La guerra estúpida de 1969

Por Juan Ramón Martínez

La guerra es un pecado. De allí que no haya guerra justa y mucho menos santa. Siempre han sido y lo serán, una expresión de la incapacidad para el acuerdo. Un fracaso. Una desgracia para los más débiles casi siempre, incluso cuando se dice que se libran por la defensa de sus derechos. Que por más que lo disimulemos, muestra la incompetencia humana, la incapacidad para sentir empatía por el otro, la inconsciencia de no entender que la vida humana es intocable, y la debilidad para dominar los impulsos más irracionales de la conducta humana. Desde Caín, hasta ahora en que suenan los clarines y el ruido de las botas en el Oriente, pasando por la guerra inútil que libramos, hondureños y salvadoreños en 1969, la guerra nunca ha sido justificada.

Cincuenta años después, no hay nada que celebrar. Apenas, podemos apenas, recordar, describir y analizar, para entender que los errores y las torpezas cometidas, pudieron evitarse. Para no volver a incurrir en los errores de entonces. Y, en vez de la confrontación armada que, incluso militarmente nos puso en ridículo en todo el mundo, por los argumentos infantiles que usábamos para insultarnos; la calidad obsoleta del armamento, e incluso por las tácticas primitivas que usáramos en el campo de batalla, debimos haber forjado la paz, evitando agredirnos mutuamente. Hicimos tal ridículo que la llamaron, ofendiéndonos a hondureños y salvadoreños, “la guerra del fútbol”. Y como en las mejores familias, lo hicimos con una pasión indescriptible, digna de la mejor causa, afectando a los más pobres que, pusieron los cadáveres, perdieron sus propiedades y comprometieron el futuro de las nuevas generaciones. El Salvador, se embrocó, como resultado de la guerra inútil de 1969, en una guerra civil que solo terminó cuando fatigados, concluyeron impotentes, en un empate indeseado sobre un charco de sangre y millares de cadáveres. En Honduras, retrocedimos 25 años, desaprovechando el impulso de desarrollo que nos había permitido la década de los sesenta, y creamos las condiciones desafortunadas que ahora, nos han explotado en la cara, en la forma de la crisis de gobernabilidad que estamos pasando.

La guerra de 1969, fue desde el principio, una guerra de perdedores. Dos pueblos que pagaron, en proporción a lo que disponía cada uno de ellos, un alto precio por tener líderes incompetentes y fuerzas infantiles que, creyeron que la guerra resolvería problemas, tan solo porque nos vendieron la idea que la venganza y doblegar al hermano, era suficiente para ser felices, sanos y fuertes. Cuando todos sabemos que la guerra, especialmente entre países pobres que no fabrican armamentos; que carecen de una industria armamentística, es más que cualquiera otra cosa, una tragedia que nunca debemos repetir.

Ahora, los dos pueblos, tienen otra perspectiva de las cosas, afortunadamente. Sus fuerzas económicas han entendido el concepto de la globalidad y la complementariedad. Sus economías confirman, en su operación, la necesidad que tienen, la una de la otra. Sin embargo, todavía, desafortunadamente, subsisten algunas ideas equivocadas, en los dos países que, debemos eliminar. La primera de ellas es que, Honduras no tiene intenciones imperialistas con respecto a El Salvador y que no manejamos intenciones de ocupar sus territorios. Y la segunda, desde la mentalidad de los hondureños, es necesario eliminar el concepto que la mano de obra salvadoreña no es un peligro para la soberanía nacional, sino que un activo generoso que debemos aprovechar. Abandonadas esas ideas equivocadas, salvadoreños y hondureños, desde el reconocimiento que tenemos problemas comunes, diseñar proyectos conjuntos que nos permitan trabajar juntos, para darle a nuestros pueblos, oportunidades de trabajo, bienestar y seguridad. Para ello, podemos trabajar juntos en la construcción de una red ferroviaria que complemente la caminera que les permite el uso de Puerto Cortés y producir la energía que necesita El Salvador, desde acciones conjuntas como la construcción de la represa de El Tigre. Y en muchas otras cosas que nos den fuerza y nos permitan dejar atrás la pobreza y el subdesarrollo.

Es un buen tiempo, para rectificar y aproximarnos. Las dudas, las sospechas y las inquinas, no tienen espacio en esta época en que, todos sabemos todo. De todos. Es el momento de la aproximación y la cercanía. Para ser, en la figura de Morazán, dos pueblos rendidos a sus ideales.