Pidan y se os dará

Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

El pasaje de Mateo (7: 7-11) guarda un significado teológico con la misión que, todos creemos, debe cumplir el Estado para con los ciudadanos, que son, la subvención y la protección social. Pero, hoy en día, las cosas han cambiado radicalmente: el Estado se ha ido reduciendo, no solo de tamaño, sino también, en su accionar institucional.

Se fueron los buenos tiempos. Lo de pedir ayudas para todo, se volvió una costumbre enraizada, que nace, precisamente, en los días en que el Estado benefactor se hacía cargo de cada faceta de la sociedad, y cuando todos le pedíamos permiso para hacer esto y lo otro. Y, cuando no podíamos, entonces, le exigíamos el auxilio correspondiente para que nos sacara de los apuros. La más de las veces, ni siquiera teníamos que acercarnos para demandar protección: el Estado, a través de sus instituciones y sus funcionarios especializados en repartir y promocionar la “marca gobierno”, llegaba hasta la puerta de nuestras casas a darnos lo que no habíamos solicitado. Los regalos solían ser dinero en efectivo, descuentos, subsidios para los más pobres, o también las consabidas exoneraciones para estimular al viejo amigo empresario.

No se trata de una simple charlatanería obsesiva, ni de un pesimismo apocalíptico, sino de ser conscientes de lo que pasa en el mundo de hoy, y del rol del Estado en un mundo cada vez más convulsivo e inquietante. Mientras pasa toda esta locura de protestas y huelgas, que no sabemos cuándo van a terminar, ni en qué van a parar, hay que aclarar ciertas cosas para no vivir engañados, ni con el Estado, que cada día ve reducidas sus posibilidades hobbesianas de “protegernos”, ni con los ciudadanos, que, con el paso de los días, vemos cómo nuestras esperanzas de llegar a ser felices se ven cada vez más reducidas. Es decir, estamos más desgraciados que hace diez años.

Salvo si usted tiene ingresos fijos que le permitan vivir con dignidad consumista, el mundo a nuestro alrededor está siendo sacudido por un movimiento telúricamente económico y social, de 10 grados en la escala de Richter, lo cual no es para alegrarse, sino, de pensar sesudadamente, en cómo salir de nuestros problemas de manera individual. Parece que, entre más tratamos de salir de las arenas movedizas de las crisis, más nos hundimos en sus abyecciones: y hoy, más que nunca, podemos decir con propiedad, el Estado ha desamparado a sus ciudadanos.
Pero el Estado está en las mismas condiciones de miseria que nosotros, lo que pasa es que, en los fortines del poder, las cosas no se cuentan tal como son. Los funcionarios actúan como si estuvieran en los años 70; y como si las arcas todavía contuviesen el estimulante que nos hacía creer en su omnipotencia, y en sus vetas infinitas e inagotables. Pero, mientras nadie venga a invertir a nuestras tierras, ni nuestros empresarios diseñen una verdadera estrategia de responsabilidad social, las cosas seguirán empeorando. No es como dice Jorge Faraj, que el gobierno debe ser el actor responsable de mejorar la macroeconomía, como si en esta radicara la solución mágica.

Además, hay que hablar con sinceridad: la estructura sobredimensionada del Estado ya no funciona. Por eso hay que reducir el aparato estatal, no porque lo diga yo, sino porque, esa es la recomendación de los tecnócratas del FMI y del BM, que no dejan de tener razón, aunque no nos guste, y levantemos las justas pero estériles plataformas de lucha intersectorial.

Lo de Mateo ya no es aplicable: ya no se puede pedir al todopoderoso Estado de hoy, como lo hacíamos en el pasado, ni pensemos en que este, vendrá corriendo a socorrernos como en los buenos tiempos.