Por Álvaro Sarmiento
Especialista Internacional
en Comercio y Aduanas
Había una vez un rey que deseaba que todos los habitantes de su reino fueran felices para siempre y vivieran en paz y en armonía, sin maléfica alguna que viniera a introducir la discordia.
En este reino durante el invierno hacía mucho frío, incluso nevaba de manera copiosa en el mes de enero. Algunos de los habitantes del reino se dedicaban a producir abrigos muy gruesos.
Resultó que por aquello del “calentamiento global”, en el reino, durante varios años no nevó, y el clima se estabilizó en temperaturas cercanas a los 30 grados. Los que se dedicaban a confeccionar abrigos vieron que sus ventas se caían como piedras, nadie quería un abrigo en ese reino caliente.
El dueño de la fábrica tenía dos hijos, uno muy listo que fue a sacar su MBA en Harvard, y que al regresar al reino le recomendó a su padre, que tenía dos opciones, una de ellas era exportar su producción a un país donde nevara o reconvertir su fábrica en una de calzonetas o playeras.
El otro hijo, que no pasó de 3er. grado de primaria, mucho más pragmático y combativo, tomó la iniciativa de ir a donde el rey y exigirle un decreto real que obligara a que todos los habitantes del reino compraran una vez al año un abrigo y un precio mínimo para cada abrigo. Y si no le hacía caso se encargaría de robar la paz del reino al mejor estilo maléfica, al final el rey cedió ante el chantaje y emitió el decreto real.
El hijo que venía de Harvard, sabía que esa medida podía sostenerse en el corto plazo, pero que en algún momento la inmensa mayoría de los ciudadanos no soportarían esa intromisión en su presupuesto y terminarían pidiendo al rey un crédito fiscal o un subsidio para pagar el abrigo y el alquiler de la bodega para guardarlo.
Otro problema que se dio es que los campesinos dejaron de cultivar el campo, y comenzaron a fabricar más abrigos, porque con el decreto real, tenían la seguridad que alguien se los compraría y que cultivando los riesgos son muchos (inundaciones, sequías, etc.). Por lo tanto, el precio de los alimentos subió por la contracción en la oferta.
El chico de Harvard se fue al pueblo vecino donde había otras fábricas de abrigos y ayudó a reconvertirlas.
Porque en ese pueblo no había monarquía y la Constitución tenía como precepto fundamental el respeto a la vida, la libertad y la propiedad. Meterse en los negocios de los particulares era un delito y ninguna autoridad quería hacer eso.
La única manera de poder hacer cálculo económico y saber si me conviene poner una fábrica de abrigos en un lugar como San Pedro Sula o una flota de camiones es el sistema de precios. Los precios son como el sistema nervioso de una persona, que permite determinar si lo que vendo (producto o servicio), tiene buena demanda, está creciendo o disminuyendo, etc. Nadie quiere comprar calentadores en Choluteca, es decir su precio tiende a cero. Si subo mi precio, el consumidor tratará de encontrar una alternativa más económica, así hemos funcionado los seres humanos desde siempre.
La única manera de tratar de engañar al sistema de precios es a través de leyes que impongan por ejemplo precios mínimos (salarios mínimos o tarifas) y máximos (a la gasolina, por ejemplo). Estos mecanismos, con la mejor intención del mundo, únicamente dañan al sistema y provocan que los actores económicos tomen malas decisiones de compra, venta o de inversión. En una palabra, minan la competitividad nacional.
Dejo fuera las reflexiones morales que implica la intromisión de terceros en la negociación libre de particulares. Se pueden escribir toneladas.
En todo caso, el cuento de arriba que suena ridículo, en la realidad puede provocar que algunos piensen que es un buen negocio vender abrigos en San Pedro Sula.