventana de esperanza que se abre, para que la afligida sociedad pueda otear un horizonte de luz, más allá de esta crisis. ¿Qué queda si destruyen esto? Solo el caos.