NO hay leyes deterministas unilaterales, o inevitables, sobre el futuro histórico de ninguna sociedad, si en virtud de ello consideramos el concepto de historia como algo multifactorial, en donde a veces intervienen factores inesperados. Lo que de hecho se ha demostrado es que existen ciertas “leyes económicas de hierro” que son muy específicas y que, en consecuencia, para fines de sobrevivencia de un pueblo, deben ser respetadas. Como aquella de nunca derrochar todos los recursos de una nación ya que de lo contrario se corre el riesgo de la bancarrota total y de las consiguientes hambrunas colectivas.
En cuanto a la historia misma se puede afirmar que en términos futurísticos sólo existen, de manera plural, tendencias importantes o trayectorias posibles que el verdadero historiador debe atalayar en función de sucesos que hayan ocurrido en el pasado y que estén sucediendo en el momento presente, a partir de datos empíricos, documentos demostrables de primera mano y reflexiones profundas. Nadie puede asegurar, históricamente hablando, qué cosas podrán ocurrir con certeza en los próximos cincuenta años, excepto si se hace uso de aproximaciones en base a lo conocido, ya sea en tiempos remotos o en épocas más o menos recientes. En este sentido es importante conocer los comportamientos culturales, positivos y negativos, de las agrupaciones humanas de cada país, desde donde desprender algunas posibles tendencias. Las tradiciones y la identidad de cada pueblo juegan un papel preponderante para leer, entrelineadamente, los aciertos y los desaciertos, lo mismo que las posibilidades individuales y colectivas de una nación.
A la par de las tradiciones es aconsejable conocer el comportamiento de las élites políticas, comerciales, industriales, financieras, religiosas e intelectuales de cualquier sociedad en cualquier época. De la capacidad real de las élites, y de sus virtudes y defectos reiterativos, depende en gran medida el posicionamiento de una sociedad ante el resto del mundo, y el redireccionamiento futuro de cada pueblo en particular. Una élite dogmática conducirá a su pueblo por despeñaderos fanáticamente sectarios. Una élite emocionalmente madura, flexible y con capacidad de diálogo paciente logrará, tarde o temprano, la conciliación de los opuestos inclusive antagónicos, en la búsqueda de la consolidación económica general y de la armonización pluralista de la política, por el bien de todos. Aquellos que mantienen principios ideológicos rígidos, invariables, del signo que sean, terminan conduciendo a sus respectivas sociedades por los derroteros de la pobreza, del caos y de las hambrunas. Pues esto mismo ha ocurrido en diversos momentos pero, sobre todo, durante el “próspero” siglo veinte, y en las primeras décadas del veintiuno.
La reflexión introductoria anterior es pertinente para analizar las cosas que suceden en Honduras y en otros países similares. Porque hay grupos que siguen creyendo que la historia se conduce con leyes rígidas inevitables, motivo por el cual vale la pena (piensan los partidarios de esta teoría), utilizar cualquier pretexto para provocar el caos y la inestabilidad de toda la sociedad. No comprenden ni desean comprender que una vez desestabilizada en forma completa cualquier sociedad, el pueblo seguirá sufriendo miserias materiales y espirituales durante muchas décadas, sin alivios ni alicientes reales.
El carro de la historia colectiva se conduce de forma zigzagueante. No en línea recta apocalíptica o inevitable. Sino que marchando por curvas cerradas, puentes destartalados, posibles retrocesos y carreteras en pésimo estado. Inclusive por caminos de herradura. Pero también existe la extraña probabilidad que algunos malos conductores lancen el carro de la historia hacia un abismo mortal para ellos mismos y para toda la sociedad.