EN nuestro caso el concepto de “patria” procede de la lengua clásica latina. Sin embargo, este concepto puede asociarse con otras frases y conceptos propios de otras lenguas y culturas lejanas, tales como los de “padre”, “patria potestad” y “patriarcado”, de tal modo que la idea de nación se asocia, en sus orígenes, con algunos patriarcas, familias o personajes de las noblezas originarias. Así que las sociedades de parentesco por patriarcado aparecieron casi en los comienzos de las civilizaciones. Son como inseparables.
Por regla general a la patria, comunidad o nación, le corresponde un territorio específico, aun cuando algunas pocas naciones hayan sido históricamente itinerantes, por motivos climáticos, hambrunas, pleitos religiosos o por invasiones de otros pueblos. Al territorio de la patria le corresponde un tipo de geografía que influye sobre la manera de producir los alimentos y a veces sobre el modo de pensar de sus gentes. De tal suerte que a tal geografía le corresponde tal psicología, de donde procede, en un buen porcentaje, el fenómeno de las identidades nacionales, que para el caso de países como Honduras se añade el mestizaje y la juventud histórica, es decir, la de un pueblo joven en proceso doloroso de búsqueda y construcción de sí mismo.
A los factores esenciales arriba mencionados habría que agregar el tema de los paisajes subregionales dentro del mismo país; las formas o matices más o menos diferenciados de hablar el idioma predominante; las lenguas ancestrales sobrevivientes y las gastronomías que tantas nostalgias provocan cuando las personas se alejan de su propia patria. Estos conceptos y variaciones son importantes para identificar a las personas que poseen arraigo patriótico, de aquellas que solamente usufructúan transitoriamente los bienes de una nación. Aquí el sentido de pertenencia (o la ausencia de sentido) se pone en juego cada vez que la patria padece adversidades. En tanto que hay grupos de personas que aunque en su país las cosas caminen demasiado mal, los paisanos continúan exaltando las cosas positivas de su patria y de sus gentes, porque saben que al final de la tarde lo único que realmente tienen es el concepto de patria en ligamen con las cosas esenciales más o menos permanentes, al margen de las tragedias transitorias.
Estas son las cosas que los profesores, los comunicadores sociales, los dirigentes empresariales, gremiales y luego los jóvenes estudiantes de diversas partes del territorio, tendrían que dialogar permanentemente pero, sobre todo, durante “el mes de la patria”, que comienza ahora mismo y que termina como a mediados del mes de octubre. Las marchas y los bailes son buenos para los ojos y oídos. Pero las viejas veladas con dramatizaciones poéticas son buenas para el pensamiento. Especialmente si tal pensamiento va acompañado de razonamientos juiciosos y de documentaciones históricamente fiables. No de simpes dicharacherismos y verborreas de ocasión.
La patria es nuestro padre bienhechor, con todas sus tradiciones positivas y negativas. Pero también la patria son nuestras familias; nuestros verdaderos amigos; las buenas gastronomías; las lecturas en voz alta; y los paisajes y los paisanajes que llevamos en nuestros corazones aunque viajemos lejos del territorio nacional. Ningún auténtico patriota hablará mal de su propio país aunque las circunstancias sean feas. Con paciencia franciscana esperará o trabajará por mejores tiempos hasta que la realidad se encargue de llevar las aguas positivas hacia sus viejos cauces. Es una lástima que en nuestro país (y en nuestras aulas) perdamos el tiempo al negarles a los jóvenes de todas las edades, aquella sabiduría sensata, nacional y universal, que se puede conjugar en diversas circunstancias, por muy contradictorias que éstas sean.