Por Jorge Flores MacLellan
Publicado en el semanario en inglés Honduras This Week
Lunes, 3 de mayo de 1999
La guerra es un infierno y no será globalizada aquí. Aquellos que han estado en una guerra dicen que saca lo peor del hombre y los ecos de estas palabras sirven como elemento disuasivo. Pero también se dice que la guerra puede sacar lo mejor del hombre. Virtudes como el patriotismo, la integridad, la camaradería, la compasión y el valor, entre otras, pueden florecer y son el tema central aquí, especialmente cuando se trata de un hondureño.
Según el diccionario, un as (ace en inglés) es un piloto de combate que ha destruido cinco más aviones enemigos. Desde la invención del avión y en el curso de varias guerras, decenas de hombres han alcanzado esta marca y varios han superado el número requerido por diez veces o más. Pero al sur del Río Grande, la frontera entre los Estados Unidos y México, donde viven cientos de millones de personas, solo un hombre, en una gran guerra relativamente pequeña, si algo así se puede decir, ha logrado esta hazaña.
El libro “Air Aces” (Christopher Shores, Presidio Press, entre otras publicaciones, clasifica al coronel Fernando Soto Henríquez de la Fuerza Aérea Hondureña (FAH) como un as por destruir con su Corsario F4-U5, tres aviones de la Fuerza Aérea Salvadoreña: dos Corsarios F-U y un Mustang P-51, en combate aéreo en la “Guerra de las 100 horas) de 1969 entre Honduras y El Salvador. No se alcanzó el mínimo requerido por el diccionario, pero se considera un logro en el continente porque en ningún otro teatro de guerra (combate aire-aire con ametralladoras y cañones en aviones a pistón), incluida l Guerra de las Malvinas (jets con misiles tele-dirigidos y cañones), nadie ha logrado esta hazaña, ya que la oportunidad no ha surgido.
A primera vista, uno puede distinguir al coronel Soto como un caballero galante, un hecho que luego se comprueba cuando uno habla con él. Es educado, cortés, atento, mira directamente a los ojos y tiene una sonrisa lista para la ocurrencia inteligente de humor. Tiene la actitud del piloto maduro, que emana la confianza que se adquiere al volar toneladas de metal a cientos de kilómetros por hora, a veces con cientos de pasajeros, durante miles de horas.
BUENOS PILOTOS
“¿Quiere saber por qué somos tan buenos pilotos?, dice con una sonrisa, sentado en un sofá en la sala de su casa cerca del aeropuerto de Toncontín en Tegucigalpa. “¿Sabe lo que era volar en Honduras en los años 50, 60 y 70? Honduras es todo montañas y no había carreteras. Elija la ciudad y le diré cómo aterrizar allí en un DC-3 o en cualquier otro avión”.
“Todos los días era un pueblo diferente, saltando sobre una montaña a la siguiente ciudad o pueblo, volando por debajo de altas crestas; mirando los pinos desde abajo hacia arriba, para aterrizar en una pista de tierra empinada, entregando todo tipo de productos desde guaro (licor) hasta cerdos. También subían pasajeros que bajarían cinco o seis paradas más tarde, donde otros tomarían su lugar, y así sucesivamente”.
“Todos los sábados registramos 17 aterrizajes y despegues, incluidos San Salvador y Ciudad Guatemala, terminando en Guanaja, Islas de la Bahía, y los domingos todo volvía a empezar de nuevo en Teguz (Tegucigalpa). Teníamos que conocer todos los trucos del libro y luego escribir algunos trucos propios, para volar, aterrizar y despegar de forma segura en traicioneras vías aéreas, para llevar las necesidades comunes a cualquier parte que se necesiten”.
Hoy, agregó; el 90 por ciento de esas pistas de aterrizaje han desaparecido porque ahora hay carreteras. La topografía de El Salvador no es tan contorsionada y es un país más pequeño, por lo que se exigía mucho menos a sus pilotos”.
El coronel Fernando “Sotillo” Soto nació en Tegucigalpa el 24 de junio de 1939. Asistió a la Escuela Primaria Federico Froebel, la Escuela Secundaria San Francisco en Tegucigalpa y la Escuela Secundaria St. Francis en Pasadena, California, graduándose en 1956. En 1957 fue cadete de la FAH, entrenando en AT-6 y otros aviones. En 1958 se graduó como Sub-Teniente y al año siguiente se convirtió en instructor.
Cuenta que recibió un entrenamiento intenso y que tuvo bastantes experiencias interesantes. “Poco después del despegue en un vuelo de entrenamiento de rutina con Óscar Ser vellón, quien más tarde comandaría la FAH, ordené al aprendiz que levantara el tren de aterrizaje. Yo, como instructor que volaba en el asiento trasero, solo podía bajar el tren para aterrizar, pero solo el hombre que está al frente puede subirlo. El estudiante se esforzó tanto por encontrar la palanca que terminó rompiéndola. Me enseñó la palanca rota y le dije: “si, esa es, ahora aterricemos”.
En otra ocasión, volando un C-47 tuvo que aterrizar en un campo de grama porque tuvo una falla total de motores. Busqué por la ventana un lugar donde aterrizar y llegué planeando a un potrero, así no más. Por suerte, no era muy diferente de las pistas que usábamos normalmente”.
LA GUERRA DEL FÚTBOL
El experimentado piloto tiene una memoria prodigiosa y recuerda claramente el día en que comenzó la guerra. 14 de julio de 1969: Todos los pilotos recién terminamos el día y nos dirigimos al Club de Oficiales en Toncontín. A las 6:00 p.m., la primera bomba salvadoreña cayó a unos 300 metros al sur de la pista. Sonó la alarma de ataque aéreo y corrimos a nuestros aviones de combate. Cayeron más bombas, pero ninguna cerca del aeropuerto”.
Cuando despegamos tras el atacante, un C-47, se cerró la noche y no pudimos encontrarlo. ¡Era la primera vez que volaba por la noche y no teníamos luces en la cabina. Regresamos para descubrir que otras ciudades como Choluteca, Ocotepeque, Catacamas y Santa Rosa de Copán habían sido bombardeadas y ametralladas”.
Soto describió sus misiones y las del Escuadrón de San Pedro Sula al día siguiente. “A las 5:40 a.m., armados con una bomba de 500 libras, cuatro cohetes de 2.75 pulgadas y 800 cartuchos de cañón de 20 Mm, nos dirigimos a la base Ilopango en San Salvador. Las armas antiaéreas escupieron tantas balas trazadoras en contra nuestra, que dejamos caer nuestras bombas, disparamos los cohetes y salimos de allí rápidamente. Nuestras siguientes misiones fueron de apoyo de tropas de infantería y en la cuarta misión, silenciamos los cañones y las armas antiaéreas en la montaña Los Chichos en El Salvador”.
El 15 de julio, el escuadrón San Pedro Sula, compuesto por cuatro Corsarios, fue directamente a bombardear y ametrallar la refinería de petróleo de Cutuco en La Unión y la planta de energía en la ciudad portuaria de Acajutla. Ambas instalaciones fueron completamente destruidas. Mientras nosotros atacábamos, los pilotos salvadoreños hicieron lo mismo en nuestras ciudades. Nuestro escuadrón de Tegucigalpa se concentró en el apoyo de nuestras tropas en tierra. Atacamos las posiciones enemigas y los convoyes usando napalm (gasolina gelatinizada incendiaria) con gran éxito. Regresábamos a recargar munici9ón y combustible cada dos horas aproximadamente. Nuestras cuadrillas en tierra fueron muy eficientes.
DOGFIGHTS
(“Peleas de perros”, combate aéreo con ametralladoras y cañones)
Después de tres días de actividad sin parar, en mi décima misión mientras ametrallaba posiciones enemigas cerca de El Amatillo, fuimos atacados por dos aviones Mustang P-51 salvadoreños. El cañón del capitán Zepeda, mi alero, se atascó, así que pidió ayuda. Fui el primero en llegar a auxiliarlo. Después de maniobrar, me puse detrás de uno de los P-51 salvadoreños, disparé un par de ráfagas y este se incendió, perdió el control y cayó en espiral a tierra”.
Ese mismo día, el 17, el capitán Acosta y yo nos dirigíamos hacia la frontera cuando vimos dos aviones Corsarios salvadoreños. Estaban en formación de combate abierto. Señalé a Acosta con la mano que yo tomaría el de la izquierda. Él asintió con la cabeza. Disparé y el avión enemigo se incendió. Lo vio cuando caía y se abría un paracaídas.
Mientras tanto, agregó, Acosta había visto a otros dos Corsarios y tuvo que dejarme. Mientras él iba tras los otros, el segundo Corsario salvadoreño ya estaba detrás de mí y me disparó, haciendo dos agujeros en mi ala derecha. Afortunadamente, no tenía combustible allí. Maniobré como sabía hacerlo y me puse detrás de él. Después de dos ráfagas, el avión explotó. Tuve que esquivar los escombros”.
Volví a unirme a Acosta, quien me dijo que los otros dos Corsarios no habían participado. Probablemente no tenían munición. Cuando al fin estábamos volando a nivel directo a casa, fue cuando mis rodillas comenzaron a temblar, dijo.
Después de que el coronel Soto derribara estos tres aviones, no más aviones salvadoreños volaron durante el resto de la guerra. Al día siguiente, se acordó un cese de fuego y para el 19 de julio toda la acción bélica se detuvo.
El papel de la FAH fue decisivo, dijo Soto. Sin nuestros aviones, la invasión hubiera causado mucho más daño”.
El coronel Soto continúa volando. Durante años fue piloto de la aerolínea SAHSA, volando miles de pasajeros en aviones Boeing 727 y 737, incluyendo al Papa Juan Pablo II, con el copiloto Harry Jacobsen. Por pedido especial del entonces presidente Roberto Suazo Córdova, sobrevolamos La Paz, su ciudad natal, cerca de Comayagua, mientras el Papa bendijo, dijo.
REUNIÓN DE ÁGUILAS
Gracias a su amigo y mentor, el coronel Keith Fernell, agregado militar de la embajada de los Estados Unidos, asistió el año pasado (1998) a una reunión llamada “Reunión de Águilas” en la Base Aérea Maxwell-Gunter en Montgomery, Alabama, USA, donde se reunió con Connie Bowlin, astronauta del transbordador espacial, el general Michael Ryan, comandante de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y Chuck Yeager, el hombre que rompió la barrera del sonido, entre otras leyendas vivientes.
Como despedida del coronel Fernell, que saldría de Honduras en mayo de 1999, el 22 de abril, él y el coronel Soto, el coronel Cáceres y el coronel Raudales se reunieron en La Ceiba y tomaron los cielos en dos jets de guerra F-5 de la FAH. Fue un sueño hecho realidad, dijo Soto sobre el vuelo de una hora sobre Honduras. Hicimos todo tipo de maniobras, sintiendo la velocidad y el agarre de la fuerza G (gravitacionales) que te atrapan como en ninguna otra máquina”.
El coronel Soto es padre de ocho hijos y abuelo de 12 nietos. Uno de sus hijos, también piloto, murió en un accidente aéreo. Otro de sus hijos vuela un Airbus 300 para TACA Airlines.
Al rememorar más de 30 años de paz, que se conmemorarán este año 1999, el coronel Soto obviamente se enorgullece de su participación y logros extraordinarios y como el caballero que es, no guarda rencor y mantiene una mente abierta y magnánime acerca de esos días oscuros en los que se perdieron aproximadamente 5,000 vidas.
En 1997, cuando era director de Aeronáutica Civil de Honduras, Soto asistió a una reunión de directores aeronáuticos centroamericanos en la ciudad de Guatemala. Cuando regresaba a Honduras vía El Salvador en un vuelo comercial, con su amigo el mayor José Corleto Andrade, quien es el director de Aeronáutica Civil de El Salvador, sucedió algo especial.
Poco después de comenzar su vuelo de 25 minutos, Corleto Andrade lo dejó un momento para ir a la cabina de pilotos. Un minuto después¸ invitó a Soto a la cabina. “¿Conoce a nuestro capitán?”, Corleto le preguntó: “No, no he tenido el placer”, respondió Soto. “Este es el capitán Sesena, el hombre que se lanzó en paracaídas desde uno de los aviones que usted derribó”.
Soto cuenta que charlaron como dos viejos amigos sobre el gran avión de pasajeros en el que iban y los instrumentos modernos, antes de regresar a su asiento, mientras el avión se preparaba para el aterrizaje.
Mientras los pasajeros estaban descendiendo, Soto se encontró con Sesena en la puerta del avión. Sesena le estrechó la mano cordialmente. Soto lo miró a los ojos y sonrió también con su despedida. Soto miró hacia atrás a la cabina de pasajeros y allí estaba Corleto, riendo, tratando de no estallar en carcajadas. Ya no había más tensión en al aire.
“La Guerra del Fútbol” es un nombre inapropiado para el conflicto. La guerra entre Honduras y El Salvador en 1969 es llamada “La Guerra de la Cien Horas” por su duración de aproximadamente cinco días (del 14 al 18 de julio, 1969 según la OEA). Esta fue comenzada por la invasión de El Salvador hacia Honduras por el gobierno militar de El Salvador, ya que Honduras en ese momento, estaba repatriando hacia El Salvador a aproximadamente 300 mil campesinos salvadoreños que residían en Honduras ilegalmente. La repatriación de estos 300 mil inmigrantes salvadoreños hacia su país, fue considerada una agresión pro el gobierno salvadoreño. Al mismo tiempo que esto sucedía se estaban llevando a cabo las eliminatorias para el mundial de fútbol México 1970. En el partido de ida que se jugó en Tegucigalpa, Honduras, ganó 1 a 0. Hubo violencia entre los fanáticos. En el juego de vuelta en San Salvador, El Salvador ganó 3-0 y hubo mucha más violencia. Bases de fanáticos hondureños fueron quemadas, hubo violaciones de mujeres hondureñas y algunos hondureños muertos. El juego definitorio se jugó el 27 de junio en la ciudad de México, donde El Salvador ganó 3-2 en tiempo extra. Ese mismo día, el gobierno salvadoreño rompió relaciones diplomáticas con Honduras. 17 días después empezó la guerra.
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