DE DOS CABEZAS

COMO ninguna de las formaciones gana las elecciones con los votos suficientes para organizar gobierno por su propia cuenta sin necesidad de negociar con la oposición, dependen de los arreglos políticos. El Rey convoca al líder del partido con mayores probabilidades de conformar gobierno y lo instruye para que busque la investidura. Si el candidato acepta, confiando que puede lograr los votos suficientes negociando con otras formaciones, se pone en marcha el proceso de formal. Ello es lo que acaba de suceder con el triunfo del PSOE en las últimas elecciones. Sin embargo, pese a haber ganado, su investidura no consiguió el respaldo necesario en la cámara de diputados. Unidos Podemos, la formación que le garantizaba el número necesario exigía una coalición, no solo programática sino colocando los suyos en puestos claves en el Ejecutivo. Una vicepresidencia y varios ministerios claves. Al PSOE le pareció como que aquello sería un gobierno de dos cabezas, o de un enclave de Pablo Iglesias dentro del gobierno.

El rechazo a la coalición de la izquierda en esos términos hizo que fracasara la investidura. Si dentro de unas semanas no hay acuerdo van a nuevas elecciones. Una eventualidad que para efectos de la opinión pública, todos dicen que no quieren. Eso de estar sometiendo a los ciudadanos a procesos comiciales a cada rato cansa a los españoles. Allá en España el líder del PSOE llegó a la Moncloa gracias a una moción de censura a su antecesor del conservador Partido Popular. Las izquierdas se unieron para defenestrar a Rajoy. Después de 10 meses al frente del Ejecutivo, el fortalecido presidente –que en el 2016 llevó a su partido al peor fracaso electoral en la era democrática– gana las elecciones y obtiene una mayoría de 123 escaños en el Congreso de Diputados, un buen triunfo, pero no lo suficiente para repetir. El camino más fácil, evitar el regreso de las derechas, pactando con Unidos Podemos, la debilitada formación de izquierda más a la izquierda. Sin embargo, como decíamos atrás, no hubo investidura en la primera ronda. Ahora el PSOE plantea un gobierno a la portuguesa. Ello es, reclamando el apoyo de Unidos Podemos pero solo en base a un “Programa Común Progresista” que contiene unas 300 medidas, pero sin ofrecer puestos en el Ejecutivo a la formación de Pablo Iglesias. Allá en España los ciudadanos esperan que los afines se entiendan, incluso a veces apoyan alianzas entre contrarios, ya que prefieren tener gobierno y no la incertidumbre de estar repitiendo elecciones.

No satanizan las negociaciones políticas. Entienden que son necesarias para alcanzar pactos que conduzcan a estabilidad para sacar adelante leyes, planes de gobierno, acciones administrativas de beneficio general. Con un país paralizado la sociedad no avanza a ningún lado. La política la entienden como el arte de gobernar y hacerlo en base a negociaciones y consensos en aras del bienestar colectivo, no en acciones de obstaculización para impedir que las cosas funcionen. Tan importante es la distribución de responsabilidades administrativas cuando se trata de coaliciones de partidos que hagan posible la investidura presidencial como los programas. De forma tal que el PSOE quiere obligar a Unidos Podemos que le brinde el respaldo para la investidura –presionándolo con la opinión pública para lograr ese respaldo– ya no distribuyendo chambas, ni dándoles funciones en la administración pública, ni manejo de programas públicos, sino con el solo compromiso de un programa. Quién sabe si lo logre. Pero el solo ensayo es tema de análisis fascinante, que permite apreciar cómo actúa la política en otras culturas a niveles que aquí se está lejos de alcanzar.