Muerte letal del Río Grande

Por Mario Hernán Ramírez

El poeta Juan Ramón Molina le dedicó a su fraterno amigo Dr. Esteban Guardiola el poema “Río Grande”. De sus rimas entresacamos: “…Sacude, amado río, tu clara cabellera,/eternamente arrulla mi nativa ribera,/ve a confundir tu risa con el rumor del mar./Eres mi amigo. Bajo tus susurrantes frondas,/pasó mi alegre infancia, mecida por tus ondas,/tostada por tus soles, mirándote rodar… ”Sigue rodando, oh río, por tus eternos cauces,/ve a endulzar del enorme Pacífico las fauces,/sé un manantial perenne de vida y de salud;/muy pronto iré a tu orilla,/ con ánimo cobarde,/bajo la paz augusta de una tranquila tarde,/a recordar mi loca y ardiente juventud…”.

Sospechamos que la muerte lenta, pero segura del Río Grande o Choluteca, comenzó allá por la década de los años 50´s de la pasada centuria, precisamente con el crecimiento demográfico de la capital que trajo consigo la instalación de numerosas empresas fabriles, que con sus desechos, generalmente de orden químico, han provocado el envenenamiento de las otroras cristalinas y transparentes aguas de ese emblemático río, que en más de una ocasión también provocó serias dificultades a los capitalinos, con sus crecientes que causaron severos daños a la estructura del histórico puente Mallol, próximo a cumplir, dicho sea de paso, 200 años.
Los capitalinos disfrutábamos los fines de semana y durante la temporada veraniega de los numerosos balnearios naturales, que en los diferentes recovecos del río se formaban en los alrededores de la ciudad, casi todos llenos de árboles frutales. Ahora todo es historia.

Ya las “excursiones” de los maestros y estudiantes de los diferentes niveles de las escuelas y colegios de Tegucigalpa y Comayagüela, pasaron también a ser historia.

Nada va quedando, porque los sitos boscosos adyacentes a la metrópoli, también se están extinguiendo con la aplicación del hacha, la sierra, el tractor y los incendios forestales. Todo se va perdiendo.

Es realmente lamentable, que una ciudad sumamente joven, como Tegucigalpa, y no solo Tegucigalpa, porque el fenómeno parece abarcar toda la nación, esté perdiendo los principales recursos para su sobrevivencia, fundamentalmente el agua y los árboles que producen el oxígeno, elementos vitales para la vida, ahora convertido en un recipiente de aguas negras y desechos industriales, que combinados, producen una fetidez insoportable y una contaminación sin precedentes.

Es necesario que los señores diputados, como buenos “padres de la patria”, se compenetren de la gravedad del problema de la contaminación y extinción de los ríos en el país y procedan cuanto antes a emitir leyes, pero, leyes de verdad, que paren de una vez y para siempre la muerte de nuestros ríos y se proceda a revivir a los que todavía dan señales de volver a la vida, sino, definitivamente, vayámonos olvidando de la existencia y sobrevivencia de ciudades como Tegucigalpa que a pasos agigantados está terminando con los recursos naturales de que ha sido dueña por siglos y que la imprevisión y falta de civismo de todos sus habitantes, nos está llevando a su total extinción.

El ilustre doctor Noé Pineda Portillo, uno de los hondureños de mayor capacidad intelectual de la presente generación, recientemente nos hablaba en este mismo periódico, del cual es columnista, que en su departamento, Santa Bárbara, donde nace el otrora también caudaloso río Ulúa, cuyas aguas por siglos fertilizaron las ardientes tierras de un buen sector de la región norte de nuestra Honduras, está a punto de desaparecer como consecuencia del mismo fenómeno de los incendios forestales, la tala inmisericorde y la imprevisión de muchos hondureños que sin importarles el daño ecológico que le producen a nuestra patria en su afán insaciable de enriquecimiento, no le paran bola a las disposiciones de la COHDEFOR hoy llamada Instituto de Conservación Forestal, que no es más que otro elefante blanco de los muchos que absorben el presupuesto de la nación, sin beneficio alguno para la misma.

Es preciso, urgente, que los llamados “padres de la patria” analicen concienzudamente esta situación grave que durante la estación lluviosa casi no se detecta, pero que tan pronto como entramos al período seco comienza a verse la sequedad de nuestros bosques y valles.

Durante la administración Gálvez-Lozano, con la cooperación de STICA se construyeron en el valle de Comayagua dos represas conocidas como El Coyolar y El Taladro, con las cuales setenta años después sirven enormemente a los agricultores y ganaderos de ese departamento, del cual muchos municipios reciben directamente los beneficios del riego, por gravedad y por goteo.

El ingeniero Roberto Zablah, siendo gerente del SANAA levantó su grito al cielo, pidiendo desesperadamente la construcción de una o dos nuevas represas para poder almacenar el agua que generosamente recibimos de la naturaleza. Escuchemos su voz autorizada, por favor, antes que sea demasiado tarde.