La autonomía universitaria: Un medio, no un fin

Por Óscar Lanza Rosales
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Después de los lamentables hechos del pasado mes de junio, en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), muchos hondureños nos sentimos consternados por ese lamentable incidente, que en una sociedad civilizada, ya no debería suceder, esta reyerta entre estudiantes provocadores y una policía represiva.

Este incidente ha despertado muchas inquietudes ¿preguntándonos por qué suceden todavía este tipo de hechos en nuestra Honduras? ¿Para qué sirve la autonomía universitaria? ¿Si se violó la autonomía de la UNAH?

Preguntas que requieren respuestas de una sociedad madura, para que estas cosas ya no vuelvan a suceder.

Como la autonomía, es un tema controversial en muchas universidades públicas, principalmente de Latinoamérica, he encontrado un interesante ensayo –que da respuesta a nuestras interrogantes– bajo el título de: “Autonomía universitaria en el siglo XXI: Nuevas formas de legitimidad ante las transformaciones del Estado y la sociedad”, de Andrés Bernasconi, docente investigador de la Universidad Católica de Chile, Harvard University y Universidad Andrés Bello, entre otras.

Bernasconi en su ensayo trata de definir qué es y para qué sirve la autonomía universitaria, además de postular y argumentar la estrecha relación que existe entre autonomía y legitimidad del gobierno universitario. En primer lugar, señala que la autonomía existe principalmente para proteger la libertad académica y por lo tanto merece protección porque es esencial para que la universidad entregue a la sociedad el servicio que le es propio:

descubrir y comunicar el conocimiento de las ciencias, las artes y las humanidades. En segundo lugar, afirma que, como todo gobierno universitario requiere de legitimidad para sostenerse y para conducir adecuadamente a la universidad hacia el cumplimiento de su misión.

Narra que la autonomía nace con el concepto de universidad, desde la Edad Media, que en la búsqueda del éxito, ha tratado de asegurar para sus miembros una independencia de la influencia de la iglesia, gobiernos y del poder económico, que le permita cumplir su misión institucional.

Desafortunadamente –agrega– los avatares de la historia han hecho de la autonomía, especialmente en América Latina, un fin en sí mismo, en vez de un medio, al servicio del fin de la universidad. La han convertido en un objeto de veneración cuasi-religiosa, ideológica y en una herramienta de lucha política entre universitarios que oscurece su genuino significado.

Por toda esa confusión, Bernasconi quiere dejar bien claro lo siguiente:

La autonomía es para garantizar la libertad académica. La sociedad necesita de la universidad para la generación, diseminación y aplicación del conocimiento a la solución de problemas, que conduzca al progreso social. Rol que se cumple si se da la condición de libertad de investigación y de enseñanza. O sea, la autonomía es un medio para la protección de la libertad académica o intelectual. Pero así como no existen las libertades absolutas, tampoco la autonomía es ilimitada.

Entonces ¿cuáles son sus límites? La Asociación Internacional de Universidades en su declaración de 1998, ofrece una respuesta: La autonomía institucional puede ser definida como el necesario grado de independencia de interferencia externa que la universidad necesita con respecto a su organización interna, distribución de sus recursos financieros, reclutamiento de su personal, fijación de las condiciones de estudio y, finalmente, la libertad de conducir la enseñanza e investigación.

O sea, la universidad puede reclamar para sí, la autorregulación, pero con rendición de cuentas y el cumplimiento de la calidad educativa u otros indicadores de su progreso.

Siendo el titular de esa protección que la autonomía ofrece: los profesores, quienes andan en búsqueda de la verdad y su transmisión, y de los estudiantes, en la medida en que participan de estas actividades. Esta declaración se descarrila cuando se hace de la autonomía, y no de la libertad académica, la esencia de la universidad.

Ahora bien, ¿cuál es la relación entre autonomía y forma de gobierno universitario? El mejor modelo de gobierno universitario es aquel que garantice la mayor libertad intelectual de sus miembros, y es eficaz cuando conduce a la universidad a su fin, de maximizar la producción de conocimiento y enseñanza.

El autor señala que siempre hay que tener presente, a la hora de elegir un modelo de gobierno, que ni la autonomía ni la libertad de cátedra son derechos absolutos y que cierto grado de dependencia respecto de la autoridad política y de las fuerzas del mercado es no solo inevitable, sino posiblemente conveniente para evitar el síndrome “universidad torre de marfil.” Termino concluyendo con Bernasconi que la autonomía es un medio y no el fin último del quehacer de la universidad.