Una vida y su obra plenamente logradas

Por Óscar Armando Valladares

El tiempo, el silencioso fluir del tiempo se afana en revelarnos la brevedad de la vida, aunque Séneca aducía que cuando es empleado bien se alarga lo suficiente, mientras Heródoto no sin razón reparaba que los dolores de las enfermedades abultan -al que las sufre- el corto espacio de la existencia. Como quiera que sea, se cumple en este mes de julio, el primer quinquenio del deceso, previsible -por graves complicaciones- de Óscar Acosta Zeledón, compatriota de variados menesteres y afectos coincidentes: poeta, narrador, periodista, diplomático, antólogo, editor, académico, abanderado cultural; amigo, hospitalario, caballero de pro. ¿Defectos? ¿Y quién no los sobrelleva en la imperfecta relación de los seres y las cosas? Hasta los buenos tienen sus defectos y sus prejuicios, anotaba en sus escritos Francisco Fénelon.

Conocí inicialmente al poeta Acosta cuando jefaturaba un cargo en el periódico “El Día”, editado en la arteria central capitalina. Llegué -siendo estudiante- con la mira inusitada de que me publicara un comentario atinente al acontecer universitario. –Déjamelo- dijo con suave tono esperanzador. Le dio ciertamente cabida en una de las altas páginas del rotativo cotidiano, competidor de El Cronista, el otro diario que circulaba con buen suceso en la Tegucigalpa aquella de mediados de siglo.

A manera de oleaje que se orilla en la arena, vienen a mi memoria la andadura de Óscar, por caso, en la Universidad de Juan Lindo -con su paraninfo emblemático-, fundando al principio con estudiante de leyes -Leiva Vivas, Rivera y Morillo- el Círculo Literario Universitario; promoviendo homenajes a Heliodoro Valle, Amaya Amador, Alejandro Valladares; concursando y obteniendo el galardón con su “Responso al cuerpo presente de José Trinidad Reyes” (- rezando un Padre Nuestro yo te veo, rogando por la suerte del difunto y para que se cumpla su deseo-); más tarde, asumiendo el mando del Departamento Editorial de la UNAH (1958-1963) y de la “Revista de la Universidad”; preparando con Roberto Sosa la “Antología de la nueva poesía hondureña” y la “Antología del cuento hondureño” e incluso ganando el primer y único premio en el concurso de ensayo “Rafael Heliodoro Valle”, de la misma entidad universitaria.

Nuestra vinculación -de cordiales tuteos- se expresaba en visitas, agasajos y muestras obsequiosas como el texto que dice: “Para Óscar Armando Valladares, esta antología incompleta de tu viejo amigo, Óscar Acosta”. En Madrid, donde se hallaba de embajador -desde el mes de mayo de 1973-, contertuliamos dos veces; en la segunda, un mes después de recorrer lo eminente de Europa, me instó a que ampliara la estancia en la urbe española. -Tocayo, si te falta dinero, cuenta con mi auxilio- me dijo afablemente. Deberes familiares y compromisos de publicitario resolvieron rehusar la campechana oferta.

El difícil oficio de dotar los vocablos de exquisita sobriedad versal, el cálido expediente de motivos supremos -el amor con sus lisuras y asperezas, las cosas desalmadas, la patria captada en sus duros escenarios-, todo ello abrevé y abrevié en “Poesía”, el libro que sirve de antología a sus cuatro estaciones perdurables. Creo no extraviarme si digo que, en su obra, toda brota de intento, fijo, intencional. Sabe -ataba Pablo Antonio Cuadra- “llevar las aguas a su molino”, lo que enuncia “a un poeta que siempre vence e impone lo suyo sobre lo heredado y lo adquirido”.

En una de las visitas de Sergio Ramírez dimos en visitarle y, aunque resentido de sus dolencias, se mostró como era: ocurrente y con “su clave de humor variopinto y contagioso” (en letras anteriores de Rigo Paredes), aflorando en la conversación del poeta y del novelista de “Margarita, está linda la mar” añoranzas y temas incumbentes al reino literario.

El día de su deceso acudimos a su residencia de la Alameda con Pompeyo del Valle, su compadre, raigalmente abatido. Fui solo a la vela y al entierro. (“Se deja al muerto acompañado de otros muertos en sus horrendas casas de cemento durísimo”).

Queda de él el “arca” de sus mínimos relatos, uno de los cuales encarga a la docta Academia buscarle acomodo a otro dígrafo, como están la CH y LL en el lar español. Queda su poética registrada puntualmente en una decena de libros. Queda su siembra y su sombra -que cuidó previsoramente-, y nos dejó, en un legado divergente de “Exaltación de Honduras”, lo que puede ser y llamarse su escarceo social: “En mi país los papagayos/ llegan a dignatarios del Estado/ y el cauteloso jaguar está sentado con una empolvada peluca blanca/ impartiendo justicia/ y firmando cartas de libertad/ con su rencorosa zarpa”.