UN rimero de datos oficiales. El BCH revela que la actividad económica del país se contrajo casi 1% durante el primer semestre de 2019. Una contracción al 2.5%. El año pasado la cifra fue del 3.4%. La balanza comercial de mercancías generales registró un déficit de 2 mil 702.6 millones de dólares hasta el primer semestre de 2019. Mayor que el experimentado en el mismo período anterior. El comportamiento negativo se debe a la caída de 8.1 por ciento, que equivale a 201.7 millones de dólares, en las exportaciones. Ello pese a que las importaciones bajaron en 2.8 por ciento o 142.3 millones de dólares. Menores exportaciones es reducción en la producción, como la baja en importaciones refleja merma en el consumo y en insumos de la industria.
Todo lo anterior confirma que no estábamos equivocados en lo que respecta a las exigencias del tata Fondo y sus melindrosas tías las zanatas. No hay nada en el programa encaminado a incentivar la oferta de bienes y servicios, ni a estimular los mercados, ni a crear empleo. Sino, más bien, para corregir los desequilibrios, nos atoran con medidas de contracción. Destinadas a ahogar la demanda de subsistencia. La demanda en estos pintorescos paisajes acabados es de hambre. Castigar más al famélico hasta que se le cuenten las costillas del esqueleto, es la fórmula que aplican para corregir esta alteración en el mercado. Equivale a quitarle un tiempo de comida al que a duras penas come, ya racionado, dos veces al día. Nosotros hemos insistido en un modelo distinto. Con alicientes a la producción y medidas orientadas a la generación de empleo. Para que al incrementar la oferta de lo que se produce ajuste –digamos utilizando la misma metáfora– para abastecer siquiera los tres tiempos de comida. Mayor la cantidad de gente trabajando, mayores los ingresos familiares, exigiendo que el país produzca más. A mayor oferta disponible bajan los precios. Esa, no la receta tóxica del FMI, es lo que genera bienestar colectivo. Para colmo de males los bajos precios del café en el mercado internacional han desplomado la actividad cafetalera. Los precios miserables que afuera pagan por el café tendrá repercusiones en la cosecha venidera. Varios cafetaleros abandonaron sus fincas. No cubren ni los costos. Están ahorcados en deuda. (Lo único que se salva son los cafés de calidad). Las exportaciones de café disminuyeron un 15.8% en divisas y un 4.4% en volumen en lo que va de la cosecha 2018-2019. La cosecha del 2019/2020 que iniciará el próximo 1 de octubre podría registrar un descenso de dos millones de quintales en relación al ciclo actual.
Mientras, la factura petrolera crece 5.8% en el primer semestre. A lo anterior hay que agregarle la caída del fruto de la siembra de granos básicos. Las malditas sequías. Lo que no llueve en el campo, que sigue dependiente de la agricultura rudimentaria, encendiendo candelas a San Isidro Labrador. La cosecha de primera de frijol refleja un descenso de 20% durante el ciclo productivo. La Mesa del Arroz aprobó una licencia de importación de 30 mil toneladas del grano. La producción de maíz disminuiría en un 40 por ciento durante el ciclo de primera, en algunas áreas sembradas a nivel nacional. El mes pasado se importaron 20 mil toneladas de maíz para abastecer el mercado nacional. Súmenle las pérdidas económicas por las paralizaciones intermitentes que –tarde o temprano cobran la factura– consecuencia de los bullicios en las calles. La guerra de aranceles de las potencias mundiales va a traducirse en recesión de las economías mundiales. Si estos estornudan a nosotros nos da pulmonía. ¿No les parece, entonces, a empresarios, gobierno y demás sectores interesados que con las bocinas de las alarmas sonando fuerte, urge un plan, una estrategia, lo que no sea improvisar, para hacerle frente a este anunciado derrumbe que se viene encima?