Por Marcio Enrique Sierra Mejía
La ofensiva de la connivencia maligna entre ciertos políticos y los actores elite del crimen organizado, asociados al negocio del tráfico de drogas, ha cobrado mayores y más claros niveles de incidencia negativa en la democracia hondureña y, en consecuencia, en la desestabilización política de la sociedad.
Sin embargo, no se ve una contundente alteración en el equilibrio del patrón de gobernanza que le da fortaleza al Presidente, más bien se observa que objetivamente, sigue manteniendo el liderazgo firme entre sus mandos gubernativos. Si bien, las malévolas declaraciones de ciertos extraditados hondureños, son muy bien aprovechadas por medios internacionales de comunicación y declarados intelectuales del periodismo izquierdista, los mandos superiores en su gobierno pareciera que se han unido con mayor coherencia para hacerle frente a la conspiracion en marcha.
La prospectiva que avizoro en el mediano plazo con relación al sostenimiento de una relación política viciada que implica acciones o actitudes bochornosas, corruptas y asociadas con el crimen organizado, es la tendencia al ahondamiento del fraccionamiento entre actores involucrados en el lavado de activos y el tráfico de drogas, y que, de ahora en adelante, la dinámica será “cada quien por su lado” y el eventual cambio o cierre de vinculaciones ilegales entre los actores mencionados.
Probablemente, se producirá un declive en el flujo comercial y de lavado de activos, dado que, el Estado va a endurecer sus actuaciones en contra de cualquier tipo de coaliciones “criminales” del tipo aludido. También, es esperable el reparamiento del entramado institucional, implementándose acciones de depuración o limpieza selectiva de actores políticos y de funcionarios públicos que realizan “bajo la mesa” acuerdos con los líderes del crimen organizado.
El actual gobierno de Honduras puso el dedo en la llaga del crimen organizado que por décadas ha tenido conexiones profundas con los políticos, al instrumentalizar legalmente, la extradición; y ahora por ello, el Presidente actual de los hondureños enfrenta las consecuencias: una conspiración en proceso con la puesta en acción de tácticas vengativas de capos hondureños de la droga extraditados, muy bien avizorada, y que lamentablemente, es apoyada por ciertos políticos inescrupulosos internacionales y nacionales, enraizados en determinados segmentos de la economía y, otros actores claves internacionales, que caminan en la sombra y amparándose bajo las ventajas que ofrece un contexto cultural hondureño dominado por la fobia social o miedo que efectivamente impera en nuestro medio social.
La premisa central que sostengo es que estamos viviendo en una coyuntura política en la que ciertas elites políticas se van a replegar y van a surgir nuevas estructuras que se podrán reacomodar si no se atacan efectivamente las condiciones que permiten el reacomodamiento de las nuevas interacciones o relaciones entre capos. En otras palabras, si se logra atacar el reacomodamiento que está ocurriendo en la presente coyuntura política, se hace posible que la crisis política actual se supere relativamente; de lo contrario, seguiremos en un retroceso perjudicial para la débil democracia que tenemos, y sobre todo, para el Estado de Derecho que con tanto esfuerzo se trata de sostener.
La dinámica entre el crimen organizado transnacionalmente y ciertas elites de Honduras puede que estén sufriendo cambios básicos causados por la contraofensiva frontal que el Estado de Honduras pone en práctica hoy por hoy, y que produce la alteración, de las conexiones profundas que ellos comparten en negocios, política e incluso en asuntos de seguridad.
Honduras y los hondureños estamos amenazados por una conspiracion que se origina en un multimillonario esquema de corrupción, en la que participan miembros de elites extranjeras coludidas con elites nacionales, que facilitan la corrupción vergonzosa y manifiesta que experimentamos en nuestro país y nos hunde en la crisis que estamos observando. Situación que tiende a extremarse por el crecimiento de la participación de maras o pandillas organizadas que ahora forman parte del proceso conspirativo que han puesto en práctica ciertas elites políticas y empresariales en Honduras.
La realidad es que al Presidente actual lo han agarrado de víctima expiatoria o “carne de cañón” para crear condiciones políticas distractoras que desvíen la atención de la ciudadanía hacia lo político inmediatista de naturaleza electorera, de tal manera, que se suavice la contraofensiva que apunta al desmantelamiento de las elites nacionales que controlan el tránsito de la droga en nuestro país.
Al respecto, la pregunta clave que debemos hacernos es la siguiente: ¿estamos haciendo lo que debemos hacer? ¿O, por el contrario, estamos fracasando estrepitosamente al no enfocar debidamente la reacción frente al mismo?