DECÍAMOS ayer que esta es la misma triste historia de siempre. Cuento viejo –repetido para conciliar el sueño de las pesadillas– de idéntica narrativa cada año. Una notable disminución en los embalses y fuentes de agua que abastecen la capital. Lo anterior, sumado a la desidia oficial, impone groseros racionamientos de agua al Distrito Central. Más de la mitad de los vecinos de la capital no tienen acceso al servicio conectado a la tubería de la estatal. Dependen para su higiene y su alimento de los pesados baldes que cargan a tuto por kilométricas distancias –a veces con líquido contaminado de los pozos o de las escuálidas quebradas– o del servicio casual de los carros cisterna. No hay soluciones. La misma perorata de siempre de los funcionarios públicos. La capital se deshidrata de sed sin que la autoridad –se ignora si es el SANAA o la alcaldía la responsable ahora del suministro de agua– agregue opción novedosa a las vetustas y colapsadas represas.
Cuando las represas están a punto de pegar el patatús, con líquido que dura apenas unas semanas de abastecimiento a la población. Ya con la crisis encima, el SANAA, por medio del departamento Comercial, decide realizar operativos para verificar el desperdicio de agua, estipulados en el reglamento de instalaciones de servicios de abastecimiento en el capítulo V artículo 44, el cual literalmente dice: “El desperdicio de agua ya sea por defectos o daños en la tubería y accesorios de la instalación interna, siempre y cuando sea por negligencia o descuido manifiesto de los ocupantes del inmueble, causará una multa en concepto de sanción, la que será cancelada por el cliente de acuerdo a la siguiente escala”. Si eso está en un reglamento la inspección debiese ser ejercida en forma continuada. Parecido a cuando la alcaldía capitalina dispuso, ya cuando el dengue era peste nacional, aplicar una ordenanza multando a los propietarios que no realizaran limpieza de sus solares baldíos. Algo que debe ser objeto de supervisión permanente, durante todo el año. No solo por cuestiones cosméticas para que luzca limpia la ciudad capital sino para evitar, como práctica de higiene los criaderos de zancudos. Ahora bien, las multas por derroche de agua van en forma escalonada, dependiendo de cuántas veces pescan al cliente haciendo uso indebido del escaso recurso. Hasta llegar al corte definitivo.
¿No les parece que la costumbre debiese ser ahorrar agua durante todo el año e imponer medidas coercitivas para que la economía de algo tan preciado se convierta en práctica habitual de la gente? Sobre el hábito de ahorrar, ¿no les parece que debiese ser algo que se le inculque a la ciudadanía por medio de educación de campañas de comunicación, pero no solo del agua sino de todos los otros recursos escasos que le cuestan un ojo de la cara al país. Ahorrar energía, ahorrar gasolina. No despilfarrar lo que no tenemos. No gastar innecesariamente lo que no sobra. Ya días insistimos en campañas de educación y de concientización de la ciudadanía. Que influyan para cambiar los malos hábitos. Que fomenten en la gente las buenas actitudes. No hay agua. Ni para beber ni para la siembra. Dependiendo, como sucede por la falta de previsión, por falta de opciones y de nuevas represas, que caigan las lluvias. Y en el campo, rezándole a San Isidro Labrador.