Por: Eris Gallegos
“Llegada la noche del 14 de julio de 1969, el calor era abrumador. Todo el aeropuerto y la zona en donde nos encontrábamos, permanecía de la misma manera: oscuro, silencio absoluto y lo que combatíamos todo ese tiempo eran los zancudos”.
Así comienza el general retirado Walter López Reyes el relato sobre el bombardeo del puerto de Acajutla, durante la guerra entre Honduras y El Salvador, de la que él fue artífice como piloto de la Fuerza Aérea Hondureña, hace medio siglo que precisamente se cumple hoy.
El relato forma parte de los muchos pasajes históricos que el también exjefe de las Fuerzas Armadas y exdesignado presidencial, recoge en su libro, titulado “Alas doradas en la historia, relato de un piloto aviador militar”, presentado el pasado jueves, con motivo del 50 aniversario del conflicto bélico, conocido también como “La Guerra del Fútbol” y “La Guerra de las 100 horas”.
Apoyándose en su propia vivencia como combatiente y entrevistas a otros protagonistas, el exjerarca militar resalta la decisiva participación de la Fuerza Aérea para que Honduras lograra la victoria, al tiempo que desmiente muchas versiones erróneas sobre el conflicto.
“El mérito que tienen nuestros relatos, escritos de manera sencilla y sin rebuscados adornos, es que contamos únicamente la historia de quienes fuimos protagonistas de una guerra provocada por un agresor con problemas internos de carácter social”, recalca.
Para completar el relato de la misión en Acajutla, el expiloto de aviación recuerda que después de su exitoso bombardeo de los tanques de combustible, en el camino de regreso, su avión sufrió un desperfecto mecánico y terminó aterrizando en Guatemala pensando que estaba en Santa Bárbara. Así de interesante es su libro.
“GUERRA DEL FÚTBOL”
La Guerra del Fútbol, como erróneamente se le conoce también al conflicto, tiene causas mucho más profundas, que el simple resultado de un encuentro deportivo, aclara López Reyes al momento de explicar las causas del conflicto entre los dos países hermanos.
A parte de las disputas fronterizas heredadas de la colonia, agrega, hay factores demográficos y socioeconómicos que explican el conflicto: en primer lugar, una población creciente de salvadoreños venía instalándose en Honduras, desde principios de este siglo porque El Salvador es un país donde la tierra falta, dada su alta densidad demográfica (145 habitantes por kilómetro cuadrado en 1969) y, en el segundo lugar, la crisis del sector agrícola salvadoreño fomentaba la migración hacia Honduras, donde abundaba la tierra (20 personas por kilómetro cuadrado).
LOS PREPARATIVOS
En 26 de junio de 1969, el entonces ministro de Relaciones Exteriores de El Salvador, Francisco José Guerrero, declaró rotas las relaciones diplomáticas entre su país y Honduras. Las tropas salvadoreñas iniciaron operaciones para tomar posiciones a lo largo de la frontera, tal como lo habían planificado muchos meses atrás.
Las autoridades hondureñas, por su parte, hacían esfuerzos diplomáticos por detener la inminente acción de guerra y la Fuerza Aérea Hondureña había comenzado a realizar vuelos de observación desde el Golfo de Fonseca, hasta Ocotepeque con aviones F4U Corsarios y entrenadores T28.
Los aviones hondureños no contaban con cámaras, ni filmadoras para el estudio de las tropas enemigas, que, al contrario, sí lograron hacer vuelos de observación y fotografía en los alrededores de la Fuerza Aérea en Tegucigalpa, albergue de todos los aviones de combate F4U Corsarios y los T-28 Trojan para entrenamientos.
Todos los vuelos de observación a lo largo de la frontera reflejaban un inminente ataque salvadoreño y por tal razón, el coronel Enrique Soto Cano, entonces comandante general de la Fuerza Aérea Hondureña (FAH)y su plana mayor se reunía a diario para revisar lo planificado.
“Pilotos, mecánicos, así como el personal de otros departamentos, platicábamos sobre distintos aspectos de nuestras vidas y el tiempo en la institución. Se alquilaron proyectores para distraernos por las noches con películas. Ninguno hablaba de guerra, solamente, coincidíamos en la pasión que se siente de volar aviones de combate F4U”, recuerda.
Durante ese mes se habían realizado muchas reuniones con el alto mando y el jefe de Estado, general Oswaldo López Arellano, para analizar la situación general de las relaciones entre ambas naciones.
El coronel Enrique Soto Cano regresaba a la base muy preocupado porque el alto mando no le autorizaba la movilización, a pesar de la amenaza inminente. “Podíamos ver en los rostros de nuestros jefes, preocupación y tensión, pero, a la vez, seguridad de lo que ya estaba planificado ejecutarse”.
“¡ATACAR!”: SOTO CANO
El 11 de julio, el coronel Soto Cano no se pudo contener en una siguiente reunión con el alto mando expresó: “la Fuerza Aérea debe atacar, nuestra actitud de ninguna manera puede ser defensiva”. No conforme, llama al general López Arellano, para decirle: “General, debemos bombardear territorio salvadoreño, castigar sus posiciones estratégicas, estamos en la capacidad de actuar ahora. Si no hacemos esto ya, el pueblo hondureño nos pedirá cuentas después”.
Por el contrario, los planes de los salvadoreños se adelantaban más de lo esperado. Se supo que tenían intenciones de adquirir más aviones y que tenían pláticas secretas en los Estados Unidos con pilotos mercenarios con experiencia en este tipo de aviones.
Honduras había instalado un nuevo comando en La Lima, donde ahora es el aeropuerto Villeda Morales. Frente a las limitaciones logísticas, los jefes alentaban con frases que se recuerdan hasta ahora. En una de esas, el jefe de la cuadrilla de Tegucigalpa, mayor Óscar Colindres, se quejó por la falta de luces y equipo para vuelos nocturnos a lo que el coronel Soto Cano contestó: “¡ingénieselas!”.
“DÍA D” LLEGA
Las dos naciones contaban con unas fuerzas armadas pequeñas, pero Honduras logró la superioridad aérea, según López Reyes, gracias al derribo de tres aviones enemigos, por parte del capitán Fernando Soto Henríquez, a quien él llamada “El Flaco” y otros lo apodaban “Sotío”, declarado héroe nacional, recientemente.
Las pretensiones belicistas salvadoreñas terminaron con el bombardeo de las refinerías de los puertos de la Cutuco y Acajutla, más el revés de las tropas terrestres en la batalla de San José de las Mataras, en Ocotepeque.
“Ninguna de las dos naciones estaban preparadas para dicha guerra”, recalca el general retirado.
“Estábamos viviendo, como si nada hubiese ocurrido, en aquel 14 de julio de 1969. Los regímenes que teníamos eran de corte militar, apoyados por los partidos tradicionales. Nadie pensaba que seríamos atacados nuevamente. Tampoco, se pensaba regresar a la democracia”, relata en su libro.
El autor resalta además las misiones relevantes de la aviación hondureña en la guerra, entre ellas, el bombardeo del cuartel general en Ilopango, lo mismo en el cerro El Jute, donde habían tropas enemigas y en El Amatillo. Todas entre el 15 y 17 de julio y llenas de peligro, pues, por el tipo de aviones empleados bien pudieron ser presa fácil del enemigo.
| Salvadoreños contrataron pilotos mercenarios para matar a “Sotío” |
![]() Basándose en un artículo de la revista norteamericana “Flight Journal”, López Reyes confirma en su libro que los salvadoreños contrataron tres pilotos mercenarios estadounidenses: Chuck Lyford, su amigo Ben Hall y Bob Love. “Puedes contar conmigo, esta será una gran aventura”, le dijo Chuck a Hall cuando le comentó que El Salvador busca pilotos para volar aviones Mustang P51. Los dos amigos se encontraron con el contacto de la Fuerza Aérea Salvadoreña (FAS) en el Hotel Mark Hopkins de San Francisco. Hall había sido maestro de Chuck cuando empezó a volar los P51 a los 19 años, pero ninguno tenía experiencia en combate. Entonces, decidieron invitar a su amigo Bob Love, quien era un “as”, título que se le da al aviador que haya derribado cinco aviones, en Corea. Love tenía un problema: No miraba bien y constantemente reparaba su avión por los golpes que recibía en cables y árboles cuando volaba a baja altura. Con todo, los tres amigos se reunieron en San Francisco y lo nombraron jefe del grupo para viajar a El Salvador, donde tenía muchos conocidos, entre ellos, Ernesto Regalado y Roberto Llach, encargados de controlarlos y darles una compensación generosa. Cuando llegaron a El Salvador, todavía salía humo por los bombardeos del aeropuerto. Ahí los recibió el mayor Salvador Henríquez y Archi Baldocci, considerado el padre de la Fuerza Aérea Salvadoreña. A los tres mercenarios se le asignaron tres P51 Cavelliers, los honraron con el rango de capitán y nombres falsos. Chuck, era el capitán Carlos Molina, además, logró un gafete de la OEA que lo acreditaba con su verdadero nombre, como oficial observador y le permitía pasar cualquier retén o ser escoltado. A Chuck le habían dicho que un piloto hondureño, Fernando Soto Henríquez, había derribado tres aviones salvadoreños en un solo día y él estaba ansioso de imponer las mismas bajas. En las primeras misiones no divisaron ningún avión hondureño en la línea de la frontera. “Volábamos misiones tan a menudo posible, pues nos pagaban por cada una de ellas más una bonificación si lográbamos infringir algún daño a los hondureños”, relató Chuck a la revista en la que admite, que a veces se perdían porque Bob, debido a su mala visión, no lograba divisar la frontera y decía que era una jungla espesa. La FAS pagaba en efectivo y recibía un Mustang cada noche, adquiridos en el mercado civil de los Estados Unidos y volados a El Salvador desde Texas. En los siguientes días, la misión de los mercenarios era encontrar a Soto, pero no lo hallaron. “Debo admitir que conociendo la habilidad de Bob, Fernando tuvo la suerte de no meter su nariz, traspasando la frontera estando Bob en el aire. Me sentí bastante seguro de que habría sido “pan comido”, relató Chuck a la revista. El autor del libro cierra esta parte comentando que el alto mando hondureño nunca supo de la contratación de los mercenarios y que tuvieron suerte de no traspasar la frontera hondureña porque se hubiera encontrado con pilotos muy eficientes y Fernando Soto lo demostró. |
| “¡DOS MÁS, DOS MÁS!” |
![]() López Reyes recoge en su libro el momento más excitante de la guerra que le dio el triunfo sobre los salvadoreños con el derribo de los tres aviones enemigos en la misión de El Amatillo. Eran las 7:15 de la mañana y del 17 de julio, cuando despegaron hacia occidente para auxiliar las tropas en Ocotepeque. Un día antes, habían bombardeado exitosamente el puerto de La Unión y Cutuco. Tras cumplir con la misión en occidente se les asignó una nueva en El Amatillo, al sur del país. “Se presentaría ante mí la situación de peligro extremo que me hizo ver la verdadera cara de un conflicto bélico”, recuerda. Soto era el líder, Zepeda el número 2 y Acosta el número 3. Por su parte, López Reyes tripulaba el F4U-5 número 604, cargado con cuatro bombas clusters (racimo) con bombas de treinta libras cada racimo y 800 proyectiles de 20 mm. Al llegar al lugar del combate terrestre y siguiendo las instrucciones del controlador, los pilotos hondureños tiraron las bombas en el blanco ordenado y procedieron a ametrallar posiciones enemigas. Cuando le tocó el turno a López Reyes, los cañones no le funcionaron por lo que no le quedó de otra que andar dando vuelta a tres mil pies de altura mientras miraba a Soto y compañía atacar a los enemigos. De repente, a los pocos minutos, recuerda Reyes López, se percata que dos aviones salvadoreños se desprenden de lo alto en posición de ataque hacia él. “Más que gritando que hablando le dije a mis compañeros: tengo dos P-51 atrás de mí”. “Con la adrenalina proveyéndome, hice lo que en aviación de combate se dice “quebrar a la izquierda” con el objetivo de denegar a los pilotos salvadoreños un blanco fácil e inmediatamente otro viraje brusco a la derecha al mismo tiempo que empujé el control de la potencia al máximo”, relata. Segundos después, Soto llega en defensa de su colega y con una certera ráfaga derriba el avión enemigo que fue a caer a la aldea de El Aceituno, Alianza, Valle. Cuando Reyes López venía de regreso por Cerro de Hula, 40 minutos después, escucha por el radio que Soto le dice a Acosta “dos más, dos más”, en alusión al derribo de dos aviones salvadoreños, uno de ellos pilotado por el capitán Ceseña, ahora capitán de Taca Airlines y quien logró salvar su vida lanzándose en paracaídas. El otro avión estaba a cargo el capitán Guillermo Cortés, quien no pudo salvarse, considerado el mejor de la FAS y compañero de estudios de aviación de López Reyes en Estados Unidos entre 1960 y 1961. |

