Por Óscar Armando Valladares
Con Amílcar Santamaría -entonces un modesto periodista radicado en Tegucigalpa-, viajamos a San Salvador próvidamente acompañados, movidos por la vocinglería mediática de un partido de fútbol, pero llegando a la capital del Estado vecino asumió las formas de violenta pesadilla, preludiando que el conflicto de 1969 iba sobre la marcha.
Dispares nombres, orígenes y explicaciones se vertieron casi por ensalmo acerca del enfrentamiento que, en seis días aciagos, cobró víctimas y daños en ambas naciones: “guerra del fútbol”, salvadoreños expulsos, políticos expansionistas, inquietudes y represiones sociales, dificultades militares y oligárquicas en uno y otro lado, injerencias e intereses imperiales, excesos nacionalistas, agresiones fronterizas, tal vez una cuota de todo esto.
Más, como nunca faltan los pareceres obtusos, un veterano mentor y director del “Central” culpó de la lucha armada a Francisco Morazán por haber dado sus cenizas al pueblo salvadoreño, y no a su patrio lar.
Estudiosos, escritores e incluso protagonistas se ocuparon del suceso, en libros, revistas y artículos de fondo. Virgilio Carías, Víctor Meza, Mario Argueta, Walter López Reyes, Roque Dalton, Eduardo Bähr, Carlos López Bernal, Susanne Jonas Bodenheimer, entre otros, dieron a la imprenta sus enfoques, ora ensayísticos ora narrativos.
López Bernal (salvadoreño), subrayó como factores el problema agrario y el nacionalismo: “La guerra y la expulsión de compatriotas que la acompañó simplemente vinieron a agravar la crisis del agro, a tal grado que en agosto de 1969 la Conferencia Episcopal llamó a los terratenientes a promover una distribución más equitativa de la tierra, mediante la venta voluntaria de tierras ociosas. No es de extrañar que después de la guerra se convocara al primer congreso sobre reforma agraria, el cual fue boicoteado por el gran capital, con lo que se perdió una oportunidad de buscar una salida a los problemas del agro. Por otra parte, “la vorágine nacionalista se mantuvo aún después de que la OEA logró el cese del fuego… Tampoco es de extrañar que se decidiera cambiar el nombre de una de las principales calles de la ciudad. El bulevar Juan Lindo, nominado así en honor de uno de los presidentes de El Salvador, de origen salvadoreño, pasó a llamarse Bulevar de los Héroes”.
“En lugar de llevar a cabo una reforma agraria -decía la norteamericana Bodenheimer-, la clase gobernante salvadoreña (particularmente el 1 por ciento de la población propietaria de la tierra cultivable), insistía en que El Salvador necesitaba una válvula de escape, una salida para la gran masa de desempleados rurales y urbanos…” “Cuando esa válvula se cerró o, mejor dicho, cuando Honduras rehusó permitirla, la clase gobernante recurrió a la guerra para preservar esa salida”.
En su reciente obra “Alas doradas en la historia”, López Reyes visualiza el conflicto desde la perspectiva de la Fuerza Aérea Hondureña (FAH) a partir del 26 de junio, fecha en que el régimen de Fidel Sánchez Hernández declaró rotas las relaciones de El Salvador con Honduras, gobernada a la sazón por Oswaldo López Arellano.
Refiere que el coronel de aviación y comandante de la FAH, Enrique Soto Cano, instó preventivamente “bombardear territorio salvadoreño” y “castigar sus posiciones estratégicas”, pues “si no hacemos esto ya, el pueblo nos pedirá cuentas después”. La guerra -señala Walter- “fue un conflicto atípico que enfrentó a dos naciones con problemas algo similares y desarrolladas en un escenario muy particular”. Pasa luego revista a las misiones aéreas efectuadas: el derribo de tres aviones enemigos por el mayor Fernando Soto Henríquez, su participación en el bombardeo en el puerto de Acajutla y de otros “aguiluchos” que cumplieron similares tareas sobre las instalaciones de la Fuerza Aérea salvadoreña, el cerro El Ajuste y en El Amatillo.
Transcurridos dos años, publicó Eduardo Bähr “El cuento de la guerra”, conjunto de seis relatos de ficción, aunque con asideros factuales en la cruenta disputa, considerados desde entonces como modelos de primera en la literatura hondureña contemporánea. Galardonado en 1971, el ejemplar que Eduardo nos entera corresponde sorprendentemente a la décimo primera edición del año en curso. Encontramos a su autor -también es actor de cine- en el local de trabajo que ocupa en la Biblioteca Nacional “Juan Ramón Molina”. Con Dagoberto Espinoza le caemos de romplón y de romplón comprobamos que su carácter jovial y el condumio de sus chanzas conservan sus atributos.
“Tarzán de los gorilas” y “Los héroes de la fiebre” rebozan entre las páginas del libro que rememora los 50 años de la absurda guerra de las cien horas”, de esa “guerra jodida”, cual asiento en su monólogo uno de los personajes de Bähr, el cuentista que, a sus setenta y tantos abriles bien vividos -¿o bebidos?- promete poner al día su moratoria narrativa, seguramente de buena ley… y del humor de los buenos.