SI la opinión pública percibe que lo de ahora sea lo mismo de antes –una repetición de las mañas que han desprestigiado la política– no se quejen después que echaron a perder la única opción que tiene el país como horizonte de esperanza frente a la crisis y el desencanto que se transpira. Es la incredulidad del auditorio, entre otras cosas, en lo atinente a la neutralidad, autonomía como en la confiabilidad de los organismos tutelares del proceso electoral, lo que se ocupa corregir. Ese rostro nítido y confiable del CNE y del TJE pasa por la idoneidad de los escogidos. Su perfil debe pasar los más rigurosos filtros de calidad y prestigio. Debe, además, garantizarse el equilibrio en su funcionamiento que aleje la duda de inclinaciones sospechosas. Empezando porque no puede quedar la impresión que ninguna de las fuerzas políticas, en forma directa o por interpósita mano, se hace del control de los organismos electorales. El descalabro del pasado proceso comicial no tuvo que ver con la ley, ni con el sistema, ni con el censo ni con la tarjeta de identidad que funcionaron adecuadamente –pese a sus imperfecciones– en pasadas competencias. Fue lo que sobrevino después del escrutinio y la transmisión oficial de los resultados lo que desbocó el cataclismo.
De allí para allá nada pudo contener el diluvio que se desató contra la fiabilidad del resultado. El ente electoral, rociado por baldes de descrédito antes y después de lo ocurrido, fue el perro flaco al que se le pegaron las pulgas. Así que no hay que cansarse de insistir que no solo hay que hablar de las reformas como poción milagrosa para recuperar la fe. Ello no ocurrirá a menos que antes puedan convencer a la opinión pública que la vitrina sea diáfana. Ello es la imagen del CNE y TJE, integrada por personas de alta credibilidad y honorabilidad. Que su solo perfil genere confianza. En juego limpio, sin cartas escondidas bajo la mesa. Ese es el horizonte que permitiría al público afligido en esta crisis, ver que por lo menos a la distancia hay una luz de esperanza. Ya sobre el contenido de la nueva ley la discusión de propuestas de reforma, hasta el momento, ha sido a puerta cerrada. Esa debe abrirse para conocimiento de todos. Si la impresión que queda es que aprobaron una ley parecida a como salen otras, cuando el tema político y electoral es de incumbencia colectiva –así juren los de la OEA hincados, con el rosario en la mano, que todo eso que trajeron sea lo que más conviene– nada que hoy genera la duda se habrá disipado. Esto debe aprovecharse para entablar un diálogo incluyente y abierto, donde distintos grupos de la hondureñidad, incluyendo los religiosos que emiten proclamas de advertencia sobre la zozobra que se padece, y gremios de distinta estirpe, sientan que participaron y que sus consideraciones fueron tomadas en cuenta. Ese ejercicio es urgente hacerlo.
Sobre lo primero, que además es toral para disipar dudas y conjeturas, el titular del Poder Legislativo en entrevista brindada durante el Congreso Móvil de Gracias, ilustró que “deben haber parámetros para la próxima elección de estas autoridades –del CNE y TJE–, hay factores influyentes como la sociedad civil advirtiendo que debe ser un proceso de elección transparente donde se evalúen a las personas –por “capacidad, idoneidad, honorabilidad”– también lo dicen los cooperantes, la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea (UE)”. (Dijo garantizar que Libre tendrá sus representantes en esos entes electorales). Mientras, sobre el segundo tema, anuncia que el documento de la OEA será entregado a los jefes de bancada. Agrega en el twitter que “también se compartirá con la sociedad civil ya que todo hondureño debe conocer estos proyectos de ley electorales y comentar sobre ellos, para mayor transparencia e inclusión”. Hay que recordar que no se trata solo de construir algo aceptable. El reto es mayor, se trata de recuperar la fe en la política como salida a la crisis, lo que no se hace si no se recobra la confianza perdida.