Algo falló en el camino

Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

No resulta fácil explicarle a cualquiera, las causas por las cuales existen diferencias de fondo, entre la democracia de los Estados Unidos y la que se practica en América Latina.

En el inconsciente de cualquier ciudadano latinoamericano, subyace la idea estereotipada y sumisa, de que la democracia norteamericana es diferente porque refleja la grandeza económica de ese país. Pero, si escarbamos en el subsuelo histórico, encontraremos otra explicación más contundente, que borra, de una buena vez, la quimera de la prosperidad dispar: la práctica de los valores y la cultura de la ética sujeta al ejercicio democrático.

Al descubrir el hilo conductor que nos guía a través de la evolución histórica de la nación del norte, uno puede concluir que la respuesta radica en el espíritu axiológico con el que los padres de la patria dieron vida a los acuerdos sociales, que, desde el siglo XVIII, mantienen viva la llama de la libertad y la tolerancia. Los valores con los que se forjó esa sociedad, a pesar de las máculas históricas que, como el racismo, afean su grandeza histórica, de ninguna manera menoscaban el reconocimiento que el mundo guarda para esa ejemplar democracia, asentada en el respeto, la tolerancia y el equilibrio de los poderes.

Fue un acuerdo religioso el que dio vida a las primigenias trece colonias, que, como un espíritu envolvente, se introdujo para siempre en el pensamiento, en el pragmatismo y en las reglas del juego sobre la administración del poder en esa gran nación.

Tan valiosa ha resultado esta herencia, que, solamente para elegir a sus líderes y guías institucionales, los norteamericanos le apuestan a la contextura moral de las personas, dejando por sentado que, por encima de cualquier arrebato emocional, las conductas biográficas deberán ser la mejor carta de garantía eleccionaria.

No es el caso de América Latina donde la corrupción institucional y el elitismo político han conformado a una estructura que funciona similar, desde México hasta el Cono Sur, exceptuando a Chile. Estamos claros que las élites -económica y política- son agentes del cambio social; pero en el caso de los Estados Unidos, esas élites, a pesar de los intereses económicos y de clase social, todavía guardan respeto, no solo hacia las instituciones como el Senado o la Corte Suprema, sino también, hacia los partidos y los políticos de la oposición. Esas élites son recelosas de que el sistema funcione sin desequilibrios, y por ello, el interés comunitario se antepone al egoísmo y a la ambición personalizada.

Nuestro problema sigue siendo el rompimiento de las reglas. Sin el acatamiento a las normas democráticas, ninguna institución modelará la razón justiciera del servicio, y, a cambio, los ciudadanos percibirán que la política es un campo plagado de vileza e inmoralidad.

El vacío administrativo dejado por la Corona marcó para siempre la inestabilidad institucional y, aunque, nuestra democracia se precie de ser liberal, al estilo de los propios EEUU, el ejercicio democrático se ha limitado a un mero juego electoral, que sirve, al mismo tiempo, de verdadera catapulta de la movilidad social ascendente. Y el pase hacia el éxito personal, implica, desde luego, perder de una buena vez, la consistencia moral enseñada en casa.

Al corromperse los hilos éticos que mantienen vivo al sistema político de nuestras naciones, la democracia deviene institucionalmente débil y fácilmente manipulable; se pierden, para siempre, las posibilidades que, un día, soñaron esperanzadores, los padres de la patria, deseosos, estoy seguro, de que la honradez, el desprendimiento y el honor primarían, por siempre, en las transacciones políticas. Pero algo falló en el camino.