Por Carlos Eduardo Reina Flores
Ahora que me intereso por conocer el inmenso beneficio que el hospital brinda a los niños enfermos, que antes no tenían a dónde acudir en procura de un tratamiento especializado, quedé sorprendido por la calidad del servicio médico, pero además por lo amigable de las facilidades y la atmósfera de calidez que se respira. Un centro hospitalario no son solo las salas repletas de pacientes, los quirófanos, los salones de enfermería y los consultorios. La salud mucho tiene que ver con el estado anímico de la persona. Si el ambiente lo relaja, lo acaricia, lo estimula y lo revive o por el contrario, si aparte de la enfermedad que padece, la hacinación, la bulla, el desorden lo deprimen. Salud no es solo qué tan grave sea la enfermedad que se padece, la atención que se recibe, sino la voluntad interna de recuperación del paciente y su denuedo, convertido en fe, que va a salir bien de sus dolencias.
Sabiendo eso, indagué sobre el impecable diseño y la imponente construcción de las bonitas instalaciones. La obra fue diseñada por un arquitecto medio italiano y medio venezolano. Contrató un grupo de ingenieros, albañiles y obreros, tanto de su país de origen como hondureños. Cuentan quienes presenciaron la obra, que desde el inicio el ingeniero constructor impuso su riguroso método a los empleados. Nada de andar regando basura, menos botellas o desperdicios de comida, por todos lados. Estricto control sobre las labores realizadas en el tiempo mínimo para garantizar la eficiencia y ahorro de los costos. Y al final del día, limpieza, para que no quedaran bloques, ladrillos o cemento regado por doquier, ya que el lugar debía lucir tan nítido como lo encontraron al inicio de la jornada. La gran cantidad de obreros eran hondureños. Pero interactuaban con sus pares venezolanos que trajeron consigo sus dichos y su hablado coloquial.
La guasa, para hacer más leve la tarea, era habitual entre ellos. Contaban chistes, algunos que a los hondureños no les sonaban graciosos. A un humilde obrero catracho lo tenían por inocente, ya que no se reía de los chistes venezolanos ni de los que contaban sus compañeros hondureños. Cada mañana, alguno de los venezolanos le hacían la misma pregunta: “Oye vale, como está la cosa? Por lo general, ello era motivo de burla cuando no daba la respuesta indicada. Uno de tantos días, uno de los compañeros le recomendó. “Mira cuando esos “panas” te pregunten como está la cosa, diles que la cosa está peluda”. Sin embargo el inocente, siguió siendo motivo de burlas, porque nunca les contestaba. “Peluda –confió en cierta ocasión a uno de sus cercanos amigos– va estar cuando se acabe la obra y esos panas ya no tengan trabajo”. Y así sucedió, el centro hospitalario fue terminado. Todos se dispersaron. No se supo si todos consiguieron trabajo. Solo quedó el inocente albañil quien, gracias a la experiencia adquirida durante la construcción, fue contratado para las labores de mantenimiento.