Los profetas políticos

Por: Mario E. Fumero

En la época de los reyes de Israel aparecieron los profetas cuyo propósito principal era mantener viva la revelación de Dios dada a Moisés, principalmente en momentos de crisis, en donde los líderes se apartaban de la palabra para pecar e ir detrás de los ídolos. Ellos aparecían para reprender a los gobiernos, y no para alimentar su ego. Estos profetas eran los que señalaban el pecado de los reyes. Un ejemplo de ello lo tenemos en el rey David, cuando arrastrado por los deseos de la carne, se acostó con la mujer de Urías, y después lo mandó a morir indirectamente (2 Samuel 11:1-27), para quedarse con Betsabé, apareciendo Natán para dar juicio contra el rey David (2 Samuel 12:1-5). Lo mismo ocurrió con Samuel, cuando le advirtió al pueblo las consecuencias de elegir un gobierno monárquico, ignorando el gobierno teocrático (1 Samuel 8-5-19). También aparecen Samuel y Natán, juzgando los pecados de Saúl, que los condujo a ser atormentado por demonios.

Sería muy extenso relatar todos los profetas que existieron en la época antigua testamentaria, y la función que tuvieron en determinados momentos de la historia de Israel, los cuales tuvieron la misión de amonestar a los reyes, cuando sus líderes pecaban y nunca promovieron el poder y la posición de autoridad. Ninguno de ellos apareció para hacer política o favorecer a un determinado rey, o alinearse al lado de los poderes dominantes cuando estos actuaban en forma incorrecta. Más bien, cuando decían la verdad eran perseguidos, apedreados y muchas veces asesinados, esto lo dijo el mismo Jesucristo cuando afirmó; “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!” Mateo 23:37.

En las ondas modernas aparecen los profetas políticos, estos no vienen para señalar el pecado y la injusticia, sino para acentuar y proclamar la permanencia de los líderes que son señalados por la opinión pública como corruptos o déspotas, después que concentraron en sus manos todo el poder, o cometer actos violatorios de las normas constitucionales. Si es cierto que el silencio otorga, peor aún es la intervención de la iglesia en proclamas, fuera de una realidad histórica e inmiscuirse abiertamente en los negocios de este siglo, adoptando una posición parcialista, y no reconciliadora en momentos de crisis. Es un deber de la iglesia orar por sus gobernantes y respectar el sistema dominante, sin mezclarse en los negocios de este siglo, ni apoyar ningún asunto vinculado a la política, la cual a lo largo de toda la historia ha sido siempre corrupta, y se ha llevado de encuentro a la iglesia cuando la misma se ha alineado con los poderes dominantes. Esto no la exime de denunciar todo lo que es inmoral y atente contra la verdad del evangelio.

¿Qué buscan estos profetas modernos? Recibir preventa del gobierno, alcanzar popularidad y alinearse al lado de los poderes dominantes, olvidando su misión de proclamar un evangelio que se fundamenta en defender un reino justo, dentro de un reino injusto, pero por medio del principio del nuevo nacimiento (Juan 3:7). Podemos cambiar a los hombres, pero no podremos cambiar los sistemas. El cambio global viene precedido por un cambio individual, el cual depende de una experiencia profunda con Jesucristo. Esta es la verdad fundamental de la teología evangélica, condensada por Jesucristo, en el principio de que es necesario tener una conciencia cristiana, la cual aparece con la nueva criatura (2 Corintios 5:17) que general es un nuevo estilo de vida.

Muchos pastores son atraídos por la política con la idea de obtener beneficios a favor de la iglesia evangélica y no niego que en algunos aspectos lo obtengan, pero a la larga, es más el riesgo que el beneficio, porque los gobiernos son cambiantes y todos sabemos que la política vernácula no se rige por los ideales de los hombres que están al frente, sino por los designios y estrategias establecidas por los organismos internacionales, ya que al endeudarnos estamos empeñando nuestra soberanía,y a la larga, muchas leyes impopulares tienen que ser aprobadas para obtener beneficios que puedan salvar al país de la crisis económica en la cual ha caído debido a los malos gobernantes, que resuelve los problemas a base de préstamos, con los cuales transitoriamente resolvieron algunos problemas, pero empeñaron su soberanía.

Es un peligro usar la profecía con fines políticos o personalistas, al respecto dice el profeta Malaquías lo siguiente: “Así dice el Señor acerca de los profetas que hacen errar a mi pueblo, (los cuales) cuando tienen (algo) que morder, proclaman: Paz. Pero contra aquel que no les pone nada en la boca, declaran guerra santa. Por tanto, para vosotros (será) noche sin visión y oscuridad sin adivinación. Se pondrá el sol sobre los profetas, y se oscurecerá el día sobre ellos. Los videntes serán avergonzados, y confundidos los adivinos. Todos ellos se cubrirán (la) boca porque no hay respuesta de Dios”. Miqueas 3:5-7.

Es prudente actuar con sabiduría en los momentos proféticos en que vivimos, en donde la corrupción los devorada todo y la ambición se ha adueñado de algunos líderes religiosos que manipulan, con falsas revelaciones al pueblo, no solamente al pueblo de Dios, sino a los intereses dominantes, desconociendo que nuestra misión es preparar a la iglesia para el establecimiento del verdadero reino de Dios, el cual vendrá después que se cumplan todas las profecías bíblicas y se establezca un nuevo y una nueva tierra (Apocalipsis 21:1), porque todo lo que hoy existen será consumido por fuego el día del juicio de Dios, (2 Pedro 3:7) según está establecido en las escrituras.

En estos momentos trascendentales que vive la humanidad, en donde la división interna reina por doquier, debemos como iglesia, ser pacificadores y reconciliadores, denunciando el pecado en cualquier lado que esté, pero teniendo cuidado de no alimentar más la división, el odio y la codicia humana, porque somos sal y luz de la tierra, y debemos combatir la ambición y proclamar la verdad del evangelio para lo cual Jesucristo nos ha llamado y enviado.

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