La “tumba” de Lempira sobrevive a 500 años de secretos y olvido

1/5

ERANDIQUE, Lempira. Guiados por amigos nativos, llegamos a “Piedra Parada”, el lugar donde, según la versión más conocida, el cacique Lempira murió a traición por un arcabucero español, quien le disparó a corta distancia en 1537.

A más de 1,500 metros sobre el nivel del mar, subir a la “tumba” del primer defensor de la soberanía y símbolo de la identidad nacional no es fácil a menos que sea en un carro doble tracción y disponer de siete horas, por lo menos, desde Tegucigalpa.

El punto de partida es Erandique, el pueblo donde los españoles establecieron el cuartel para sitiar al indómito cacique, fundado entre las crestas de El Congolón, Coyocutena y Cerquín, las otras montañas que sirvieron de teatro de aquella batalla desigual.

La subida a “Piedra Parada” es una calle de caracol. Se sube, se sube y se vuelve a subir. La mayor parte de la carretera de tierra está encofrada en espesa vegetación y gruesa neblina a los lados. Cuando se aclara en unos tramos puede verse los profundos precipicios y labranzas en las faldas de las montañas lejanas.

Unos campesinos trabajan sobre la carretera en las alturas de El Congolón.

El sonido de los pinos y la calma de un cielo siempre azul orientan la ruta. Pasan pocos carros y casi no hay casas. Algunos campesinos de ascendencia lenca, la tribu de Lempira, faenan. El paisaje es tan impresionante que es fácil pensar en la fascinación que causó en aquellos españoles. En este tramo del recorrido, se pueden ver milpas verdes a punto de florecer y sembradíos de hortalizas que abastecen los centros urbanos de los alrededores.

PEÑÓN DE 500 AÑOS

Después de una hora de camino se llega a “Piedra Parada”, a la orilla de la carretera entre Erandique y Candelaria. El viajero puede desayunar o almorzar en el único comedor del trayecto precisamente con el nombre de “Piedra Parada” pero como son casi las 10 de la mañana ya no tiene desayuno y esperar el almuerzo es muy tarde.

El camino hacia el peñón está enfrente, escondido entre la vegetación. Debería tener una verdadera infraestructura turística, pero no hay monumentos ni una placa que honre la memoria del héroe o que recuerde al transeúnte la heroica hazaña. Han pasado 500 años y el lugar sigue envuelto en el olvido y la leyenda.

Comparando los relatos históricos con el lugar donde ocurrieron los hechos, aunque no es agradable decirlo, tiene muy poco que ver.

El camino que conduce al peñón de Piedra Parada queda a una orilla de la carretera entre Erandique y Candelaria.

Al terminar el caminito está la entrada al legendario peñón. Es una mole de piedra como de 20 metros de altura, alejada de cresta principal de El Congolón, que se mira al fondo. Viéndolo fríamente, cuesta creer que este sea el sitio que escogió Lempira para recibir al capitán Alonso de Cáreces pero no por eso deja de ser impresionante.

Piedra Parada se presenta aislada del resto de los peñones. Hacia el sur, enorme vacío, contemplando ese vacío se puede recrear la batalla del cacique. El paisaje maravilloso destila épica y agranda la leyenda de las batallas de peninsulares y los autóctonos. Es fácil imaginar los genocidios de indígenas a manos de españoles, como lo denunció fray Bartolomé de las Casas, o los males de la conquista, como la viruela. De ser ciertas las afirmaciones del fray católico, es fácil pensar que este pintoresco paisaje guarda los momentos cuando los indios eran dados a comer a los perros, una versión muy exagerada, pero que forma parte de la historia.

VALOR HISTÓRICO

El valor histórico de Piedra Parada tiene mucho respaldo entre historiadores de peso del pasado como contemporáneos. Los profesores Vicente Cáceres y Jesús Aguilar Paz, visitaron el sitio con grupos de estudiantes cuando eran director y subdirector, respectivamente, de la Escuela Normal de Occidente con sede en La Esperanza. Tardaron día y medio en llegar en 1915. A diferencia de sus colegas, Membreño sostenía que la muerte de Lempira fue en Cerquín, que, junto a Coyocutena, formaron parte de la muralla defensiva del “Señor de la Sierra”, al declararle la guerra a invasores durante seis meses bajo el lema vencer o morir.

Una panorámica del paisaje en la subida a Piedra Parada desde el municipio de Erandique.

Más tarde, en 1922, otro profesor y diputado, Jesús B. Membreño, director del colegio de Gracias, visitó el sitio con motivos académicos. Y más reciente, en 1943, monseñor Federico Lunardi, nuncio apostólico del Vaticano en Honduras, publicó el libro “Lempira, el héroe de la epopeya de Honduras”, en el que relata la fundación de Gracias, el señorío de Lempira, y los acontecimientos que siguieron a la muerte del caudillo, el lugar donde cayó y su tumba, aquí en Piedra Parada.

Rómulo E. Durón (1865-1942) fundador de la Biblioteca Nacional fue el que difundió la historia tradicional sobre la muerte de Lempira basado en los escritos del cronista español Antonio Herrera en 1615, que relata la muerte a traición.

El autor de este artículo sobre el peñón de Piedra Parada y la cresta de El Congolón a más de 1,500 metros sobre el nivel del mar.

En la actualidad, don Óscar Milla y Francisco Martínez, oriundos de Erandique, defienden a capa y espada la historia del Lempira hombre y no del mito, basados en el Libro de Lunardi. Ellos son aficionados a la historia.

Martínez tiene una venta de pizza en el pueblo y es el encargado de cuidar la estatua del héroe en el parque central del municipio. Por su parte, Milla es agricultor y exetrenador de natación y se ofreció a acompañar al viaje a Piedra Parada, por donde pasaba desde niño, dice, “a todas horas, a pie y a caballo”. Aunque saben que a la par de Lempira existieron otros caciques beligerantes como Pizacura y Copán Galel, rechazan tajantemente la versión del historiador nacional Felipe Martínez, quien basado en investigaciones propias en el archivo de Indias de España, afirmó que no se llamaba Lempira sino Elempira y que murió en Cerquín y no en Piedra Parada, en un cuerpo a cuerpo con un soldado español de nombre Rodrigo Ruiz.

Don Óscar Milla y Francisco Martínez (derecha) enfrascado en un debate apasionado sobre la muerte de Lempira.

Por: Eris Gallegos