Por José María Leiva Leiva
Siempre se ha dicho que cualquiera que haya vivido una vida plena, intensa, tiene algo para compartir con los demás. Aclaro que en mi caso lo he hecho pensando especialmente en mis seres queridos. En consecuencia “Una vida de película”, mi octavo libro presentado el pasado viernes 28 en el Hotel Plaza Libertador, -gracias al apoyo incondicional del primo Miguel Caballero Leiva-, es un testimonio de mi vida, de la academia, de los lugares donde viví o simplemente conocí, de las amistades que traté, de las obras cinematográficas o literarias que me divirtieron y enseñaron. Pero, ante todo es, un homenaje a mi familia, la que me dio vida, y a la que yo contribuí a dar.
Por ende, es un texto que no se vende, sino que se obsequia a todos aquellos que forman parte de mi círculo de afecto. Su título, “Una vida de película”, explica en primer término, mi pasión por el séptimo arte, y en segundo lugar, porque siento que el recorrido de mis 60 años en este mundo terrenal viéndolo en retrospectiva, ha discurrido precisamente, como si se tratara de una cinta cinematográfica espectacular. En su redacción, para intentar cubrir los acontecimientos más significativos y darles la mayor fidelidad posible, acudí a diversas fuentes de información.
Número uno, la memoria histórica. Don Miguel Fenech Navarro, mi director de tesis doctoral, decía “memoria cinematográfica”, al contemplarlo todo como sucesos narrados en una película. Gabriel García Márquez, en su libro autobiográfico “Vivir para contarla”, dice: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda para contarla”. Y número dos, un rico compendio de fotos; pasaportes; tarjetas de presentación; libros y revistas de arte, biográficos; la explicación de los guías turísticos; memoriales (diarios) de infancia y juventud; Wikipedia; mapas de Google y brochure.
Desde luego, toda esta dicha inmensa tiene su preciado valor agregado, al considerar mi situación de salud como paciente oncológico. No es fácil, al contrario, es un asunto complejo y delicado del que uno está en las manos de Dios y la ciencia médica. Por ello, debo confesar que he aprendido a vivir el día a día a plenitud como si fuese el último. Por supuesto, los efectos colaterales de la quimio impactan fuertemente en mi cuerpo y en mi comportamiento, un hecho que sumado a mi edad cronológica, me limita y condiciona en muchísimos aspectos, operando cambios de trascendental importancia. Quizás por ello, el primer paso haya sido darle prioridad a las relaciones interpersonales y a las cosas y faenas que me ocupan.
En este sentido, mi familia inmediata (esposa, hijos y nietos), ocupa mi primera preocupación. En materia laboral, la docencia universitaria en la Facultad de Derecho de la UNAH, sigue siendo un desafío permanente que busca contribuir a la formación de profesionales capaces y con valores, además de constituir para mí una terapia ocupacional.
Terapia, que por igual encuentro de placentera y medicinal al redactar los escritos que don Adán Elvir, director ejecutivo de Diario LA TRIBUNA, me permite publicar desde hace 36 años con la columna de opinión los días miércoles, y la página de cine los fines de semana. En el ámbito espiritual, tengo en la intimidad de mi hogar un espacio de oración y mi reclinatorio para caer de rodillas, dar gracias al Altísimo, reposar en sus hombros y pedir por mis seres amados. También en casa experimento otras situaciones especiales.
Por ejemplo, participo de una selecta red de parientes y amistades dispersos dentro y fuera de Honduras, con quienes cada día estamos conectados con un maravilloso intercambio de attachs y presentaciones en PowerPoint que nos hacen disfrutar, entretener, informar y aprender de una amplia gama de sucesos que acontecen en el mundo. Pasan por aquí, películas, reseñas de libros, compendios de frases célebres, fotografías, pinturas, músicos clásicos, fábulas, relatos de autoayuda y motivación, humor gráfico, videos de animales, conciertos musicales, paisajes naturales y urbanísticos, y cultura en general.
Así mismo, en la jornada de la tarde-noche, con mi esposa Gladys acostumbramos a ver, a modo de cine-club, una película diaria, acompañada siempre de un refresco natural, una aromática taza de café o té, y algunos bocadillos, pan o galletas. Nos resulta toda una gozada, pues disfrutamos y conocemos acerca de las últimas producciones cinematográficas que se filman en diversas latitudes del mundo. Por último, buscando entender el mejor significado de la vida y su transformación, estoy entregado a toda lectura que contribuya a mi crecimiento humano y espiritual.
Dos notas finales. La primera, que siempre acostumbro a tener presente este dicho aborigen australiano que me hace tener siempre los pies en la tierra: “Todos estamos de visita en este momento y lugar. Solo estamos de paso. Hemos venido a observar, aprender, crecer, amar y volver a casa”. Y lo segundo, haciendo referencia al libro autobiográfico escrito por Pablo Neruda, lo grito a todo pulmón: “¡Confieso que he vivido!”.