Por Nery Alexis Gaitán
Honduras es un país pobre. No por sus recursos naturales que siempre han sido pródigos, sino por la pobreza en que vive la mayoría de sus habitantes. La historia de nuestro país está signada por la pobreza y la miseria. El desamparo social ha sido la norma de vida a través de los tiempos.
Se han invertido cantidades millonarias en la reducción de la pobreza, a tal grado que deberíamos vivir en un país muy próspero. Al menos en papel se ha invertido toda esa inmensa fortuna, porque en la realidad ese bienestar jamás ha llegado a los pobres que siguen sufriendo las desventuras de la miseria.
Los males que padecemos los hondureños son crónicos: pésima calidad educativa, desastrosa salud pública, desempleo, violencia cotidiana producida por la delincuencia común, el crimen organizado y el narcotráfico, etc. La lista de infortunios es la de nunca acabar.
A todos estos males hay que sumarle la epidemia que tiene a nuestro país en la bancarrota: la corrupción.
Gobiernos van y vienen y los índices de latrocino siempre han sido los mismos. Y los índices de pobreza social, en vez de disminuir, han ido en aumento, a tal grado que más de la mitad de la población vive en la pobreza y alrededor del cuarenta por ciento bajo la línea de la miseria; o sea que no tienen ni para comer los tres tiempos reglamentarios de comida.
Mientras tanto, los políticos siguen jugando a ser los “defensores de los pobres y luchando a muerte por el bienestar de todos”. Las pugnas por el poder siempre están a la orden del día. La oposición política que debería jugar un papel fundamental señalando los desaciertos del gobierno, solo está interesada en gozar la cuota de poder que ha negociado. Con el agravante que la sed de poder que los consume hace que generen violencia de todo tipo.
A partir de la crisis del 2009, en la cual se estuvo a punto de perder nuestra incipiente democracia y donde los políticos tradicionales no sacaron lección alguna, la oposición izquierdista ha incluido la violencia como parte de su agenda política. Y para rematar quieren eliminar el sistema democrático e instalar una Asamblea Nacional Constituyente.
Aunque nuestra democracia presenta problemas es el mejor sistema de vida que hemos encontrado los hondureños. Sustituirla por un régimen dictatorial, solo desastres le vaticina a este pueblo pobre. Lo primordial es que haya más justicia social; que el gobierno sea más diligente en desarrollar proyectos de impacto social. Que la empresa privada sea más generosa y comparta la riqueza que genera.
Es imprescindible que todos enfilemos nuestros esfuerzos a crear una Honduras más digna, donde se mejore la calidad de vida de los pobres. Pero la ausencia de verdaderos patriotas, que pongan el sagrado deber del país antes que los intereses personales o de grupo, brillan por su ausencia.
La plataforma de lucha por una mejor salud y educación, muy pronto abandonó sus justos reclamos por seguir la agenda política de la oposición izquierdista. Y se convirtió en un movimiento generador de violencia y caos, abandonando las aulas de clase y la atención en los hospitales y centros de salud.
Si en realidad les interesara el bienestar del pueblo, de manera urgente hubieran entablado el diálogo con el gobierno y empezado a buscar soluciones a estos dos sistemas que están casi colapsados. Al respecto, no podemos obviar que tanto los docentes como los médicos y demás personal han sido cómplices directos del desastre en que se encuentran la salud y la educación, y no solamente el gobierno.
Seguir con la cantaleta del “fuera JOH”, solo evidencia sus fines políticos y su poco interés en mejorar las condiciones de vida de los pobres de Honduras por quienes dicen luchar.