Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
Siempre me pareció repugnante leer los panfletos disfrazados de columnas que aparecían en los principales medios de comunicación cubana, pletóricas de alabanzas hacia el régimen castrista. Me resultaba repulsivo el hecho de que, intelectuales de buena talla, cuya pluma se mostraba avezada en la estructuración, morfología gramatical y en la estética, pusieran al servicio del Estado sus pareceres editoriales, forzada y rastreramente inclinados hacia las “bondades” del poder, sin mostrar un atisbo de crítica o de desaprobación hacia el sistema. Por supuesto, para una dictadura como fue la de los Castro, no hacen falta los censores: la transparencia, hija de la develación de la realidad, es enemiga del poder. En la época de Fidel, los escritores discrepantes con el régimen caían en el marginamiento, el peor de los castigos que pueda sufrir un artista o un escritor. Pienso en Guillermo Cabrera Infante, en Virgilio Piñera y en José Lezama Lima.
Pero las cosas están cambiando. Y escribo sobre Cuba, porque, en otro país -caribeño, por cierto-, de América del Sur, existe un sistema político-económico que quiere imitar la antigualla ideológica de la Cuba de hace 50 años, en nombre de la revolución socialista y de una moral que, según dicen sus adláteres, genera más igualdad y libertad que cualquier otro país de América Latina. En Venezuela, muy para el pesar de sus ciudadanos, pero para ventura y regocijo del círculo chavista, el absolutismo político-económico del PSUV, de a poco, ha deteriorado la calidad de vida de la población y, mucho peor, ha caído en la infamia de dictar a los medios de comunicación, lo que debe decirse y lo que se debe callar, según la conveniencia ideológica de la oligarquía “bolivariana”.
Al revisar los portales de Granma, Juventud Rebelde o Cubadebate, veo asombrado y exaltado los cambios que se han producido en las formas de expresión periodística, en los señalamientos y razonamientos de los columnistas de esos prestigiosos medios y hasta en el guantazo demoledor que ofrecen algunos editoriales que se atreven a retar al todavía bien instalado anacronismo burocrático, y a las formas de pensamiento comunista, radicadas en las camarillas del PCC, que aún no conciben los cambios modernizantes -pausados, pero seguros-, que está introduciendo, exitosamente el presidente Miguel Díaz- Canel.
Estratégicamente, el régimen cubano ha soltado las cerraduras que atrancaban asfixiantes las manifestaciones literarias y artísticas, abolidas por las condicionantes que exige todo poder ilimitado, que no admite el disenso aireador y refrescante, necesario en todo sistema democrático. No siempre los regímenes, sean de derecha o de izquierda, admiten las críticas provenientes de los intelectuales, periodistas o artistas de prestigio. No siempre, porque los reproches al sistema ponen en entredicho la imagen del poder, o pueden desencadenar opiniones contrarias, que, como una bola de nieve rodando cuesta abajo, pueden enfervorizar a otros para que participen en la condena y en la desaprobación de las conductas de un gobierno que acalla las bocas por simple capricho, o por temor a sus enemigos agrupados dentro de una oposición política.
Las apologías hacia el poder, decía Octavio Paz, se mueven “entre el maniqueísmo del propagandista y el servilismo del funcionario”. En otras palabras, los panegíricos literarios y periodísticos encubren los desmanes de un gobierno y exaltan potencias inexistentes en el poder imperante. Desaparecida la neutralidad del espíritu creador, y la libre elección para escribir, al intelectual solo le quedará venderse. Terminará sus días dividido en dos, arrinconado para siempre en el sòtano literario de su consciencia. Pero ese será el precio que tendrá que pagar.