Por Boris Zelaya Rubí
“En un pasado no muy lejano, denunciar hechos de corrupción no tenía demasiado impacto porque se consideraba que formaba parte de la administración pública. Ahora se tolera mucho menos que antes, porque la conciencia ciudadana es mayor. Entonces, ello explica el aumento de denuncias como el enorme impacto en la opinión pública y la menor tolerancia”.
Varios personajes han sido señalados por la vox populi por actos reñidos con la ley. Algunos de ellos fueron nuestros compañeros cuando realizamos actividades políticas para sumar prosélitos a la causa que representábamos. Esperamos que las acusaciones no tengan sustento legal y que salgan bien librados, en estos tiempos donde la oposición es un “alacrán que ataca por naturaleza”. A la mayoría de ellos no los volvimos a ver, porque comprendemos que el dinero y el poder los convirtió en miembros de otro estatus social, aun así, nuestro aprecio de siempre.
Cada día que pasa, la ciudadanía está esperando cuántos muertos más resultan por el maldito dengue, asesinatos a motoristas, mujeres encostaladas y el destape de políticos “amigos” de los narcos, que seguirán siendo denunciados, tal vez injustamente por actos de corrupción.
En las instituciones políticas que lleven a cabo elecciones internas, no deben permitir que participen aquellos que tienen cuentas pendientes con la justicia, en el pasado o en el presente. En lo que falta para las elecciones generales y al paso que vamos, no quedará títere con cabeza -qué lástima que ya no funciona la guillotina- como pena capital, porque serían tantos los cráneos resultantes, que alcanzarían para “empedrar” algunas calles de los barrios marginados y las medidas tomadas por Afganistán dejarían muchos “mancos y ciegos”.
Lo más seguro es que en los próximos comicios electorales aumentarán las abstenciones y votos en blanco, el triunfador resultará de una ínfima cantidad de sufragios ejercidos por incrédulos y los que cambian votos por dinero o comida, total que después del escrutinio el triunfador no representará los deseos del pueblo y peor aún, si el candidato resulta de “alianzas perversas”.
Con las malévolas o malas intenciones de integrar los organismos electorales con los hombres de confianza de cada partido, aunque sean sospechosos de actos deshonestos en la administración pública o en la empresa privada, tendremos un mercado de fraude inimaginable. ¡Qué Dios nos agarre confesados!
“Las consecuencias, además de la fuga de recursos públicos, las observamos en la desconfianza, indiferencia, desgaste de los sistemas democráticos”. Si se les cortarán las manos nos quedaríamos sin políticos y sería un desfile de menesterosos pidiendo para beber o comer. No todo tiene que ser negativo, no podemos pasar eternamente querellando a los calumniadores porque, aunque se descubra que eran tácticas sucias de los opositores políticos, las falsas acusaciones quedan en la memoria del pueblo y le siembran la duda, afectando a los señalados por el resto de sus vidas.
Aplaudimos la intención del actual mandatario de aumentar el número de agentes guardianes del orden, para evitar que, en lo álgido de las provocaciones e inventos de los opositores, puedan pasar a utilizar “gatilleros” y hacer daños mayores. Lo mejor es que las decisiones sean rápidas, no aguardar a que sucedan actos dantescos para iniciar las acciones, y si es necesario se debe llevar a los defensores o miembros de los derechos humanos al frente, para que sientan lo que significa combatir la delincuencia “tiro a tiro”, porque los vándalos pagados no entienden de palabrerías ni de “chalecos”.
Los “ñangaritas” capaces de inducir al pueblo al extremo de asesinar a los opositores a sus ideologías, tienen la suerte que a personas como ellos ya les tienen refugio en la pobre y sufrida Nicaragua. ¡Buen viaje!
De rodillas solo para orar a Dios.