ANTES que nada, sería importante reseñar que la marcha promovida por la Plataforma opositora que inició en las inmediaciones de la UNAH y que se fue nutriendo en la medida que avanzaba al centro de la ciudad, transcurrió en forma pacífica. Los oradores, instalados en los bajos del palacio legislativo, pronunciaron sus arengas de rigor, por supuesto, críticas al gobierno. Ello está dentro del margen aceptado, las movilizaciones y las protestas contenidas, como derecho ciudadano dentro del sistema democrático. Igual la marcha auspiciada por el oficialismo, se desarrolló sin incidentes, en forma civilizada, en respaldo al gobierno. Lo censurable fue lo que aconteció después de la movilización ciudadana. Cuando entraron los encapuchados a la escena. El enfrentamiento con los antimotines acabó en otra guerra campal. Esta vez, aparte de los malandrines que otra vez, aprovechando el molote buscaban saquear negocios, el daño a la propiedad privada. Incendiaron pequeños comercios ubicados en los cubículos de un edificio. Con el rostro desencajado ofreció declaraciones a la prensa el joven de 30 años de edad, propietario de una pequeña empresa de útiles y calzado que quemaron. Su esposa con 8 meses de embarazo.
“No esperaba que una protesta terminara con mi negocio, pero el daño ya está hecho. Soy un humilde vendedor que busco cómo superarme”. “Soy un luchador que genero empleo, pero esto no me lo esperaba y hasta destrozaron una maquinita de mis empleadas que tenía muchos años de trabajar con ella”. “Sé que vamos a salir adelante y que Dios va a proveer muchísimo más trabajo, y vamos a volver a iniciar”. “La misión de mi trabajo no es convertirnos en acaudalados, sino en sacar a Honduras adelante, dándole trabajo a estas personas”. Recordó que con su negocio hacía esfuerzo por superar las pérdidas sufridas cuando se cayeron las ventas durante las protestas de julio. Parecidos lamentos se escucharon de los otros humildes empresarios que vieron su trabajo de años consumido por las llamas. No saben cómo van a pagar la deuda que adquirieron para instalarse, en el quehacer con que se ganan la vida. “¿Y ahora de qué voy a vivir?”, repetía insistentemente otro de los afectados después que el fuego consumió el local que administraba. Estos son dramas, sensiblemente humanos, que mueven el alma. El resultado ingrato de los excesos. Pero también está lo otro. Las embestidas de la turbamulta contra periodistas suelen pasar como parte sin novedad. Hay que tragar gordo cuando en la calle, cumpliendo con la riesgosa tarea de informar a la opinión pública, le rompen el equipo o golpean a un comunicador o a un camarógrafo. El medio se limita a reportar la agresión resignándose a los tibios pronunciamientos de condena, si es que salen.
Sin embargo, si el atentado procede de la autoridad, pasamos a otro terreno. Los uniformados deben estar entrenados para responder, con la menor fuerza posible, solo lo necesario para proteger su propia integridad mientras reestablecen el orden público, conforme a la circunstancia que encaran. En todo momento siguiendo estrictamente los protocolos que garanticen el debido respeto de los derechos humanos. La última víctima, un periodista de uno de los canales de la televisión que, cubriendo las protestas en San Pedro Sula, fue golpeado por policías, sin motivo alguno que justificase el ultraje. Otro acto inexplicable fue que lanzaron bombas lacrimógenas a un autobús que transportaba estudiantes –que nada tenían que ver con los molotes– exponiéndolos a la toxicidad de los gases. Se observa, en otro de los videos difundidos por los medios, cómo varios estudiantes en un plantel universitario rociado de gases asfixiantes, notoriamente asustados, entre súplicas de llanto intentan convencer a los antimotines que vienen a clases, que no están en protesta, y más bien tratan de salir de allí donde quedaron atrapados. Voceros de la institución policial anunciaron que investigan los hechos. Aunque esto, en esta atmósfera de creciente volatilidad, merece mayor celeridad para que haya un claro resultado de las indagaciones. Como del futuro de la patria se trata, nada se pierde insinuar a los protagonistas de este conflicto, mayor prudencia y moderación.