POR si alguien duda del impacto negativo sobre la sociedad de una crisis política que desestabiliza instituciones y mercados por igual, no hay que ir muy lejos. No es necesario rodear toda la manzana. A la vuelta de la esquina hay un ejemplo. Los nicaragüenses ya cumplen más del año intentando sacudirse la dictadura, después que las manifestaciones de protesta calentaron las calles. El detonante de la crisis fue una impopular reforma a la seguridad social. En cuestión de horas aquello se convertía en una caldera del diablo. Enfrentamientos, en varias tandas represivas, entre los opositores al régimen y las fuerzas de seguridad del régimen sandinista que dejaron un saldo de alrededor de 400 muertos. El gobierno solo acepta 198 fallecidos. Uno tan solo que hubiera sido. Y lo que era de esperarse, el desplome de la economía. Si bien la gente se volcó a las calles esperando desenraizar el poder ejercido por el comandante sandinista –5 años más a los 21 años que lleva de estar al frente del Ejecutivo– hoy, a la violencia y a la privación de libertades se suma la desesperación. La angustia del pueblo que sufre los efectos de una economía arruinada. El año pasado, después de ocho años continuos de crecimiento, la economía se contrajo un 3.8%.
Un informe de Consejo Superior de la Empresa Privada revela que este año la crisis se ha exacerbado por la reducción de consumo y la inversión. El desempleo que afecta la actividad económica en su conjunto ha provocado masivos flujos migratorios. Al gigantesco batallón de desocupados se sumarán otras 67 mil personas, lo que equivale a una tasa de desempleo superior al 8.5%. El incremento de los costos de operación, la falta de liquidez, la reducción de contratos del exterior, la necesidad de realizar despidos, el potencial cierre de las empresas, el incremento de los impuestos y la pérdida del poder adquisitivo de los consumidores, amenaza con empeorar aún más la mala situación que ya atraviesan. Se han fugado 1,396 millones de dólares del sistema financiero. En pocas palabras, la economía se encuentra en caída libre. Empeora la calamitosa situación de pobreza de la mitad de los nicaragüenses. Ahora Nicaragua es el país más empobrecido de América, solo superado por Haití. Este año el PIB decrecerá un 5% según calcula el FMI. Sí, son cifras que a cualquiera aburren.
Peor si se refieren a algo que es ajeno. ¿Pero qué tan ajena es la vecindad cuando se trata del único país de la región con el que teníamos superávit comercial? Con todo el resto somos deficitarios. O sea que la merma en la relación comercial con Nicaragua, desde el estricto interés particular, nos afecta. Pero, aunque no lo hiciese. Nadie puede ser indiferente a la suerte de los vecinos. Más cuando se imponen los contrastes.
Esos guarismos de calamidad, consecuencia de la debacle de la economía, no son solo cifras. Se traducen en sufrimiento para los más necesitados. Son lágrimas que se derraman de impotencia. De quienes reciben los golpes directos. Los que pierden sus trabajos. Los que cierran sus negocios. Los que huyen de la incertidumbre. La imposibilidad de los y las cabezas de hogar de llevarle a los suyos un plato digno de comida todos los días. No son frías estadísticas. Son personas de carne y hueso. De padres y madres que tienen hijos. De familias y hogares enteros. Se manifiesta en escasez de lo básico para las víctimas empobrecidas. Sí, las víctimas. No los políticos que dirigen los enfrentamientos por la lucha del poder. Tanto los que lo tienen como los que lo quieren. Las verdaderas víctimas. Las que padecen las terribles consecuencias de esos conflictos. (Es preciso recalcar que la democracia respeta el derecho a reclamar, a protestar, a manifestarse –de palabra y de acción– en forma pacífica. Lo intolerable es la violencia, tanto la represión como el vandalismo; la destrucción, el pillaje y el salvajismo).