DESDE EL ARRANQUE

HAY mucho más por hacer –dijo Fulton, entre otras cosas, en su mensaje del 4 de julio, esbozando el parecer de la embajada americana– hay que avanzar urgentemente en las reformas electorales para inspirar confianza ciudadana en las elecciones y fortalecer la democracia, proceso que determinará la trayectoria de este país”. Si bien los asuntos nacionales deben ser competencia primordial de los hondureños, el criterio de la cooperación internacional y en especial lo que respecta a la política norteamericana hacia sus socios en la región, cuando se emite de buena fe, en aras de procurar el fortalecimiento del sistema democrático, no debe caer en oídos sordos. Este consejo, que bien harían los políticos en tomarlo sin recelos, ya que no es otra cosa que un buen deseo para que al país no se lo lleve el diablo, es congruente con lo que hemos venido advirtiendo en forma repetida en esta columna de opinión.

Lo que mayormente afecta, más que cualquier otro mal, es ese ambiente neblinoso de desconfianza, de sospechas, de dudas que erosiona todo intento de confluir en torno a objetivos comunes. Sobre la atmósfera de desencanto colectivo que se respira, como de las crecientes acciones de protesta que entorpecen la actividad productiva del país, lamentábamos en reciente editorial que pese al esfuerzo por recuperar la normalidad, poco ha mejorado y más bien el recurrente estado de desahucio amenaza con empeorar. Frente a esta encrucijada solo queda una ventana abierta. Que el proceso electoral en construcción esté revestido de la mayor credibilidad posible. Que los nuevos organismos que lo tutelan, creados por las recientes reformas constitucionales, estén integrados por personas de suficiente solvencia moral e incuestionable valía, a manera que no haya la menor duda que será un ejercicio transparente. Con las garantías necesarias que disuadan el escepticismo. El perfil de los nominados a esos cargos nunca ha exigido tanto escrutinio como ahora. La integración del CNE y del TJE es el rostro de lo que viene. Debe ser nítido, como para que la ciudadanía sienta confianza en que las elecciones serán una salida al peligroso clima de conflictividad presente. Para Honduras, la certeza de un proceso electoral sin mácula, es su horizonte de esperanza. Solo la promesa de un cambio real evitaría que una acentuada crisis desemboque en anárquico estropicio. Para que el asiduo público reflexione que los criterios anteriores no son aislados, el representante de Naciones Unidas en Honduras, igual transmite el parecer que comparte la totalidad de la comunidad internacional representada en el país. “Los nombres que vayan a esos puestos deben ser capaces de transmitir credibilidad y competencia para ejercer esos puestos de manera que cuando tomen decisiones, estas sean respetadas”.

De nada sirve un bulto de reformas –por más que juren los enviados de la OEA que son buenas– sea cual fuesen sus alcances, si el inmenso público no tiene confianza en los organismos rectores del proceso. Si la percepción que se dé es que los partidos van a repartirse poniendo al simpatizante político fiel a determinado grupo, aunque no reúna los exigentes requisitos de confiabilidad. Para esa gracia, ahórrense el tiempo en piruetas cosméticas y dejen lo mismo que ya está. Si la reciente elección es indicativo testimonial de cómo rápidamente puede deteriorarse la frágil estabilidad política, más tratándose de un resultado apretado, suficiente sentido común debe prevalecer para no repetir los entuertos. No fue cosa de una nueva o vieja tarjeta de identidad. Es preciso depurar el censo, pero no fue esto lo que empañó la votación. Nada tuvo que ver la Ley Electoral y las normas contenidas en ella que normaron ese como lo hicieron en forma satisfactoria en otros comicios anteriores. Fueron los organismos electorales los que estuvieron sometidos, antes y después de conocerse los resultados, a chubascos de descrédito. Una vez que se retrasó el anuncio oficial del primer conteo rápido –momentos después que cerraron las urnas y las mesas enviaron sus actas– y no hubo reporte hasta la madrugada, nada pudo contener la avalancha de sospecha, de aprensión, de cuestionamiento que desató el torbellino. Así que si esta vez, salen con representantes sin perfiles de honorabilidad, esta nueva ronda electoral estaría maldita desde el arranque.