A la pobre gente apenas le alcanza para vivir. Y se va porque la necesidad obliga. Esos $35 millones del plan de AMLO dizque para atacar las raíces de la migración –desempleo, inseguridad, pobreza– no hacen ni cosquillas a los gigantescos problemas. No hay en ese acuerdo del FMI y sus tías las zanatas alicientes visibles a la generación de empleo. Trabajos se dan incentivando los mercados y la producción, estimulando la oferta, no castigando la demanda de subsistencia con medidas de contracción. La desocupación cada vez es mayor. Peor será ahora que –con el blindaje fronterizo, la muralla de contención en México para atajar peregrinos y el convenio guatemalteco de “tercer país seguro”– se cierra, poco a poco, la válvula de escape que, por años, tuvieron los que de aquí salían en busca de otros horizontes. Porque no encontraban trabajo ni oportunidad; por temores o por calamidades. Por inestabilidades políticas internas o regionales. (Siempre se seguirán yendo, pero ahora los regresan en voluminosas deportaciones, para que retornen a purgar a sus lugares de origen, de donde partieron, sus tristes penas). Nada de lo que acontece abona a resolver ese que, hoy por hoy, es el más angustioso de los males.
Del que solo se ocupan cuando –a propósito de las caravanas objeto de la campaña política norteamericana– es motivo de escándalo mediático. En las redes sociales, como muestra de desagradecimiento a la hospitalidad, se hizo famosa la “Lady Frijoles”. Ya en ninguno de los países de tránsito hay tal solidaridad, menos piedad, como hubo al inicio de las romerías, hacia los afligidos caminantes del Triángulo Norte. (Sumen también a los nicaragüenses que salen disparados porque la calamidad política que sufren hace más de año, arruinó la economía). Toda la semana anterior fue de agitación en las calles. (En la capital los encapuchados le incendiaron sus negocios a varios pequeños emprendedores que dan trabajo a otros humildes obreros). Si no es una cosa es la otra para andar en el bullicio. Hasta para mostrarle la inconformidad doméstica a los huéspedes que vinieron en visita relámpago a conocer, en horas, lo que ni en toda una vida de estar aquí contemplando lo que nos sucede, los mismos hondureños han podido descifrar. ¿Habrá ilusión alguna que de afuera vayan a venir a resolvernos lo que aquí internamente los hondureños –en su contexto colectivo de gobierno y gobernados– no han tenido voluntad, capacidad o ganas de arreglar? ¿Será, en serio, que los políticos y el liderazgo nacional no tienen ni el más remoto indicio de por qué estamos como estamos? Si es cosa de echar culpas –como si deslindando la responsabilidad en otros se resolviese el problema– pues sin duda ha de ser culpa de los otros, de nadie más que de todos los demás.
De este enzarzado laberinto que aprisiona ¿no será asunto nacional encontrar el mapa que conduzca a la salida; en otras palabras, el plan, la orientación y la ruta? ¿O es que esperan que vayamos a salir con mapa prestado y con esfuerzo ajeno? Dependiendo del mar de recursos externos –que a falta de ahínco propio no se generan localmente– que nunca van a venir. ¿De dónde depende y de quiénes para salir de la jaula? ¿De algún milagro caído del cielo? Cuando la gente va a las iglesias o en la tranquila meditación de su reposo, habrá reflexionado, mientras repite súplicas y plegarias, las razones que inciden en todo esto que nos ocurre. ¿No será carencia de esfuerzo propio, de actitudes y conductas correctas, de decencia en hacer las cosas, de conducir con el ejemplo y no de falta material, si el país fue bendecido por una vastedad de riquezas y de recursos naturales, lo que impide superar este inveterado atraso que mantiene a la sociedad anclada? ¿Cómo podría enderezarse algo torcido si hasta el ejercicio de platicar, de entenderse para alcanzar consensos, lo han satanizado? A como solía hacerse antes que la sociedad estuviese tan enfrentada, dividida, polarizada y odiándose hasta el rencor más profundo por las redes sociales, víctima de una neblinosa atmósfera de sospechas, de dudas, de desconfianza que opaca toda visión de futuro. Es bíblico que “nada cambia si tú no cambias”.