Antonio Flores Arriaza
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El problema de los diferentes tipos de daños a los buzos artesanales en Gracias a Dios (La Mosquitia) es un problema mucho más viejo que 1982. Entonces me desempeñaba como director general del Instituto Hondureño de Habilitación y Rehabilitación de la Persona Minusválida (un nombre muy poco feliz, por cierto: evidencia que nuestros diputados aprueban “cosas” peculiares). Llegó a mi conocimiento, gracias a la noticia reportada por La Tribuna, que en aquella zona del país estaban sucediendo muchos accidentes a los buzos artesanales que se dedicaban a la pesca de langostas. Así que envié allá una misión integrada por una médico especialista en medicina del trabajo, un médico especialista en medicina de rehabilitación y una psicóloga para que fueran allá a tener un acercamiento y exploración de lo que sucedía y determinar lo que podría hacerse.
Cuando volvieron me informaron y redactamos un reporte dirigido a la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, a la Secretaría de Salud y a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el que informábamos de los hallazgos, las causas, las acciones emprendidas de urgencia y propuestas para afrontar dicha problemática.

La principal causa de ese problema es la irresponsabilidad de los dueños de las embarcaciones que contratan a los buzos artesanales para ir a pescar las langostas. Esos empleadores no les proporcionan capacitación para que ellos sepan cómo desarrollar su trabajo. No porque hubiesen nacido en la zona y fuesen expertos nadadores es que están capacitados para comprender los riesgos de su trabajo. A los buzos los llamo artesanales porque hacen su trabajo con su cuerpo como única herramienta de trabajo. Los empleadores, además, no les proporcionan ningún equipo de buceo para realizar su tarea. El único vestuario es una calzoneta. No reciben tanques de oxígeno, caretas para hacer de hombre-rana y, mucho menos, del vestuario y casco especial para actuar como buzo de profundidad. Esa explotación inmisericorde se sustenta en el hambre, la necesidad y un sueldo que, para ellos que no reciben ninguno, resulta atractivo.
Los propietarios tampoco le ofrecen a los buzos artesanales una respuesta médica apropiada para cuando les sucede el ataque paralizante. No hay verdaderas cámaras de descompresión que busquen actuar de inmediato para tratar de reducir el daño y evitar que se instale.
Así que los responsables de esa gran cantidad de hombres jóvenes afectados de parálisis se debe a la irresponsabilidad de los empleadores, de la Secretaría de Trabajo que no actúa profesionalmente para obligar a los empleadores a proveer de los recursos tecnológicos básicos para que los hombres hagan su trabajo dentro de condiciones seguras y, a la Secretaría de Salud que no ha instalado recursos médicos para afrontar las urgencias y para darle seguimiento a estos casos de cuantía significativa. La Comisión Nacional para la Salud de los Trabajadores debería actuar para diseñar una estrategia de inmediato y exigir su cumplimiento. Y, la OIT, también ha sido negligente al no cumplir una tarea de asesoramiento y de exigencia del cumplimiento de los acuerdos internacionales al respecto.

A lo anterior, se suma las creencias tradicionales envueltas en magia. Para los misquitos, la “zukia” es la dueña de las riquezas del mar. Así que los buzos se sumergen para robarle las riquezas a la “zukia”. Esta es la explicación para que los buzos ingresen al fondo del mar con rapidez, capturen las langostas y traten de salir lo más rápidamente posible. Bajo esta idea y miedo, la tradición refuerza el riesgo de que el buzo sufra una parálisis por su rápida salida del fondo del mar evitando que los vea la “zukia”. La creencia es que la “zukia” a a menara de una sirena que, al darse cuenta del hurto, se enoja y viene a atacar al buzo. El ataque consiste en un coletazo en la espalda y eso es lo que produce la parálisis. Algo así como la “profesía de la autorrealización personal” o “efecto Pigmalión” que lleva u obliga a que se cumpla.
Las autoridades locales también deben ser capacitadas para afrontar esta problemática. Resulta que, el personal profesional enviado allá, organizó una capacitación científica para explicarles a los buzos por qué sucedía la parálisis y cómo prevenirla. La gobernadora (de entonces) llegó a clausurar la capacitación … y dio una charla sobre la “zukia”. Esta creencia ayuda, también, a quitar la responsabilidad de los propietarios de los barcos pesqueros que contratan a los buzos.

La vida del buzo paralizado es dramática, no solo por el hecho de quedar paralítico, sino por las limitaciones en que incurre su familia y las consecuencias. Esas personas viven en un barracón que comparte la familia. Sus divisiones son hechas de cortinas de tela. Es así que el buzo paralizado está allí: tirado en una “cama” imposibilitado de hacer cualquier tarea. La necesidad lleva a la mujer a prostituirse. Y, en algunos casos, su comercio sexual sucede allí mismo, a pocos metros de donde está el hombre joven paralizado. O los niños. Es algo terrible. Muy doloroso.
En otra visita tratamos de organizar una servicio que llamamos (invento nuestro ante la necesidad) “rehabilitación primaria”. Organizamos algunas instalaciones extremadamente básicas y capacitamos a cierto personal de salud para que pudiera intervenir para aplicar medidas rehabilitatorias elementales a los buzos afectados. Obviamente, no era suficiente: ni en cantidad, ni en capacidad ni alcance. El problema no es localizado, sino diseminado en una amplia zona de la costa de Gracias a Dios y Colón.
La Secretaría de Trabajo y la Secretaría de Salud, auxiliados por la Marina Mercante y la Fuerza Naval (instituciones que allá por 1982 no eran instituciones funcionales y competentes), deberán diseñar una estrategia para intervenir, en la cual, el control de los propietarios de los barcos pesqueros deben asumir su responsabilidad laboral y legal, y aquí también debería intervenir la Fiscalía. Ya hay capacidad para imponer y controlar la aplicación de estas medidas y es altamente irresponsable que se permita que hombres jóvenes afecten su vida y la de su familia.