Más allá de las apariencias

Por Marcio Enrique Sierra Mejía

A los hondureños nos juzgan por lo que aparentamos ser, como si fuésemos un libro que lo valoran por su cubierta. No obstante, que los hondureños somos curiosos, con afán, pasión y especial paciencia para enfrentar cada día de nuestra existencia que pasamos, diría que somos como una novela que deben leer cada página para descubrir nuestras esencias, nuestra historia, nuestra magia. Los hondureños somos tesoros bellos que nos hallamos más allá de un rostro, de un modo de vestir o de una actitud temerosa, que a veces esconde una personalidad asombrosa.

Lo que digo anteriormente no es fácil decirlo, y tampoco, lo hago para crear un eslogan o promover un taller de autoayuda. Sin embargo, si hay algo que todos debemos reconocer es que somos víctimas del prejuicio y del estereotipo. De ahí, que luchamos para entender que somos buenos, bellos, atractivos, nobles y contamos con una juventud valiosa, cuya existencia hace que vivamos en una camufladamente hipocresía.

En Honduras, no es sencillo atisbar a simple vista las esencias de una persona. Para lograrlo, no solo se necesita tiempo, también necesitamos, romper con muchos sesgos que hemos asimilado como nuestros, porque mayoritariamente nuestra sociedad los acepta como válidos.

Necesitamos sobre todo voluntad, un deseo imperante de querer ir más allá de las apariencias y de las frases hechas que no contemplan excepciones. Porque muchas veces los hondureños nos encontramos en contextos donde todos se esfuerzan por aparentar lo que no son, por vender virtudes que no poseen u ocultar bellezas reales que las esconden bajo toneladas de denso maquillaje y épocas de bulimia. Interactuamos con comportamientos tan insanos como infelices. Y no exploramos en las esencias ajenas y tampoco en las propias, que es en donde podemos hallar ese equilibrio perfecto entre lo que somos y lo que mostramos, ente lo que sentimos y lo que exteriorizamos. Vivimos en un medio social en el que las fuerzas demoniacas están en los detalles y los ángeles en las esencias. Pareciera que las cosas más importantes escaparan a nuestra vista o a nuestra atención, siempre tan ocupada e híper-estimulada y distraída. Y lo curioso de este patrón de conducta, es que precisamente en él, es donde se ancla la raíz del problema, la respuesta a por qué casi el 90% de nosotros juzgamos casi al momento, basándonos solo en la mera apariencia de una persona: necesitamos hacer una valoración rápida para saber cómo reaccionar.

Nuestros cerebros son economizadores natos. Este órgano <casi> perfecto funciona de este modo: procesa datos, obtiene una conclusión y genera una respuesta. Así, ante una apariencia que no es común para nosotros, ya sea porque esa persona es extraña, tenga otra mentalidad o cultura para nosotros, u otro color de piel u otra condición social o política, lo más probable es que nuestro cerebro, la etiquete como “no confiable” y que simuladamente, nos alejemos. Porque lo “diferente” para muchos sigue siendo “peligroso”.

Sin embargo, nuestros cerebros han hecho un recorrido previo para llegar a dar este tipo de repuesta y reacciones. Nuestra educación, nuestras experiencias previas y nuestras personalidades son algunos de los factores que le han dado forma a este filtro. Son ellos los principales responsables de esa disposición a caer ante los sesgos o, por el contrario, a dejar a un lado los estereotipos para mostrar más apertura, en consecuencia, más interés por quien tiene enfrente.

Reconozco que los auténticos ángeles, por tanto, residen en las esencias de las personas y es ahí donde debemos llegar siendo capaces de ampliar esos filtros perceptuales, restando poder a nuestros sesgos, a los estereotipos que nos inocula la sociedad y a esas etiquetas arbitrarias que solo las mentes cerradas, inflexibles y con visión de túnel suelen aplicar en su día a día.

Los hondureños necesitamos en las circunstancias actuales y en esta época de tribulación existencial ver más allá de lo que captan nuestros sentidos, para ahondar en el perfume del ser: en ese universo que hay más allá de la piel, la ropa y un rostro. Aunque sé que pocos podremos hacer este viaje si primero no hemos buceado en nuestras esencias. Algo que no permitirá mostrarnos ante los demás de forma genuina, sin distorsiones, sin falsedades y sin necesidad de recurrir a la máscara de la apariencia. Como alguien lo dijo: “Somos felices cuando nuestro interior está correspondido por nuestro exterior”.

Lograrlo tampoco es una tarea fácil porque esos “falsos yo” son en realidad barreras defensivas. Necesitamos de ellos para camuflar inseguridades, miedos e incluso posibles traumas.