¿Sobrenadará el libro en adversas condiciones?

Por Óscar Armando Valladares

El deceso de Toni Morrison, la escritora estadounidense -acaecida el lunes 5 de agosto-, nos mueve pensar una vez más sobre el valor supremo del libro impreso. Autora consumada, “amaba la palabra escrita, ya fuera la suya, la de sus estudiantes u otros”; “leía con voracidad y estaba mayormente en casa cuando escribía”, según un comunicado familiar. Su obra de una imaginación desbordante -expresada en títulos como “La canción de Salomón”- había contribuido notablemente a transformar las letras de su país. Con apenas seis novelas, se convirtió en la primera mujer negra en recibir el Nobel de Literatura en 1993, por su “fuerza visionaria” e indagar en el “lenguaje mismo, un lenguaje que ella quería liberar” de las categorías blanco y negro.

Como esta representante de la moderna literatura, muchos son los escritores y lectores que aman la “palabra escrita” y, por tal razón, se preguntan -con intranquilo acento- si esa herramienta de tinta y papel que Johann Gutenberg convirtió en libro placentero, va en ruta de extinguirse ante el feroz embate de soportes multimedia que orbitan el planeta. En la 24 Feria Internacional del Libro, recién celebrada en Lima, Perú, Vargas Llosa abordó el tema, indicando que los jóvenes de ahora tienen un “futuro impredecible” a causa de los avances tecnológicos y audiovisuales de los últimos treinta años, ante lo cual -dijo- “no debemos permitir que las pantallas entren en lucha a muerte con los libros y mucho menos que derroten a los libros”; unas y otros “pueden coexistir enriqueciéndose mutuamente”.

Meses antes de fallecer, el excelente e inolvidable camarada, poeta Rafael Rivera, en uno de sus gestos proverbiales me extendió un valioso presente con estas líneas fraternas: “Para Armando, que me dé su mano franca”. Se trataba del libro coloquial “Nadie acabará con los libros” de Jean-Claude Carrière y Umberto Eco, suma de entrevistas efectuadas por Jean-Philippe de Tonnac, en 2010.

Eco, escritor, ensayista, semiólogo italiano; Carrière, dramaturgo y guionista francés, debaten a lo largo de 263 páginas acerca de las ventajas y la suerte problemática del libro impreso. El célebre novelista de “El nombre de la rosa”, argumenta el caso: “Pasemos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis. En casa tengo unas gafas Polaroid que me permiten proteger los ojos de las molestias de una lectura constante en pantalla, pero no es una solución suficiente. Además, el ordenador depende de la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible”.

Tonnac, por su parte pregunta: por qué no imaginar una lenta desafección hacia el objeto libro en su forma tradicional, a lo que Eco discurre: “Todo puede pasar, desde luego. Cabe que los libros mañana interesen solo a una minoría de indómitos que podrían ir a satisfacer su curiosidad nostálgica en los museos, en las bibliotecas…”. “De seguir existiendo”, le riposta Carrière. “Pero también -retoma Eco- podemos imaginar que esa formidable invención que es internet desaparezca en un futuro. Exactamente como los dirigibles desaparecieron de nuestros cielos”.

En otras hojas del coloquio, Carrière señala -dirigiéndose a su tertuliano-: “A través de la historia del libro, y usted lo ha demostrado bien con “El nombre de la rosa”, se puede reconstruir la historia de la cultura. El libro ha servido no solo como depósito, como receptáculo, sino también como gran angular a partir de lo cual observarlo todo y contarlo todo, quizá incluso decirlo todo. Era punto de llegada y de partida, era el espectáculo del mundo y también el fin del mundo. Pero vuelvo un instante a Irán y el país de Mani, fundador del maniqueísmo, un cristiano hereje… El gran reproche que Mani hacía a Jesús era precisamente no haber escrito”.

Eco: “En la arena una vez”. Carrière prosigue: “¡Ah, si Jesús hubiera escrito, decía Mani, en lugar de haber dejado esa tarea a otros! ¡Qué prestigio, qué autoridad, qué palabra indiscutible! Pero bueno, prefería hablar. El libro no era lo que nosotros llamamos libro y Jesús no era Virgilio”.

“¿Qué hacer con nuestra biblioteca cuando morimos?”, es el último tópico del texto, cuyo título determina que “nadie” dará el traste con los libros. Para Eco, su colección -calculada en 50 mil volúmenes-, podrá donarla su familia “a una biblioteca pública o venderla en una subasta; en este caso debería venderse, completa a una universidad. Esto es lo único que me interesa”. ¿Se habrá cumplido este deseo luego de su ausencia física acontecida el 19 de febrero de 2016?

Y en Honduras, sentenciada a bárbara pobreza, ¿qué augurar del existir libresco? Un lánguido batallar de imprentas, librerías y autores, en mientras el erario tenga otros gastos y destinos de torcida intención.