Por Denis Castro Bobadilla
Doctor, abogado y médico forense
II Vicepresidente del Congreso Nacional
Empezaré este artículo diciendo que ser diputado es para mí un gran honor, ya que mis electores pusieron en mis manos la sublime responsabilidad de representarlos en el Congreso Nacional para legislar en beneficio del país, impulsar cambios para beneficio de las mayorías y esforzarme por asegurar el bienestar de las actuales y futuras generaciones.
Se trata de un gran compromiso patriótico y humano que debe asumirse con altura, con dignidad pero, sobre todo, con responsabilidad, esa palabra que encierra todo aquello positivo, bueno y humano que el diputado debe realizar por la grandeza del país y de su gente.
Por supuesto, dentro de la responsabilidad que compete al diputado está oponerse a todo aquello que, en su opinión, afecte los intereses del pueblo porque es, por delegación en las urnas, un defensor de los intereses del pueblo.
Sus propuestas, sus iniciativas de ley y sus proyectos deben estar encaminados a lograr más y mayor bienestar para las mayorías, sin embargo, debe oponerse a lo que lesione derechos y libertades elementales, exponiendo su opinión dentro de los límites de la cordura, con sabiduría y bajo los enunciados del respeto al derecho ajeno.
Creo que los apasionamientos que desatan la impulsividad no deben formar parte de la personalidad del diputado, ya que no se representa a sí mismo en la Cámara, como tampoco representa a un partido o a un grupo determinado. Representa a miles de ciudadanos que confiaron en su buen criterio y lo bendijeron con su voto para que, por cuatro años, haga lo mejor desde su curul en beneficio de Honduras. Y vuelvo aquí a referirme a la responsabilidad que esa confianza implica.
En Honduras la discriminación es un delito. Cualquiera con la edad permitida puede ser diputado. Desde el abogado, el médico y el maestro, hasta el vendedor de verduras, la vendedora de chancletas, el campesino que ara la tierra y el chofer de bus. La profesión y el oficio no limita su derecho a elegir y ser electo, sin embargo, el requisito implícito para este cargo debe ser su amor por Honduras y el ferviente deseo de servir a su gente, defendiendo sus derechos y luchando para que desde el Congreso se obtengan grandes logros de beneficio colectivo y permanente para la sociedad.
Por supuesto, en toda actividad humana destaca la capacidad que se tiene para ejercerla y, como dice un viejo refrán, “zapatero a tu zapato”, lo que nos dice que cada quien debe dedicarse a lo que mejor sabe hacer, y debe dejar a un lado aquello para lo que no es capaz, así y lo impulse la mejor buena voluntad.
Honduras necesita de sus mejores hijos para superar tantos y tantos problemas sociales, y no es que estos hijos deben ser los más sabios, pero sí deben ser los más responsables, los más comprometidos con el futuro del país y los que dediquen sus energías a mejorar las condiciones de vida de la gente, porque, precisamente, de eso trata la política: una ciencia que debe estar siempre al servicio de las mayorías, de aquí que los políticos debemos estar siempre dispuestos a dar lo mejor por nuestros compatriotas.
Un día, allá por los años 30, Samuel Zemurray dijo una frase oprobiosa respecto a los diputados de Honduras en esa época. Nada más aberrante. Un diputado hondureño vale su peso en oro porque lleva sobre sus hombros las esperanzas de miles de sus compatriotas, porque tiene en sus manos esa responsabilidad ineludible de mejorar las condiciones del país y porque su cargo representa una gran oportunidad de desarrollo para Honduras.
Yo, orgullosamente soy diputado. Yo tengo el altísimo honor de representar a los hondureños en el Congreso Nacional, y desde mi curul puedo decirle al pueblo que desde el primer día me he esforzado por conseguir para el pueblo beneficios como más de 400 millones para el Hospital Escuela, un banco nacional de alimentos, un banco nacional de órganos, y muchos logros más que, al hacerse realidad, darán beneficios permanentes a los hondureños.
Considero que este es mi deber. Para esto nos eligieron. Para esto somos diputados. Y, para mí, ser diputado significa ser un empleado del pueblo, un servidor de la gente, un hijo de Honduras al que se le ha dado la oportunidad de hacer lo mejor por su patria. Es, además, una bendición del pueblo; es una bendición de Dios.
Eso significa para mí ser diputado.