Notas sobre empresarios que apuestan por el país

Por Óscar Armando Valladares

De manera excepcional, conforta advertir el empeño de personas y familias en pos de una actividad con qué ganarse la vida o mantener sobre ruedas un honrado patrimonio en años poco propicios, pues más bien forman legión los proyectos y negocios que quedan en la vereda, en tanto una mayoría repleta las caravanas o se aquieta resignada por celeste voluntad. El “se vende”, el “se alquila”, las comidas callejeras, son crudos indicativos de ese estado de cosas.

En medio de tal marasmo, arriban a la memoria dos seres emprendedores -el varón, un hotelero; la dama, una editora-, que braceando a contracorriente han podido sacar avante las naves de sus empresas, seguramente al comienzo de pequeña envergadura, empero con sacrificios y endeudamientos bancarios pudieron cumplimentar metas a mediano plazo y jalonar -tras empujes familiares- objetivos expansivos.

Concluidos perentorios servicios -militares, políticos, diplomáticos-, José Mario Maldonado Muñoz afianzó la hostelería en la Avenida Los Próceres y, con encumbrado afecto, en la vecina población de Santa Lucía, donde con pericia ingenieril ha venido conformando un conjunto habitacional -restaurante y bar incluidos-, situado entre el natural embrujo del lugar en juego con la luz muy clara que despide el astro rey.

Tanto la plana mayor de sus cuatro hijos como Blanca Ondina, su esposa y novia de siempre, supieron acarrear comprensivamente dificultades ocasionales, conscientes de que a la postre el relevo y renuevo de la joven prole serán factores decisivos en la prosecución del legado empresarial, sin menoscabar un ápice las prendas y cualidades del patriarca.

Más sorprendente es aún el ascenso -en el lapso de diez años de trabajo tesonero- de la licenciada Tilsa Aguilar, en un campo tan complejo como el de las “artes gráficas”, después de haberse fogueado en la promoción de ventas, culminar aprendizajes superiores de orden empresarial y allanar rivalidades mezquinas. Por el hecho mismo de competir en una actividad de dominio masculino, resulta fácil inferir lo que tuvo que ir sorteando, aun cuando contó -y cuenta a la fecha- con el acompañamiento de hijos y esposo que le filtran el ánimo, el aliento necesario para seguir en la brega.

Auxiliada por experimentados pedagogos, asumió seriamente la tarea de dotar al país de textos escolares enteramente hondureños, los cuales -en los distintos niveles, grados y materias- propenden inculcar en el alumno valores y enseñanzas tocantes a la realidad e identidad nacionales, por lo que su aceptación en escuelas y colegios va superando las expectativas.

Por otra parte, hemos corroborado como esta compatriota ha tenido a bien depositar su confianza en otras iniciativas que entrañan cierto riesgo, como el haber adquirido financieramente un viejo inmueble en las cercanías del parque Central, al filo de la avenida Paz Baraona, el que ha remozado con el nombre de Fénix -el ave que resurge de sus cenizas- y, con el seguimiento de sus cuatro vástagos Linda María, Mirian Emperatriz, Mauro José y Daniel Andrés, sus hijos, ha erigido espacios y servicios misceláneos: librería, alimentación (Casa del taco), cafetería (Café de París) y un centro de belleza, frecuentados todos ellos desde su reciente apertura. Más aún: una fundación con el nombre empresarial de Spacio Gráfico franqueará pronto sus puertas, con el objetivo de aportar su concurso a centros escolares del sector público, a maestros y alumnos que requieran asesoría didáctica, amén de la plataforma virtual de que ya disponen los usuarios de los libros de texto.

En un país de desajustes sociales y ventajistas sin alma, el acometimiento osado y las acciones filantrópicas de medianos empresarios -como Tilsa Aguilar y Mario Maldonado- valen la pena meritar: uno, porque sus animaciones productivas transcurren sin aplausos mediáticos; dos, porque ya quisiéramos ver casos emulativos: en personas y negocios de buena ley, en cuyas utilidades destinen adecuadas compensaciones al común de sus empleados y que los géneros o servicios que proporcionen aventajen lo foráneo -en términos de atención, calidad y costos asequibles-.

Reto este nada fácil, complicado -insistimos- por trabas y amaños burocráticos cada vez más asfixiantes, pero que, en la mar de intentos, de tanteos, pueden unos cuantos salir adelante. Habrá que dar tiempo al tiempo y esperar, entonces, la apertura de un abanico de amplias oportunidades para el pequeño y mediano inversor e inversora de la Honduras que devendrá probablemente con arreglo a la gente inconforme.