LA tropicalidad de Honduras es un conjunto complejo que se relaciona con los rayos solares, el clima, los tipos de bosque, los vientos, las lluvias y la calidad de los suelos. La cantidad de oxígeno que el mundo vegetal “fabrica” para hacer posible la vida en el planeta depende, en un alto porcentaje, de la cantidad de agua retenida y evaporada en los bosques junto a la biodiversidad aludida. También depende de las reservas coralinas en los mares. Así que todo está relacionado en un ecosistema global, con diminutos microclimas a la par. Lo cual incluye al hombre y su entorno vital. De tal modo que es imposible subsistir sin oxígeno, sin agua y sin alimentos. Porque este es un asunto de vida o muerte, que algunos hondureños se niegan a comprender. Simplemente le meten fuego a los bosques todos los años en tiempos de primavera; pero también lo hacen en cualquier otra época del año, siempre que se les presente la oportunidad, con la excusa de las siembras de “postrera”.
A la par de los incendiarios y de los viejos y nuevos depredadores de bosques, han aparecido en estos últimos años algunos grupos que se encargan de boicotear todo aquello que huela a desarrollo hidroeléctrico con agricultura diversificada. Pareciera que la consigna es oponerse por oponerse, sin ninguna perspectiva de mejoramiento real de los niveles de vida en la ciudad y el campo. Un análisis literal de esas actitudes conduciría a pensar que hay gente que quiere que la sociedad hondureña y la humanidad entera, se estancaran en un círculo aceitoso sin salida. O que los pueblos retornaran a la edad de las cavernas.
Por un lado se quejan del alto costo de la energía eléctrica producida mediante combustibles fósiles caros. Pero al mismo tiempo boicotean cualquier construcción de represas hidroeléctricas y de embalses que ayudarían a conservar el agua dulce; a recuperar los bosques en los entornos referidos; y a crear sistemas de riego por goteo, a fin de modernizar nuestra agricultura y resolver los problemas de la “soberanía agroalimentaria”.
En Honduras caen aguaceros monumentales. Pero al mismo tiempo se pierden las aguas-lluvias, desgraciada y lastimosamente. No hay embalses gigantescos ni tampoco pequeños reservorios para contener el líquido precioso que cae de las nubes en ciertas temporadas de cada año. Al final de la tarde hay una sequedad ambiente y la famosa pobreza por doquier. Y los supuestos ambientalistas de nuestro patio, “muy bien, gracias”. Pero de ellos no sale ninguna propuesta factible que conduzca al abaratamiento de la energía eléctrica ni tampoco en dirección a salir de la pobreza que tanto publicitan.
No es que no se deban conservar los bosques. Pero lo correcto es el manejo científico de los recursos naturales en su totalidad. En los hermosos bosques de Suiza, para sólo traer un ejemplo de un país pequeño, se cortan los árboles maduros para que los campesinos recojan los “ataditos” de leña que se encuentran a la orilla de los senderos, y los utilicen en sus fogones durante los helados y crudos inviernos. A la par de los árboles serruchados los suizos siembran nuevos árboles que vengan a reponer lo que era preciso derrumbar. Nadie en Suiza levanta consignas inconsistentes para provocar la infelicidad de la sociedad en general, mucho menos de la clase media en particular.
En Honduras, por suerte, contamos todavía, a pesar de los pesares, con toda clase de bosques sobrevivientes. Hay bosques de montaña, de selva, de jungla, de valle, de llanura y de manglares en la zona sur. Esta sobrevivencia es posible aun cuando los hondureños pareciéramos incapacitados para detectar, resguardar y cultivar aquellos bosques retenedores de agua dulce y productores de oxígeno vital.