Por Juan Ramón Martínez
Ante la crisis de agua por la que atraviesa la ciudad capital, su alcalde municipal, Nasry Asfura, ha pedido a Dios, que nos envíe pronto las lluvias del período. Con ello, ha dicho que estamos en manos de la providencia. Y nos recuerda, uno de los mejores cuentos de Juan Bosh, político y escritor dominicano, “Dos Pesos de Agua”. En síntesis –y me cito de memoria– se trata de una señora de avanzada edad que vive una situación como la nuestra. Ante la falta de agua, ella negocia con Dios para que le envíe las lluvias; pero como solo tiene dos pesos, regatea con entusiasmo. Y Dios que es todo generosidad; pero además maestro y educador, le envía agua en enormes cantidades, provocando inundaciones. Ella, desesperada le pide que haga que las lluvias cesen, porque no tiene más que dos pesos para pagarle. Pero Dios, le da tanta agua que ella termina siendo afectada por las inundaciones que provocan.
Nosotros, siempre que sentimos la falta de agua, tememos que al final, tendremos más lluvias de las que podamos controlar. Y, sabemos que esas peticiones desesperadas, cuyo mejor ejemplo es el reclamo del alcalde de Tegucigalpa, son fruto de la improvisación. Asfura puso la prioridad en el cemento; en la comunicación de los automotores, favoreciendo a los automovilistas e incrementando el tamaño del parque automovilístico de la ciudad, especialmente el de carácter privado, en perjuicio del servicio público que usa la minoría de los capitalinos.
Hace algunos años, en los valles de Quimistán, ocurrió una sequía similar. Los vecinos desesperados organizaron procesiones y rogativos para que Dios les enviara las lluvias necesarias, sin las cuales no podrían sembrar y pasarían hambre, en forma inevitable. Las rogativas fueron intensas y una tarde, cuando algunos empezaban a dudar de la compasión divina, se abrieron los cielos y las lluvias generosas, anegaron las fértiles tierras, en donde después los vecinos dejaron las semillas que brotaron pujantes y esperanzadoras. Ante el hecho que llenó de felicidad a los vecinos de Quimistán, el corresponsal del diario La Época, que servía bajo la dirección de Fernando Zepeda Durón como vocero del régimen nacionalista más largo de la historia nacional, presidido por el general y licenciado Tiburcio Carías Andino, F. Obando Morazán, mandó el siguiente telegrama urgente: “Ayer llovió aquí. Gracias a Dios y al general Carías Andino”.
Ahora, los capitalinos más descreídos –“casi han corrido a Dios de sus vidas”, dicen algunos sacerdotes– no confían que Dios enviará las lluvias. Creen en las palabras del alcalde y las soluciones de sus técnicos. A los que, calladamente, hacen responsables de la falta de agua. Y no les falta razón en esto último, porque es evidente que Asfura no previó el problema, cuando la obligación de todo buen gobernante es prever, es decir anticipar, el peor escenario. Y preparar a la ciudad o comunidad que dirige, haciendo los esfuerzos necesarios para que cuando ello ocurra, los daños sean menores que como nos está pasando, en que posiblemente, como lo narra García Márquez en un bellísimo cuento sobre una sequía en Caracas, en que dudaremos entre quitarnos la barba o beber un sorbo de agua. Hasta que al final, venga el aguacero.
La imprevisión de Asfura y la opción por el cemento; descuidando lo importante, puede tener efectos nocivos y altamente tóxicos para sus supuestas aspiraciones presidenciales. Aunque él se muestra reticente y sabe que ser candidato del PN en este momento puede poner fin a su carrera política, visto el nivel de daño que muestra el partido de gobierno, desgastado en forma inevitable por tantos años de gobierno, y que no podrá superar los 16 de Carías en el poder, no queda duda que aunque busque la reelección en la alcaldía, los electores le pasarán la cuenta. Especialmente si algún candidato demuestre que fuera de Dios, Asfura no tiene capacidad para darle el agua que necesitan los capitalinos. Y que no tiene los dos pesos de la anciana, que el Creador pide, para enviarnos las lluvias que urgen, no los más pobres que viven en los cerros que siempre la han pagado a precio alzado, sino que los automovilistas y sus familiares, que no se conforman con viajar por vías hermosas, sino que reclaman agua para sus necesidades.