Por: Julio Raudales
Acabo de concluir la lectura de uno de los libros más provocadores con que me he encontrado. Su autor es Jason Brennan, un joven filósofo moral, profesor de la prestigiosa Universidad de Georgetown; libertario, realista, riguroso y políticamente incorrecto, de planteamientos frescos y profundos en el abordaje de la problemática del siglo XXI.
El título de la obra es en sí una provocación: “Contra la democracia”. En ella, Brennan hace una crítica corrosiva de esa forma de organización social que muchos damos por sentado como la mejor (o la menos peor diría Churchill), ya que la asumimos como la manera más abierta, participativa y justa de dirimir nuestras diferencias y encontrar soluciones más o menos equilibradas a los problemas sociales.
No es así y Brennan lo argumenta con suprema inteligencia y fluidez. A muchos les parecerá herético, peligroso y desafortunado, sobre todo en estos tiempos en los que políticos de entraña autoritaria, insolentes y atraviliarios asoman de forma ostentosa en la mayoría de los países, sean estos desarrollados o no, y con triunfos arrolladores en las urnas, demuestran que la democracia puede utilizarse eficientemente para llegar al poder y después corromperse con el populismo, la desinformación y la compra de consciencias.
Brennan centra su tesis en el hecho de que la democracia debe entenderse como un “enfoque instrumental y no procedimental”. Es decir, la democracia es como un martillo, si sirve para clavar es bueno, si no, pues no. No es como una pintura de Rembrandt o una canción de Paul McCartney, que son valiosas por sí mismos. Lamentablemente, la democracia puede ser bien o mal utilizada y eso debe cambiar.
Ejemplos abundan. Levitsky y Ziblatty los decriben en su famoso libro “Cómo mueren las democracias”, al cual me he referido con anterioridad: La Roma juliana, la Alemania nazi, la Italia fascista y más recientemente El Perú fujimorista, la Venezuela chavista, el Brasil de Bolsonaro y sobre todo, los Estados Unidos trumpista, son muestras, no solo de que nadie está vacunado, sino de que una mala tiña, un potente y dañino virus circula en las venas abiertas y cerradas de occidente y pone en precario el “orden imaginado” actual.
En Honduras, por supuesto, las cosas no estan mejor. Con arreglos sinuosos y desprovistos de la menor voluntad de hacer, por una vez, las cosas de forma que la ciudadanía se beneficie, se consiguió, no una reforma integral que permita la transparencia y eficacia de los procesos electorales.
Por el contrario, hemos dado un paso atrás de los esperanzadores, aunque ineficaces acuerdos a los que se arribó a comienzos del siglo, cuando con el afán de ciudadanizar los procesos electorales, se creó un Tribunal Supremo Electoral, con tres magistrados que debían ser nombrados, no en atención a su militancia, sino a sus capacidades.
Pero en vez de buscar mecanismos que mejoren los entuertos de una democracia que puede mejorarse, se optó por mantener la inveterada costumbre de arruinar cualquier cosa buena que se haga con arreglos bajo la mesa y conciliabulos que permitan cambiar cosas solo para que nada cambie. Es una pena, pero los acuerdos que los políticos hoy enarbolan como un logro, solo muestran la falta de voluntad para que esa democracia que tanto vindicamos, sea una muestra de la decadencia social en la que seguimos cayendo.
Pareciera que todo lo que ahora pasa en Honduras y el mundo le da la razón a Brennan. La democracia dejó de ser instrumental, al menos para mejorar las condiciones de vida de la gente. En su libro, él apuesta por la generación de un nuevo esquema de arreglo social, basado en la motivación de la gente para que estudie, para que, si va a elegir, invierta algo de su tiempo en estudiar las opciones y que su voto valga más en la medida en que este sea más razonado y provisto de valor de uso, o que sino, mejor no vote. Epistocracia llama Brennan a su propuesta: El poder del conocimiento.
Puede ser que nos estemos moviendo hacia allá. Ojalá, ya que es mejor para todos que la democracia evolucione y que no volvamos a esquemas como la dictadura, la monarquía o la oligarquía, que solo pueden explicar un arreglo social con características de barbarie. Ese no es el esquema con que nos reta el siglo del conocimeonto y la revolución tecnológica.
Economista y sociólogo, vicerrector de la UNAH.