Un tico ¡pura vida!

Elsa de Ramírez

Recientemente, visitó la antañona y hoy floreciente capital, Tegucigalpa, don Hernando Hernández Herrera (tío materno), de nacionalidad costarricense, más conocido como el señor de las tres “H´s”, hijo del recordado e ilustre abogado olanchano Serapio Hernández y Hernández (nuestro abuelo); quien relató que había estado en Honduras en 1995 y que a la fecha notaba un cambio extraordinario, sobre todo en infraestructura y crecimiento urbano.

Aunque su estadía fue relativamente corta, logramos que hiciera un espacio en su apretada agenda y aceptara nuestra cordial invitación a conocer Santa Lucía en compañía de Mario Fernando (mi hijo), Lourdes y José Fernando (hermanos).

En lo que a mí concierne, desde que tío Hernando abordó el vehículo conducido por Lourdes, vinieron a nuestra mente sentimientos encontrados; grabadora en mano -empecé a preguntar tantas cosas a la vez- especialmente relacionadas con el abuelo paterno, a quien no conocimos, -también le pregunté sí recordaba a nuestra madre- doña María del Rosario García de Ramírez (Q.D.D.G., -su hermana- respondiendo afirmativamente.

Llegamos al lugar de destino, Santa Lucía, ubicado a 13 kilómetros de Tegucigalpa, para darle la bienvenida, convidándolo a disfrutar de un exquisito almuerzo contentivo de una parrillada; en un restaurante sumamente acogedor, con un toque de romance, lleno de senderos adoquinados con piedras y jardines colgantes con mensajes y citas filosóficas que se leen tanto en las paredes como en las vigas y las gradas que decoran ese bello lugar, mismos que calan en lo más profundo de nuestro ser entre ellos: “Acá hay tres clases de gente: la que se mata trabajando, la que debería trabajar y la que tendría que matarse. Benedetti”; de Joaquín Sabina: “La vida no se cuenta por minutos, sino por sueños”; de Zeittgeist: “Mi corazón duerme a tiempo completo en los brazos de la felicidad”; del gran Descartes: “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”.

Asimismo, durante el almuerzo don Hernando mostró un pequeño libro contentivo del 50 aniversario de fundación del Centro de Educación Básica que lleva el nombre de nuestra tía materna “Rosa Luisa de Ochoa”, localizado en la próspera ciudad de Juticalpa -hermana de él-; en cuya portada se lee “50 años viviendo para educar y educando para vivir”, reseña del Centro Básico y fotografías de ocasión; cerrando con el pensamiento: “Una escuela que se abre es una cárcel que se cierra. Profesora Rosa Luisa H. de Ochoa”.

Ese día, el clima fue propicio para la reunión, ya que una suave llovizna y un delicioso viento acarició nuestro rostro; a lo lejos desde un mirador divisamos en todo su esplendor, la iglesia católica, las verdes montañas, las calles empedradas y las casas con tejas de barro, al igual que los murales con imágenes y pensamientos de grandes hombres que hacía resaltar la belleza arquitectónica de los inmuebles, de cuyas vigas cuelgan flores de diferente especie.

Enseguida, decidimos detenernos un rato para disfrutar de una ardiente taza de café hecho en casa, acompañado de una exquisita semita de yema combinada con arroz; en un rinconcito llamado “Café bendito”, en el cual, en una de sus paredes construida de maderas preciosas leímos: “Los que dejan propina van al cielo”.

Después, caminamos hasta el lago en compañía de Ana María, hija de Lourdes y su yerno, respectivamente -Pedro -, ahí nos enteramos que muy cerca, en Valle de Ángeles estaban almorzando Mainor (hijo de Tío Hernando) acompañado de Epril (hija del tío Honorato y prima), junto a sus dos hijas del mismo nombre, quienes llegaron a nuestro encuentro para presentarnos, y como es lógico guardar las imágenes a través del lente profesional de los encantadores primos Epril y Mainor.

De regreso a Tegucigalpa no podía faltar la visita a nuestro hogar, para el encuentro con el “desconocido”, hasta entonces, el gran amigo (a través de las redes sociales), Mario Hernán Ramírez, con quien se fundió en un caluroso abrazo y un fuerte apretón de manos con auténtico calor humano, con quien conversó largo y tendido sobre diferentes tópicos relacionados con su vida en Costa Rica y la de él en Honduras.

Caía la noche cuando don Hernando retornó a la casa de su hermano don Honorato Hernández, para descansar y continuar su regreso al día siguiente a San José, Costa Rica, con un cargamento de inmensa felicidad y emociones a granel; a la espera que desde Honduras, lleguemos los Ramírez García a conocer al resto de la familia Hernández y el sepulcro donde se encuentran reposando los restos del abuelo don Serapio Hernández y Hernández, en el campo santo de la siempre bella ciudad josefina.

Finalizamos expresando que don Hernando Hernández Herrera es ¡un tico pura vida! ya que a sus 80 años es un gran deportista, camina, corre, baila y canta, desbordando alegría y positivismo por los poros.